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Ganadería para las figuras

Don Joaquín Núñez del Cuvillo y sus descendientes son los ganaderos de bravo de mayor solera. Ya existía en tiempos de Carlos III en el S. XVIII. Su antepasado Núñez Temblador fue el introductor de la mayor vacada del atlas africano en la Andalucía de entonces, con cerca de 70.000 reses.

Un reportaje de Patxi Arrizabalaga - Domingo, 25 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:02h

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esta tarde tenemos marcada la visita a la finca El Grullo, donde se mueven los toros de saca de la casa Núñez del Cuvillo. Esta ganadería es muy amplia. Han llegado a manejar más de 1.300 vacas de vientre, y eso les posibilitaba lidiar más de treinta festejos al año, lo cual, para el aficionado le suponía más que una locura, una factoría. Es por eso que algunos empezamos entonces a denominar a esta casa la granja de El Grullo. Sin embargo, hay mucho desconocimiento entre el aficionado medio de lo que realmente se cuece en estos pagos, y la mayoría de las personas que tienen la oportunidad de conocer esta casa y sus entresijos se lleva más de una sorpresa. En esta casa se trabaja muchísimo, y a mayor velocidad de lo que es normal en el campo. Hoy en día con más de 700 vacas de vientre, y con cerca de una veintena de festejos, se sigue necesitando mucho espacio para dar cabida a tanto animal, y la finca donde reposa el criador en su cortijo no es suficiente para tener la mayoría de los animales. El Gallarín junto a esta, y el Lanchar en Conil acogen a las vacas y sus retoños, y a los machos de 1 a 3 años.

En camino con Josetxo y con Gabino, voy poniéndoles en antecedentes. Y es que han pasado tres lustros desde que conocí a don Joaquín en esta casa, y desde entonces siempre he sido bien recibido. Hayan gustado o no mis apreciaciones sobre sus lotes en plaza algún que otro año. Josetxo, no obstante, viene con reparos. Aún recuerda cuando al Club no les abrieron las puertas a última hora de aquel año que no fueron anunciados en Pamplona tras haber cortado un esportón de orejas El Juli y compañía ese julio sanferminero. Pero nos esperan tres horas con una luz maravillosa y un espectáculo que jamás han visto, y que no olvidarán.

Llegamos a la hora y ya están en la puerta. El mayoral, Pepe, nos recibe y me presenta a la nueva persona encargada de esta casa. Y es que el hijo de don Joaquín, Álvaro Núñez Benjumea ya no está en la casa y se ha marchado a labrarse su camino, como antes hizo su hermano Curro. Nadie cuenta los porqués, pero ya en Jerez me habían comentado desavenencias entre padre e hijo. Nada sé. Nada puedo confirmar. El caso es que es el nieto de don Joaquín de nombre Álvaro, hijo de Reyes, la hermana mayor de los Benjumea, el nuevo comandante de la ganadería. Aunque Joaquín, desde su mesita, seguro que sigue al frente de su barco.

Montamos en dos vehículos y con Pepe Arenillas, el mayoral, al volante, y Josetxo detrás, nos vamos hasta la mitad del corredero, y allí, en silencio, y yo tirado en el suelo, cámara en mano, nos sacan cuarenta toros de la cabecera de camada, corriéndolos delante nuestra. En el suelo, verlos venir galopando a trote continuo, oírlos respirar, y pasar a tu lado sube las pulsaciones. Los vaqueros los llevan a campo abierto, y allí los repasamos uno a uno. El mayoral me dice que elija los ocho que quiera para Pamplona, orgulloso de la cabecera que tienen este año. Yo no elijo nada, le digo. No es mi misión, y para eso tiene la Meca su veedor, le respondo serio. Bien contestado, me dice Josetxo, y nos echamos a reír los tres sabiendo que son chanzas del momento. La cámara no para de seguir a los toros, que son los de Pamplona, dos tardes para Madrid y los de Bilbao. Y sin duda sacan lote de sobra para Sanfermines, aunque no tan exagerado como el del 2016, que fue un taco. De este lote no se van a borrar las posibles figuras que vengan a Pamplona. Vuelven estos cuarenta toros, y cuando parecía que ya habíamos terminado, nos sacan otros treinta toros a la carrera, que son los de Sevilla, Nimes y Valencia, y seguimos disfrutando cada imagen. El sol crepuscular, la cercanía del mar y un azul luminoso hacen de cada mirada una postal.

Salimos tarde. Ya oscurece, y vamos comentando la variedad cromática de los toros, las carreras, el corredero. Vamos, todo. Salen impresionados de una finca, El Grullo, muy trabajada, peculiar, limpia y mimada en cada cerca, y que sigue sorprendiendo a todos aquellos que la visitan por primera vez. Y es que la ignorancia y el que las figuras quieran estos toros, nos hace pensar que aquí hay caldo de gallina en vez de bravura por arrobas. Y esta ganadería, al igual que su amo, es más que peculiar.

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