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Sobre el euskera. Una vez más

Por Arantzazu Ametzaga Iribarren - Lunes, 26 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Con una tenacidad digna de mejor causa se despotrica contra el euskera, olvidando quienes en ello se llevan tan dudosa palma que el nombre de Nabarra es euskeriko, que curiosamente les pasa inadvertido. Lo penoso de esta situación es que, entre otras cosas, se trata de un atropello cultural. Mientras en los foros, academias y centros universitarios europeos, americanos o estatales (la Escuela de Idiomas de Madrid convoca oposiciones para plazas en euskera), urgen por el respeto lingüístico, no tan solo como uno de los artículos de los Derechos Humanos, de la Declaración Universal de los Derechos Lingüísticos, sino como una riqueza más de la diversidad humana, e incluso se llega a decir en medios científicos que el saber idiomas frenan enfermedades como el Alzheimer, seguimos soportando la monserga contra el euskera en nuestra comunidad.

Deberían esos detractores documentarse sobre la historia del euskera y su importancia vital. Un grupo humanoide, en la última glaciación de hace doce mil años, se instaló en los límites de lo que hoy consideramos Euskal Herria, más grande en extensión, relacionándose en una lengua, el euskera, que se mantiene viva, con sus variantes y perviviendo a las sucesivas invasiones. A la caída de Roma, 456 de nuestra, su latín, idioma indoeuropeo, vinculante del Imperio, fue formando y conformando en un lento proceso de desintegración e integración, las hablas europeas que hoy conocemos. De Berceo a nuestros días transcurren unos 700 años.

El euskera, lengua no indoeuropea, y en las últimas investigaciones detallada como la primordial de Europa, permanece hasta hoy pese al acoso continuado de los últimos quinientos años, y de los que son portavoces quienes le niegan entidad. E incluso se ofenden si son en ella interpelados, aun a modo de saludo. Que así de delicados resultan.

La lingua navarrorum, el euskera, ha dado nombre y voz a nuestros ríos, montes, territorios, a nuestros apellidos… a cielo y tierra, que han poblado de una mitología rica y expresiva, y permanece entre nosotros por decisión sino de todos, sí de una mayoría del pueblo que no se resigna a verla morir ni ha querido responsabilizarse de semejante atrocidad cultural, no solo consciente de su riqueza sino de su entrañable mensaje emocional. A finales del s. XIX y principios del XX sus detractores, siempre con interés político, la denigraron como idioma exiguo, incapaz de mantener literatura propia (obviaron los bertsolaris), indigna de las aulas universitarias, desterrándola de la escuela primaria, capturando su oportunidad de crecer. Eso sucedía en nuestro desgraciado país mientras intelectuales europeos como W. Humboldt, padre de la Filología moderna, descubrían entusiasmados no solo la singularidad del euskera, sino su belleza y flexibilidad para adaptarse a los nuevos tiempos y a las acciones, en todos los ámbitos del saber humano, del pueblo que la hablaba pese a su pequeñez geográfica, división administrativa y escasa población. Francisco Xabier muriendo con el euskera en los labios en Oriente, es como la representación de toda la labor vasca de estos últimos siglos. Abarca exilio, esfuerzo, trabajo, dolor y resolución.

Entre otros campeones del rescate de nuestra lengua recuerdo a mi padre, traductor al euskera de obras de la literatura universal: directamente del griego a Esquilo: Prometeo encadenado (obra simbólica del tema que nos ocupa y muchas veces traducido al castellano pasando por el francés);de Shakespeare: Hamlet, El Sueño de una noche de Verano, Macbeth… el Platero y yo de Juan Ramón Jiménez, entre otras muchas, sin las ayudas gramaticales con las que hoy contamos, rompiendo el mito de que nuestra lengua era incapaz de reproducir los términos extremos o retener la filosofía y el lenguaje de los conflictos humanos, de poder expresarlos o reproducirlos desde su sintaxis peculiar.

Desde las guerras civiles del s. XIX los vascos se ha repatriado, fundando eusko etxeas allí donde detenían sus pasos, aflorando en todas el sentimiento de pérdida por el idioma en la nueva generación, dándose cursos de euskera y manteniendo ikastolas. Un ejemplo que me ha conmovido especialmente es el de la doctora en Medicina M. Helena Etxeberry, nieta de vascos de Iparralde, esposa de un nabarro, quien a sus 80 años ha venido de Argentina a nuestro país a completar un curso de euskera con el propósito de enseñarlo a su vez en Buenos Aires. En Oiartzun pudo departir en una ikastola su experiencia vital. Mostraba las fotos de los niños atentos a su euskera -les sonaba exótico por su inflexión argentina-, sentados a su alrededor, participando de una experiencia cultural que, achicando el Atlántico, lograba que Pirineos y Pampa, pasado y presente, se tornaran afines entre sí. El coraje y la ilusión de una mujer de edad se trasmitía a quienes comienzan su trayectoria vital en una magna lección de acercamiento civilizador, de comunicación afectiva y razonamiento peculiar. Resultaba una restauración de los expatriados que aprendieron castellano e inglés en su deambular por la Pampa y desiertos de Nevada. Y de los que tuvieron que dejar de hablarlo en su país por nefastas desmedidas políticas.

La cultura une a los humanos. El respeto a la diversidad, tradición e idioma, en este caso único en Europa, nos vuelve pródigos. Somos comoEl Platero y yo de Jiménez, en euskera Platero ta Biok, yo y los dos. Comunicación esencial del entendimiento humano para lograr en todos los campos de la actividad humana un acuerdo razonable de convivencia respetuosa por la identidad del otro. Y de la propia.

La autora es bibliotecaria y escritora

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