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A impulsos

Salvador, ‘Silbidor’

por Javier Lana * Dantzari - Viernes, 30 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Algunas tardes le silbaba desde una esquina del Rebote. Ella estaba allá, tan guapa como un sol. Tan graciosa y tan divertida siempre. A él le gustaba, le gustaba tanto... Eran tardes de verano y fiesta, cuando las gentes del pueblo se arremolinaban en la plaza. Lucio y Cholo jugándose la paga en el frontón viejo. “A muerte”, decían. Y mira que sudaban y que de tiradas en plancha. La cosa era no perder una pelota. Y si alguna iba alta y se escapaba detrás de la pared, ya sabían donde iba, a casa de la Consuelo, al tejado, y vete y busca. Que buen genio gastaba cuando las pelotas se encalaban. Que de tanto andar entre las tejas para buscarlas, “qué de rotas y qué de goteras” decía.

Hasta una vez, ya cansada, pidió ayuda al Concejo. Porque su economía no daba para pagar al albañil y qué enfado cuando le contestaron. Si quería tejas, que fuera al corral de Nicasio, derrumbado hace tiempo y para arreglar el desarreglo, que ya tenía marido.Y que el frontón y la casa eran del mismo tiempo y que estaban condenados a convivir .

Ella aún pudo decir “no hagas el tonto” antes de caer rota en mil pedazos

A Salvador, nadie le llamaba por su nombre, se acercaban eso sí. Tenía el apodo de Silbidor, porque silbaba como los ángeles. Hasta una vez el cura, que se quedó el coro un poco flojo de gente, por una epidemia de gripe, le pidió que acompañara con su soplido y hasta la gente lloraraba, decían, por lo bonito. Salvador comentan que nació silbando, que se inició con la madre, porque tuvo un parto largo, largo de narices: un día entero peleando para que saliera el hijo, que gastaba una cabeza demasiado grande para un hueco tan chico. Y que en tantas horas no hizo mas que chiflar. Así que nos nació ya con escuela y ya luego en compañía del abuelo Ceferino adquirió cátedra, ya que estuvo de pastor con él, y éste, decían que tenía un silbido para cada oveja, imitaba a las campanas en el toque de cuartos o enteras, las del ángelus, a difunto y la campanita chillona de las monjas cistercienses, que tienen el convento junto al río Salado.

A Salvador le gustaba Lucía, le encantaba . Ella lo sabía de sobra, porque en el baile de las fiestas de agosto no paró de decirle cosas y hasta le silbó suave en la oreja, algo así como Angelitos Negros.

Desde entonces concertaron el aviso, el silbido de llamada. Era el canto de un pájaro, de esos que despiertan hermosas las mañanas. Les gustaba cogerse por la cintura y esconderse por los trigales altos, para sentir ese amor emocionado y furtivo. Era entonces cuando Salvador dejaba de silbar, porque el encanto y la pasión se convertían en besos y en ese recorrido de las manos, descubriendo los secretos que esconde la piel cuando respira, abriendo los poros y el brillo del sudor: era la llamada del deseo.

Fue la mañana de un día de noviembre, cuando Salvador recogía la escopeta de caza de su padre. Desde un lado de la plaza vio a Lucía. Le apuntó, era en broma seguro, qué sabía él si iba alojado el cartucho en la recámara?, su padre tan prudente siempre. Y apretó el gatillo. Ella aun pudo decir “no hagas el tonto” antes de caer rota en mil pedazos, porque la vida cuando se va se hace añicos. Salvador aquel día dejó de silbar, hoy apenas habla. Desde entonces lleva siempre de compañera la tristeza.

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