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José Ramón Olarieta Alberdi doctor en ingeniería agrónoma , profesor universitario y escritor

“Los transgénicos no van a acabar con el hambre en el mundo”

Apasionado de la genética y de los misterios que encierra la composición del suelo, el vasco presenta su libro con el fin de arrojar luz sobre la difusa realidad de los transgénicos

Bea Ciordia Iban Aguinaga - Lunes, 26 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:01h

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pamplona- Mitos, falsas verdades y una fe demasiado grande en la religión de los laboratorios. Éstos son, a juicio de José Ramón Olarieta Alberdi (Bilbao, 1963), los tres males que aquejan a los debates actuales sobre transgénicos. “Es comprensible que un tema de este tipo no resulte atractivo para los ciudadanos, pero eso no justifica la tendencia actual de confiar ciegamente en los científicos sin cuestionarles”, explica el profesor de Edafología de la Universitat de Lleida, que el sábado presentó en el civivox Contestable su nuevo libro, Transgénicos: ¿de verdad son seguros y necesarios? Evidencias científicas que llaman al principio de precaución.

Muchos de nosotros tendemos a pensar que el mundo de la ingeniería genética está exento de errores y de imprecisiones... ¿Es esto realmente así? ¿Podemos confiar al 100% en la eficiencia y seguridad de los transgénicos?

-¡En absoluto! Pese a que los expertos recurren a todo tipo de tecnología punta para crear un transgénico, lo cierto es que el proceso en sí es bastante azaroso, el método empleado es totalmente incontrolado y los resultados son impredecibles. Es muy importante tener esto en mente a la hora de debatir sobre la sostenibilidad de estos alimentos genéticamente modificados, ya que, aunque se presentan como una ciencia exacta, en el fondo no lo son. Además, muchos expertos han cometido el tremendo error de presentar al mundo sus creaciones como si fueran una solución milagrosa para inflar los índices de producción y la pobreza mundial. Esto, sin embargo, es una falacia: los transgénicos no van a acabar con el hambre en el mundo, sino que las desigualdades son un reto socioeconómico. Muchos científicos con poca humildad y mucho ego han prometido hazañas imposibles de cumplir y después no han asumido las consecuencias de sus palabras. Hay que tener más sentido común porque las panaceas no existen.

¿Quiere decir que la naturaleza científica de los transgénicos ha quedado en cierto modo opacada por los fines filantrópicos (y económicos) de los científicos y las multinacionales?

-En el fondo, sí. Uno de los ejemplos más claros es el del arroz modificado genéticamente para que tenga niveles más altos de vitamina A. Muchos ven en este alimento una solución para la hambruna africana, pero la idea es una tontería. ¿Acaso vamos a obligar a estas personas a comer lo mismo día tras día? Por otra parte, este arroz dorado todavía no ha sido testado en humanos, y los expertos no podrán ponerlo a la venta hasta 2020. La medicina, en cambio, sí ha demostrado que la deficiencia de vitamina A se soluciona con una alimentación variada y equilibrada, por lo que no hace falta recurrir a los organismos genéticamente modificados para obrar el milagro. En el fondo, los transgénicos son una tecnología en busca de un problema que solucionar.

¿Existe, pues, una alternativa natural y tradicional para resolver los problemas relativos a la alimentación y los cultivos?

-Claro que sí. Volviendo al ejemplo del arroz dorado, la naturaleza produce decenas de variedades de este alimento con un valor nutricional mucho mayor que el que consumimos normalmente, pero su producción se limita a lugares remotos. La solución es tan simple como buscar alternativas fuera de los laboratorios. Nuestros antepasados eran capaces de mejorar sus cultivos de modo convencional, y muchos programas internacionales actuales también han demostrado que los mejores resultados se obtienen de manera natural, desde desarrollar plantas más resistentes a la sequía hasta conseguir que crezcan en suelos de fertilidad baja.

¿De dónde procede, entonces, este afán por encontrar respuestas bajo el microscopio?

-La culpa, creo yo, es de la sociedad tecnocrática en la que vivimos, ya que nos incita a creer ciegamente en los descubrimientos científicos sin tener en cuenta que dicho colectivo, al igual que cualquier otro, está compuesto por profesionales competentes y mediocres. Además, muchas de las investigaciones de los laboratorios se mueven por el valor económico de sus posibles resultados, lo cual debe hacernos reflexionar sobre su valor y fiabilidad. No hay que olvidar que, en el fondo, los transgénicos son semillas patentadas que mueven cientos de millones de euros en el mercado.

También ha ganado peso durante los últimos años el factor medioambiental...

-Efectivamente: muchos transgénicos son tolerantes a herbicidas como el glifosato y, por ello, dicho producto se está usando en cantidades masivas inaceptables. El resultado es devastador: la biodiversidad de los ecosistemas acuáticos y de los anfibios está en grave peligro, y las cadenas tróficas de los animales también están sufriendo modificaciones. Además, la OMS declaró en un informe que el glifosato tiene potencial cancerígeno.

¿Han influido los medios en esta distorsión de la realidad de los transgénicos?

-Yo creo que sí. Este tema, al igual que otras cuestiones políticas y económicas, es muy técnico, por lo que los ciudadanos tienden a construir su opinión al respecto en función de las noticias y resúmenes que leen. En el fondo, los medios han seguido la misma estrategia que los laboratorios y las universidades, promocionando los transgénicos como el paradigma de la tecnología punta y ejerciendo como altavoces sin filtros de la comunidad científica.

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