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Música

Estreno absoluto

Por Teobaldos - Martes, 27 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:01h

CONCIERTO DE la orquesta sinfónica

de euskadi

Intérpretes: Orquesta Sinfónica de Navarra;Mario Prisuelos, piano. Dirección: Joseph Caballé Doménech. Programa: Concierto para piano y orquesta número 2 del P. Goicoechea;Sinfonía número cuatro Románticade Bruckner. Programación: ciclo de la orquesta. Lugar: sala principal del Baluarte. Fecha: 22 de marzo de 2018. Público: casi tres cuartos de entrada.

Hubiera sido un día especialmente gozoso para todos los que le tratábamos ver al padre Goicoechea, por fin, ante el estreno de su concierto para piano y orquesta nº 2. Para él, por el empeño que tenía en escuchar su obra;para nosotros, porque le hubiéramos pedido algunas explicaciones, ya que, por lo menos a mí, su complejidad, en muchos tramos, me ha superado. Tuve acceso al sesudo estudio que el organista Álvaro Landa hizo sobre los métodos compositivos del redentorista;y sabíamos del peculiar mundo sonoro que pasaba por su cabeza, así que los choques armónicos, la atonalidad, la investigación tímbrica no nos coge por sorpresa;pero sí que tengo algunas dudas sobre el concierto. Por una parte, es una pena que tenga que hacerse una edición crítica de un compositor contemporáneo, cercano y accesible, con el que no se ha podido contar, por poco;y, absolutamente necesaria para su ejecución. Y luego está el tratamiento del piano, sobre todo en los dos primeros movimientos, que queda bastante sepultado;no es un concierto de lucimiento para el pianista. Bien es cierto que, como siempre, una primera audición no sirve más que para captar impresiones;apenas se puede analizar, pero en otras obras de Goicoechea -por ejemplo las de órgano-, la impresión ha sido de mayor comprensión. Y no es cuestión del solista, pues Prisuelos ya nos demostró su exquisita sensibilidad por la música contemporánea, el pasado año, en el MUN (DN, 25/04/17);y, no sé si de la orquesta, porque, ciertamente, el tratamiento de ésta es brillante y así debe sonar. En un estreno, tratamos de pescar citas, influencias, alguna melodía donde enlazar con cierta tradición;pero, en este caso, se me escaparon. Quizás sea ese, precisamente, el mérito: puro y original sonido. El primer movimiento es un juego orquestal de timbres, donde se contrasta -como sonidos de la naturaleza (¿?)- el flautín con la tuba, y densas masas independientes. Como en el primero, en el segundo tampoco el piano adquiere especial protagonismo, o por lo menos no lo apreciamos. Y es en el tercero -quizás porque ya nos hemos hecho a esa sonoridad- donde el recorrido del teclado se impone, el piano manda, dialoga con la percusión y toda la orquesta hasta un final francamente brillante. En la segunda parte, el granítico Bruckner: su cuarta sinfonía, a la que habría que acceder -a mi juicio- sin haber ocupado antes el oído con nada;por su densidad y longitud. Si algo agradecemos a esta sinfonía -maravillosa toda- es el magnífico solo que concede a la familia de las violas;es impagable ese sonido tan poco habitual;en esta ocasión, fraseado y cantado con volátil carnosidad. Peliagudo protagonismo de la trompa, que abre la sinfonía, y mejor salvado en las sucesivas reexposiciones. Caballé Doménech tuvo el gran acierto de equilibrar muy bien los brillantes metales con la cuerda, hasta tal punto que era ésta la que daba empaque a los fuertes. Una versión serena, tranquila, más recogida que extravertida. Hermosa.

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