Música

Stravinsky, vivo o muerto

Por Teobaldos - Lunes, 26 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Orquesta Sinfónica de Euskadi

Intérpretes: Iván Monighetti, violonchelo. Delphine Dupuy, viola. Andrey Boreyko, dirección. Programa: Stravinsky: Canto Fúnebre. El Beso del Hada.Richard Strauss: Don Quixote.Programación: ciclo de la orquesta. Lugar: sala principal del Baluarte. Fecha: 21 de marzo de 2018. Público: lleno.

Seguimos disfrutando de una de las temporadas más interesantes de la orquesta, en cuanto a programación se refiere. En esta ocasión con un Stravinsky de estreno. Un Stravinsky que se ofrece en dos obras radicalmente opuestas: una se interna en el, un tanto, tenebroso magma de cantar a la muerte;la otra, es un maravilloso divertimento de celebración de la vida. Este Stravinsky, vivo o muerto, en todo caso, fue una delicia en la versión de Boreyko y de los profesores de la orquesta.

El Canto Fúnebre es una partitura con su historia rocambolesca de pérdida y recuperación, presentada, un siglo después de su estreno, por Gergiev, en 2016. Así que es un verdadero privilegio la pronta captación del acontecimiento por la orquesta. Es una obra que aún no suena a Stravinsky, de ahí nuestra sorpresa a la introducción que nos hace el maestro ruso, nada menos, que al mundo wagneriano. En todo caso, en esta partitura temprana, ya se escuchan sonidos premonitorios de composiciones posteriores, -inquietante sordina, contrafagot…- y, sobre todo, una asimilación del cromatismo de los grandes rusos Rimsky y Mussorgsky. La versión fue excelente, profunda, tenebrosamente envolvente, muy matizada y cuidada por el director, muy bien fraseada por la orquesta. Y, de ahí, al divertimento El Beso del Hada. Muy divertido, como su nombre indica. También extremadamente matizado, no sólo por el conjunto, sino por los continuos solistas que saltan sobre este juguete orquestal que nos lleva a cuentos infantiles, scherzos humorísticos, danzas populares rusas, valses, canciones de cuna…, en fin, todo el ambiente ensoñador de los ballets de Tchaicovski. Desde el cuarteto de cuerda -en su apunte de cámara-, hasta los metales, estupendos en el matiz messoforte y piano, pasando por las maderas, trompas, clarinete, chelo, arpa…, todo fue una verdadera exhibición de precisión, soltura, y maleabilidad en los cambios rítmicos.

Pocos autores con un sentimiento tan pluridireccional como R. Strauss: lo mismo adora las luces de Italia, que el idealismo alemán, el drama vienés o el teatro de Shakespeare, el rococó y las danzas de Couperin;la filosofía de Nietzche y los sueños cervantinos. Para Conrado del Campo, Don Quijote es el más gigantesco alarde de impresionismo sonoro y de personificación dramática del héroe cervantino. Sin embardo, para Amadeo Vives, -que, claro, no pone pega a la música-, el tratamiento del héroe es más disperso y discutible;un mito universalizado alejado del mito cervantino. A muchos oyentes les ocurre como a Vives. Y es que, cada uno tiene su Quijote. Así que lo que importa es la música, hoy servida extraordinariamente por el chelo de Iván Monighetti, la viola de Delphine Dupuy, el oboe de Lecumberri, etc… todos en medio de la más deslumbrante paleta orquestal, que, desde luego, tiene sus rotundas coincidencias textuales (la máquina de vientos, la tuba que incide en Sancho Panza, etc…).

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