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El Arga, Santa Engracia y la Industria del Caucho

Durante la última década del XIX el molino de rotxapea sirvió para moler cereal y de central eléctrica, actividad que mantuvo hasta 1938

Un reportaje de Víctor Manuel Egia
Fotografía Javier Bergasa

Sábado, 24 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Naves de la antigua Industria del Caucho, junto al puente de Santa Engracia.

Naves de la antigua Industria del Caucho, junto al puente de Santa Engracia. (Foto: Javier Bergasa)

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  • Naves de la antigua Industria del Caucho, junto al puente de Santa Engracia.

Ala presa, el puente y el molino, se les bautizó como Santa Engracia porque en sus cercanías se instalaron, en el primer tercio del siglo XIII, unas cuantas jóvenes y piadosas pamplonesas, que terminaron ingresando en la entonces recién fundada Orden de las Clarisas. A las monjas les fue donada una casona en la orilla derecha del río, que también pertenecía a Elías David. En octubre de 1794, durante la Guerra de la Convención con el estado francés, el virrey les obligó a abandonar el convento por miedo a que fueran atacadas por las tropas galas. Las 22 monjas abandonaron el convento y terminaron instalándose en Olite, en el convento Santa Engracia de Clarisas que aún existe. Ya desde el siglo XV, esta zona se diferenció del barrio de Jus la Rocha llamándose barrio de Santa Engracia.

El puente gótico es anterior al siglo XIII y hasta que las Clarisas se instalaron en sus cercanías se le conocía como puente del Maçon. En el poema de Aneliers de 1276 se le denominaba como Le pont nou o Puente nuevo. Probablemente, aunque no hay muchos datos, fue reconstruido en el siglo XVI. Hasta finales del XX era transitado incluso por vehículos a motor. Con la nueva urbanización del paseo del Arga realizada hace pocos años, se le puso un suelo de adoquines sin hacer el correspondiente rebaje en su suelo original, a pesar de las advertencias de varios ciudadanos. Por ello, sus pretiles son de muy baja altura, bastante peligrosos y probablemente incumplen la normativa actual.

En las cercanías del puente, en el cruce de Joaquín Beunza con el paseo de los Enamorados, existió hasta mitades del siglo XX una fuente también llamada de Santa Engracia, de tres caños de la que brotaba abundante agua durante todas las épocas del año y que por su calidad era muy apreciada entre los pamploneses. Tenía, además, un aska donde abrevaba el ganado vacuno y caballar, entonces abundante en el entorno rural de la Rotxapea.

En el siglo XVI, el molino pasó a ser propiedad del Ayuntamiento de Pamplona aunque era arrendado cada año a un determinado molinero. Con la harina allí molida se surtía a los hornos municipales del Vínculo, una institución local creada en 1527 -que pervivió hasta 1933- cuyo objeto era fabricar pan. A lo largo de los años, el molino tuvo varias obras de reforma. De la misma manera, la presa, hoy rota, se rehizo en 1725, siendo encargado de las obras el maestro arquitecto Juan de Irazoqui.

iluminaciónCon la llegada de la electricidad, en el último tercio del siglo XIX, el Ayuntamiento de Iruñea se planteó la electricidad para sustituir el alumbrado público que en aquellos años todavía se hacía mediante luminarias de gas. En 1888, el molino acogió dos turbinas, de 150 caballos de la casa Planas y 4 dinamos de 105 kilovatios de la casa Ganz de Budapest, con el fin de conseguir la corriente alterna suficiente para el alumbrado de la ciudad. Después se le añadieron dos máquinas de vapor: una Ruston de 40 caballos y otra Compund de 80. De esa época es la chimenea que se observa en las fotografías de la época y que servía para la expulsión de los humos de las máquinas. Ya en 1890, a través de 64 kilómetros de cableado y 450 lámparas incandescentes, iluminaba una buena parte del casco histórico de Pamplona.

Durante la última década del XIX, como tantos y tantos molinos, acogió dos actividades, la de propio molino de cereales y la de central eléctrica: ambas consiguiendo la energía de la corriente del río. A finales de siglo hubo una gran polémica en los plenos municipales cuando se trató de modernizar la actividad con la instalación de molinos de cilindros metálicos sustituyendo a las clásicas piedras. La introducción del entonces ultra moderno sistema austro húngaro de molienda que rápidamente se generalizaría en todas las fábricas harineras se consideró muy gravoso para las arcas municipales. Al final, se desechó. No pasó así en otros molinos de la ciudad;con lo cual, en pocos años la actividad molinera en Santa Engracia desapareció.

Ya muy avanzado el siglo XX, también la central eléctrica se quedó obsoleta y el suministro de electricidad para la ciudad fue asumido por las grandes compañías de la época. Fue en 1938 cuando dejó de producir electricidad. El edificio salió a subasta pública y fue adquirido por el rochapeano Bernardo Echamendi, que instaló allí su Industria del Caucho para fabricar calzados y otros artículos. En 1953, sus naves sufrieron un voraz incendio, aunque se reconstruyó rápido manteniendo su actividad hasta los años ochenta, cuando fue trasladada a Berrioplano. Las naves de Santa Engracia fueron derribadas en 2009 con la urbanización de la zona. Quedó conservada la presa.

otras actividadesCuenta Arazuri en su obra Pamplona, calles y barrios, que hubo en la Rotxapea hombres que se dedicaban a la pesca en el río, casi como profesión. Uno de ellos, muy conocido, era Victoriano Zabalza, natural de Etxauri y quien vivía en Casa Ipiña, justo al otro lado del molino de Santa Engracia. Utilizaba para pescar el pequeño embalse que formaba la presa entre los puentes de Santa Engracia y San Pedro. Pescaba durante la noche porque trabajaba en la cercana Tejería Mecánica de Buztintxuri. Tenía una barca de fondo plano, más bien una txalupa, que movía con una pica o aga, hecha con una rama larga de chopo terminada con una punta metálica. Pescaba, sobre todo, barbos y madrillas con trasmallo y albayeta, y también anguilas. Al anochecer dejaba en el río cuerdas sueltas -a las que se les unían pequeños trozos de liz con un anzuelo cebado- con piedras en los extremos. Se soltaban al anochecer, permaneciendo las cuerdas hundidas durante toda la noche para sacarlas por la mañana.

Entre los años cuarenta y sesenta, en San Fermín se celebraron en el Arga unas pruebas deportivas de natación. A la una del mediodía del 6 de julio, los participantes recorrían precisamente el trayecto entre el puente de Rotxapea y la presa de Santa Engracia, y vuelta. Al torneo acudían nadadores muy significados de todo el entorno, de los prestigiosos clubs Jolaseta de Bilbao, o Club Natación Vitoria y de los locales Larraina y Club Natación Pamplona. En las clasificaciones están recogidos apellidos que luego fueron señalados en las competiciones de natación, como Oficialdegui, Saraldi o Eguiluz. Quizás sea importante señalar en estos momentos importantes para las reivindicaciones de igualdad de género, que en la travesía participaban en una única prueba tanto hombres como mujeres, y no se especificaban categorías separadas. Incluso en la última edición de la que tengo constancia, la ganadora absoluta fue una mujer, Blanca Suso, del Club Natación Vitoria.

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