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Conciencia de jubilado

Por Gabriel Mª Otalora - Jueves, 29 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Las pensiones como preocupación social de primera magnitud han venido para quedarse. Ya poco queda de la imagen del jubileta clásico que dejaba de pagar la cuota sindical en cuanto finalizaba su vida laboral y nadie se acordaba de él. Ahora es otra cosa, con prejubilados y jubilados en perfecto estado de revista, más de trece millones de personas que aumentan cada año, cabreadas, bien informadas e interconectadas, con verdaderas ganas de ejercer su voto.

Después de asistir atónitos al vaciamiento de la hucha de las pensiones y a las medias verdades constantes del Gobierno, la conclusión es clara: menos cotizantes, igual dinero a repartir, menores pensiones a disfrutar. Pero casi nadie se traga el argumento de que el sistema de pensiones públicas no es viable. Son 120.000 millones de euros anuales a repartir entre más pensionistas..., ¿pero por qué no se puede incrementar la partida, cuando los pensionistas es seguro que aumentarán? Muchos sospechamos que el sistema financiero privado quiere gestionar el mayor volumen de este dinero y para ello es primordial convencernos de que el Estado no puede asumirlo.

Por cierto, muchas de las pensiones privadas son un mal negocio para los partícipes. La rentabilidad es baja, negativa en ocasiones, mientras las entidades que gestionan los fondos se llevan unos porcentajes en concepto de gastos, comisiones y demás de hasta un 30% acumulado en un plan de pensiones con antigüedad de 30 años.

Pues bien, es posible aumentar la partida de pensiones: primero, porque sabemos que hay dinero según los datos macroeconómicos del Estado, que produce el doble de hace cuarenta años;el problema es el reparto de la riqueza generada. Dinero ha salido para los rescates bancarios (nos deben 30.000 millones) y saldrá para incrementar los gastos de Defensa, en torno a diez mil millones. La respuesta clave es cómo se distribuye el dinero público, que actualmente un 55% llega desde el capital y un 45% del trabajo. Pero resulta que para mantener las pensiones se utiliza fundamentalmente los dineros del trabajo.

Y una segunda razón: hay nichos económico-financieros que todavía no pagan impuestos o lo hacen muy por debajo de lo que debieran. Sin contar que ha descendido (2017) en cien millones el dinero recaudado en fraudes fiscales, siendo España uno de los países que invierte menos en inspectores de Hacienda contra las bolsas de fraude fiscal, sobre todo en las grandes corporaciones, a las que no les basta la ingeniería financiero fiscal para pagar a veces cantidades irrisorias en impuestos.

Es cierto que parece conveniente retrasar la edad de jubilación, pero ojo con el cálculo para valorar la vida laboral y con falsear la realidad diciendo que la solución está en los planes privados, cuando lo que se codicia es suplantar el sistema de reparto por el de capitalización, aunque paupericemos a buena parte de la población. Yo creo en la connivencia de la economía privada con la pública, pero cuando respeta el bien común.

El espejismo del 0,25% anual ha movilizado a millones de pensionistas para una actualización acorde con el coste de la vida: la échelle mobile que nació para los salarios en 1952 en la Francia de la Cuarta República mientras en la casposa España franquista bastante tenía con cobrar a final de mes. También en Italia tuvieron scala mobile en todos los sectores de la economía (1975). Sus detractores asustaban diciendo que acabaría perjudicando a los trabajadores, en la medida que el incremento de los salarios empeoraría la balanza comercial. Sus defensores afirmaban que dicha escala móvil mejoraría la economía con el fomento del consumo, algo que ahora volvemos a escuchar.

La competencia de las pensiones sigue estando en Madrid, no la sueltan, pero esta lucha ahora por el fuero y el huevo va a ser también una lucha por huevos gracias a la nueva conciencia de jubilado, con todo el tiempo del mundo por delante para exigir una reacción en Rajoy.

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