Relatos

Por Patxi Zabaleta - Jueves, 29 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:01h

El debate del relato o de los relatos no es nuevo. La pretensión de imponer dogmáticamente un solo relato, es decir, una sola visión de la historia, como verdad oficial y obligatoria, es el reflejo de una ideología antidemocrática que ha imperado por aquí y que desgraciadamente aún perdura. La historia, como toda ciencia humana, se tiene que analizar desde la libertad. Cuando se trata de imponer una sola verdad, que cierre el paso a la diversidad de opiniones y de valoraciones, se incurre en el historicismo determinista que es antidemocrático.

El franquismo quiso superar su falta de legitimación, buscando la justificación de la sublevación con un relato oficial y obligatorio. Urdió para ello una compleja estrategia, que se inició ya en 1937 con el proyecto denominado causa general, que fue desarrollándose en decenios y decenios, aunque nunca se dio por terminada. Rafael Aizpún Santafé elaboró en los primeros años 40 a este efecto una especie de memorándum justificativo de la sublevación;era la época de su colaboración directa con el régimen. En el marco de esta operación de legitimación se implantó la denominación de guerra civil, como si se hubiese tratado de una confrontación entre dos partes de la sociedad, cuando en realidad se había tratado de una rebelión militar violenta, con la adhesión de algunos sectores minoritarios ultrarradicalizados. La solución democrática de la confrontación social es el derecho a decidir y las votaciones, y nunca la violencia, ni siquiera la legal.

La mentalidad cavernícola de algunos contemporáneos sigue añorando el relato oficialista. Jaime Ignacio del Burgo, en la presentación oficiosa de su último libro (DN 27/12/2017), dice literalmente: “Si no ganamos la batalla de la historia, Navarra estará perdida”. Es decir, que no quiere que el futuro de Navarra se decida en las urnas;o sea, que la historia oficial ha de dictar no solo el presente, sino también el futuro de los navarros y navarras. Justifica todo ello el expolítico ultra para “salir al paso de los mitos abertzales”. Su desprestigio como historiador y el desprecio que le profesan los historiadores serios, incluidos los de la derecha, no ha impedido que reciba la fervorosa bendición de Víctor Manuel Arbeloa y la epatante admiración de Ramón Irigoyen, que sigue siendo enfant terrible a sus 75 años.

El plantear la historia como una batalla, y el atreverse a afirmar que perder esa batalla es perder Navarra constituiría un insulto si no fuese una imbecilidad. El objetivo de evitar a toda costa que las navarras y navarros puedan decidir dignamente no es excusa para semejante barbaridad fascista. Hasta Jesús Aizpun defendió en algunos momentos la decisión política de los navarros/as e hizo de esa idea la única base fundacional de UPN, aunque luego él mismo y el partido que fundó se hayan vuelto y revuelto en contra del derecho a decidir. Ahora el navarrismo se ha tornado ultraconstitucionalista olvidándose de que las garantías constitucionales no son más que un instrumento modificable cada vez que lo quieran los partidos centralistas del Estado. ¿O es que no se dan cuenta de lo fácil que se cambió el artículo 135? ¿Es que no son conscientes de que todas y cada una de las amputaciones de derechos a Navarra se las ha infringido el centralismo? La modernización democrática y garantía de los derechos históricos consiste en el derecho a decidir. Y no hay más, porque Navarra somos las navarras/os y no la entelequia que algunos quieren hacer dimanar de su visión de la historia.

Todas las teorías historicistas del navarrismo se han demostrado falsas e incoherentes con los hechos históricos, que ésos sí son inamovibles e inmodificables. La monserga de que “la incorporación de Navarra a la corona de Castilla fue una unión voluntaria y equae principalis” ha quedado científicamente reprobada gracias a los historiadores rigurosos. Igual que la monserga de la “voluntaria entrega” de Vitoria-Gasteiz.

La otra monserga de que los fueros son un pacto o paccion, pero sin que Navarra tenga derecho a decidir, no resiste ni el más mínimo análisis sensato y racional. ¿Cómo va a pactar quien no puede tomar decisiones?

Las falsas teorías que pretenden eludir la verdad histórica de que Navarra es una expresión de Vasconia y la denominación, escrita por primera vez por los historiadores franco-carolingios constituye en sí misma un vínculo que debería ser entrañable y no algo supeditado a una interpretación histórica, y es también lo que las nuevas generaciones tienen que conocer y que van a conocer.

La historia no es una batalla sino una confrontación ideológica que se debe efectuar en el respeto a la verdad, científicamente y de forma democrática. Navarra es un pueblo formado por personas y que existía antes de quienes quieren patrimonizarla y supeditarla a su propia visión o relato del pasado.

Nunca ha habido un relato único. Si no lo hay ni del desmembramiento del Reino de Navarra de hace 800 años ni de la conquista de Navarra de hace más de 500 años, ni de la rebelión de Mola y Franco, que quisieron disfrazar dogmáticamente de guerra civil y cuyas consecuencias dramáticas aún siguen pendientes de reparación, ¿cómo va a haber un relato único y dogmático de las confrontaciones violentas recientes? El gran pasivo del fuero es que lo ensuciaron con el franquismo. Pero eso no nos impedirá a los verdaderos defensores de los derechos históricos dejar de amarlos y defenderlos, porque son el vestigio de nuestras libertades nacionales. Porque los mejores defensores de los derechos nacionales, de los derechos históricos, y hasta de la autonomía, son los independentistas;aquí, en Cataluña y en todas partes.

El autor es abogado