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Bajo la sombra de una Causa General

Criminalizar al soberanismo y a sus representantes reabre en canal el problema político en Catalunya. El Estado reincide en su torpeza, ahora desde instancias judiciales.

Domingo, 25 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Lazos amarillos en los asientos de los diputados ausentes ayer.

Lazos amarillos en los asientos de los diputados ausentes ayer. (EFE)

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Lazos amarillos en los asientos de los diputados ausentes ayer.

proceso al procés. Criminalización de sus máximos representantes y de la Catalunya que lo apoya y lo apoyó. Asistimos a un momento excepcionalmente grave, con una perspectiva temporal mucho mayor que en noviembre. Una especie de causa general al derecho a decidir y al 1 de octubre, por su arraigo social y el nivel organizativo demostrado. Bajo la acusación de golpismo la cárcel o el exilio, marcos que nos retrotraen a épocas pasadas, que hace un año eran casi imposibles. La prisión, de momento preventiva, no resuelve ni encamina el problema. Al revés, lo amplía acusando a la no violencia de lo contrario.

El 21 de diciembre era una ocasión, forzada, pero ocasión, para iniciar una suerte de distensión. Las elecciones convocadas por Rajoy al arranque del 155 se presentaban como un destornillador del propio 155. Un reto donde el independentismo y el unionismo parecían volver a depender de sí mismos, con el hándicap y la anomalía para los primeros, eso sí, de tener en campaña a Junqueras en la cárcel y a Puigdemont en el exilio. El caso es que el PP se hundió, Ciudadanos venció y Puigdemont triunfó. Tres reveses en una noche aciaga para Moncloa. Así que el Gobierno de Rajoy reprogramó su ofensiva. Tras las Navidades, el independentismo acusó sus contradicciones y mostró con estrépito su división. Los resultados cosechados le invitaban también a resetearse. De hecho, buena parte del debate en la que está sumido tiene que ver con la necesidad de reconstruir consensos. República no la hay, no la ha habido y a corto plazo no la habrá, pero de ahí al sometimiento y la sumisión hay un trecho muy amplio. El problema del soberanismo y de su enorme disparidad es decidir qué quiere hacer además de recuperar las instituciones, teniendo en cuenta que la tentación jacobina en el Estado es ahora tan fuerte. En esta dicotomía, con excesos de tacticismo, ocultaciones y falta de rumbo se han movido PDCat y ERC hasta el intento de investidura de Jordi Turull, el 22 de marzo. La abstención de la CUP, independientemente de acertada o equivocada, maximalista o coherente, demostró que el independentismo tiene la cohesión que tiene. Poca.

Pero el viernes 23 el juez Llarena devolvió al soberanismo a una pantalla emocional aparentemente similar a la de los días previos e inmediatamente posteriores al 1 de octubre, pero con mucha más indignación y escepticismo acumulados. La del reconocimiento al riesgo asumido por unos/as líderes que se jugarían la cárcel o el exilio para que la gente pudiese votar. Y con titubeos, contradicciones y falta de estrategia, efectivamente se han jugado su biografía. Si algo quedó claro ese 1 de octubre es que la estrategia represiva había multiplicado el impacto y la importancia de la jornada. La inercia actual lo reconfirma. Lo que ya preocupa a gente como Felipe González, cuyo protagonismo de nuevo hace más grandes las incomparecencias y silencios acumulados de Pedro Sánchez.

Poder duro, poder blandoRajoy dice que el independentismo “ha subestimado al Estado”. Está en lo cierto, con un matiz no menor: desde un punto de vista coercitivo o represivo el Estado ha demostrado su endurecimiento. Desde un punto de vista persuasivo, su enorme debilidad. Cuando más se necesitaba una profundización democrática, lo que está habiendo es una regresión del poder de la fuerza. El PP no está rentabilizando su endurecimiento. Ciudadanos en cambio sí. La propulsión de Rivera, el suelo del PP y el techo del PSOE candan en el imaginario colectivo la España mono nacional, de un futuro Gobierno PP-Ciudadanos con amplia mayoría. Pero aún queda un año para las próximas elecciones municipales y autonómicas, y eso es un mundo, y más ahora. Se trata sin embargo de un plazo de tiempo lo suficientemente acotado para que el partidismo domine la escena española y profundice así la crisis: Sánchez teme a sus barones, el PSOE tiene miedo a perder más comba con Ciudadanos y Podemos teme a que se ensanche la distancia con el PSOE. Es el panorama de un Estado en crisis y un nacionalismo español en auge. Por diagnóstico, conveniencia y cortoplacismo, PP y Ciudadanos van en tromba a lo segundo. Y harían bien en atender más lo primero. La euforia que mostró Vox el viernes es el retrato de la España que está quedando. Un panorama tremendo.