Los premios nobel también se equivocan

Por F. Javier Aramendia Gurrea - Domingo, 25 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:02h

como todos sabemos, el señor Vargas Llosa es un excelso novelista, que con todo merecimiento ha recibido el Premio Nobel de Literatura. Sin embargo, el flamante laureado es bastante aficionado a prodigar sus opiniones en otros terrenos que no son los de la ficción, en la que se desenvuelve como el pez en el agua. El resultado entonces es variopinto y muy discutible, sobre todo cuando trata temas políticos.

Una tónica general en su discurso es el ataque a los nacionalismos y más concretamente a los que llamaríamos “pequeños nacionalismos”, y en especial a los ibéricos, léase el catalán y el vasco, tildándolos nada menos que de incompatibles con la libertad.

En un reciente artículo en un medio de carácter nacional y que fue antaño progresista, se explaya a gusto indicando textualmente que “el nacionalismo entraña, cuando uno escarba un poco en la superficie, una forma de racismo. Si crees que pertenecer a un determinado país o nación o a una raza, o a una religión, es un privilegio, un valor en sí mismo, crees que eres superior a los demás y el racismo conduce inevitablemente a la violencia y a la supresión de las libertades”.

Afirmación tan taxativa nos deja sorprendidos, pues basta tener un poco de memoria para observar que quien esto afirma aparece bastante a menudo en compañía de relevantes personalidades de la derecha española más intransigente y nacionalista, olvidando aquello de la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio. Pareciera que bendice al nacionalismo grande: el estatal español, mientras fustiga como nefandos los nacionalismos de pequeñas naciones, tales como Cataluña y el País Vasco o Euskal Herria.

¿Es que aquellos nacionalismos de grueso calibre son plenamente compatibles con la libertad y sorprendentemente los más modestos conculcan, sin embargo, las libertades? No parece razonable esta hipótesis. De hecho, lo contrario es bastante más probable.

No se le ocurre a nuestro flamante Premio Nobel, que tan defensor a ultranza es de la libertad, que precisamente la libertad es el sentimiento que ha animado históricamente a tantos pueblos a tener sus propias instituciones, no mediatizadas por estamentos intermedios, sino dueñas de sus destinos en la medida de lo posible, sin que esto entrañe desprecio o desdén por otros pueblos. No se nos oculta, sin embargo, que en un mundo tan interdependiente como el actual ninguna independencia es absoluta, sino que ha de contar con organismos supranacionales de cooperación con otras naciones, cual es el caso de la Unión Europea.

Una tónica general en el discurso del señor Vargas Llosa es el ataque a los nacionalismos, en especial a los ibéricos, léase el catalán y el vasco

¿Dónde está ese sentimiento de superioridad incompatible con la libertad que denunci

Confunde don Mario, a nuestro juicio, dos ideas que, aunque a veces han aparecido juntas, tienen, sin embargo, un contenido diametralmente diferente: nos referimos al nacionalismo y al imperialismo. Si bien el primero puede ser y de hecho lo es muchas veces un sentimiento noble y natural de los pueblos de gobernarse a sí mismos, expresando su propia identidad de manera respetuosa con los otros pueblos, el imperialismo, por el contrario, tiende a dominar a otras comunidades y culturas, imponiéndoles una estructura rígida y uniforme que va contra la libertad y el propio ser de los pueblos dominados.

Cuando hacemos un recorrido histórico es obvio que nos saltan a la memoria los diversos imperios que simultánea o sucesivamente han aglutinado, en general por la fuerza, a diversos pueblos europeos y distintas colonias en los cinco continentes: imperios francés, español, austro-húngaro, alemán, ruso, inglés, turco, etcétera. Este tipo de nacionalismo imperial y expansionista es el que ha llevado al mundo a tremendas guerras y catástrofes por el inherente deseo de dominación y sometimiento que ha inspirado a sus líderes.

Por el contrario, ¿dónde está ese sentimiento de superioridad que conduce a la violencia, según el señor Vargas Llosa, en los movimientos de independencia de pequeños países o naciones sin Estado, que un buen día deciden democráticamente desgajarse de otras grandes estructuras o imperios, para seguir su propia senda de autogobierno, en la mayoría de los casos formando posteriormente parte de unidades supranacionales como la Unión Europea?

No necesitamos buscar demasiado para mencionar los casos europeos de Noruega, escindida de Suecia al inicio del siglo XX y los contemporáneos de Eslovaquia, que pacíficamente se separó en los noventa de la República Checa, de Estonia, Letonia y Lituania, y de los antiguos países integrantes de la Gran Yugoslavia, separados con mayores o menores traumas de la Unión Soviética o de la Yugoslavia post-Tito. ¿Dónde está ese sentimiento de superioridad incompatible con la libertad que denuncia sin pruebas el señor Vargas Llosa? ¿No se tratará simplemente de una aspiración bien legítima de gobernarse a sí mismos, preservando, sin intermediarios, su cultura y tradiciones en un mundo, como hemos dicho, interconectado en el que la colaboración respetuosa con los demás es totalmente necesaria?

¿Es que alguno de esos países ha dado grandes quebraderos de cabeza o promovido guerras de dominación y hegemonía como las que engendraron las dos guerras mundiales? La gran mayoría de los arriba citados constituyen Estados pacíficos y hasta prósperos, como lo prueban, entre otros, Estonia, avanzada del mundo digital en Europa y que ocupa este semestre la presidencia de la Unión Europea o Eslovaquia, el otrora miembro más débil de Checoslovaquia y que ahora supera en estabilidad y progreso al supuesto socio fuerte, Chequia.

No es el simple nacionalismo, o sea, el deseo de regirse autónomamente en cooperación con los otros pueblos, el incompatible con la libertad por afán supremacista, como sin pruebas afirma el señor Vargas Llosa, si no diríamos que este tipo de nacionalismo es una de las expresiones más nobles de la libertad, ¿qué más natural que gobernarse a sí mismos, sin que nadie interfiera en su devenir como nación? Es, por el contrario, el nacionalismo aliado con el imperialismo de los Estados grandes, el nefasto e incompatible con la democracia y la libertad.

No es tampoco ese nacionalismo de los pequeños Estados citados, en general, racista, ni es “una tendencia retrógrada, arcaica, enemiga de la democracia y la libertad”, como asegura, sino algo legítimo y evidentemente pacífico y democrático en ejercicio de la libertad. En cuanto a que esté sustentado en mitos y ficciones históricas o posverdades, ¿qué nación o Estado no lo está?

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