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Álvaro Arbina | Autor de ‘la sinfonía del tiempo’

“La Historia es un regalo que nos hemos hecho para no cometer errores del pasado, y a veces no le hacemos ni caso”

Tras el éxito de su primera novela, ‘La mujer del reloj’, el escritor vasco presenta ahora un viaje por la ‘Belle Époque’, donde conviven amor, intriga e historia

Ana Jiménez Guerra Iñaki Porto - Domingo, 1 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Álvaro Arbina, escritor de "La sinfonía del tiempo".

Álvaro Arbina, escritor de "La sinfonía del tiempo". (Iñaki Porto)

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  • Álvaro Arbina, escritor de "La sinfonía del tiempo".

pamplona- Dice Álvaro Arbina (Vitoria, 1990) que su segunda novela, La sinfonía del tiempo(Ediciones B), es para degustar, que no devorar. En ella presenta una historia de amor ambientada en laBelle Époque, donde Elsa, una joven que trabaja en Londres, trata de encontrar a su marido, un pintor que marchó a buscar suerte en París y ha desaparecido. Su búsqueda le llevará hasta la casa de sus padres, en la costa cantábrica, donde se enfrentará a un pasado familiar ligado a la industria vasca.

Ha mencionado que escribe lo que le hubiese gustado leer. ¿Cómo es entonces La sinfonía del tiempo?

-La Belle Époque me fascinaba. Quería convertir en literatura escenarios como esa costa vasca enigmática, donde confluía el mundo rural y virgen con esa industria que llegaba del siglo XIX y XX... Y el mar, como ese camino a cualquier lugar y que te lleva hasta el Londres de Dickens, a la París de la Exposición Universal de 1889, al Congo, a Cuba... A todo ese fresco del siglo XIX y XX que es la novela.

En el relato conviven intriga y amor en diferentes lugares y a través de 60 años de Historia. ¿Cómo fue encajando todas las piezas del puzle?

-Es difícil compaginar una gran intriga con el retrato de una sociedad durante 60 años, desde mediados del siglo XIX hasta los albores de la Primera Guerra Mundial... ¿Cómo consigues que el lector descubra tantos mundos diversos y, al mismo tiempo, se vea atrapado por las tramas? Ser arquitecto me ha ayudado, soy muy técnico y estratégico a la hora de construir una novela. Es como si fuese una gran estructura donde cada pieza es una trama, un personaje, un enigma... Y esas piezas se van enlazando de alguna manera, como si estuviesen la una junto a la otra porque no tenían otra manera de ser. Ese ha sido el verdadero reto, que no se vean las fisuras de la novela y que el lector sienta que ésta es un ente que existe de por sí y cuenta su historia.

De hecho, el libro comienza de forma directa y con una petición al lector: “Presta atención”.

-Me gustaría que al terminarlo, te quedes con la sensación de que todavía guarda cosas por contar. Este es un libro para degustar, no para devorar. Es para que te sumerjas en él y disfrutes cada frase. Hay dos ritmos que marcan el libro y uno es la trama. La intriga te invita a seguir leyendo, pero no es una intriga de golpe, sino un goteo que va cayendo continuamente. Por otro, está la prosa, que te dice: no corras, para, disfruta, que te estoy contando más cosas que solo puro entretenimiento... Una persona que se gasta 20 euros en un libro tiene que tener algo más que entretenimiento.

Centrémonos en Elsa, con quien arranca la novela: una de las primeras mujeres en estudiar en Oxford, y que cuando su marido desaparece -detonante de la historia-, no duda en salir en salir en su búsqueda. ¿Por qué centró el motor en ella?

-Es la punta del iceberg de la novela, que comienza y termina en 1914, como un ciclo. Además, ¿qué sería de la literatura sin la capacidad del escritor de abstraerse? De que alguien como yo pueda escribir sobre una mujer a principios del siglo XX... Y no es casualidad que hable de ella, porque retrato cuando empezó todo el movimiento sufragista, cuando las mujeres estaban empezando esa lucha para conseguir esos derechos que merecían. Es un personaje poliédrico que avanza a lo largo de la novela y que no sabes realmente si conoces sus secretos. Me interesaba crear un personaje complejo, con sus contradicciones.

Retrata sin tapujos aquella época: vemos las luces del progreso de la industria, pero también sus crudas sombras, desde la pobreza de varias familias o la venta de esclavos en África. ¿Ha primado la realidad, tal cual, en esta revisión histórica?

-Esta novela habla del siglo XIX y XX, pero desde el siglo XXI.La literatura tiene que extraer las partes oscuras de la historia, es su deber. Cuando tengo que ser romántico, soy romántico, y cuando tengo que ser crudo, soy crudo. Y la literatura tiene que ser eso. Esta época fue fascinante a muchos niveles, hubo revoluciones... y hay paralelismos con la época actual. Se creían en el culmen del progreso y miraban al pasado con cierta arrogancia, a ese pasado más primitivo, de guerras y hambrunas. Pero esa arrogancia a veces es peligrosa. Sigmund Freud lo llamó desgana de cultura, el hastío de la placidez de la monotonía burguesa. ¿Y a qué les llevó? Al inicio del progreso, a una guerra mundial. La historia no es que se repita, pero se da un aire... La novela reflexiona sobre ello y para transmitirlo, tienes que mostrar todas las caras. Y, sobre todo, las caras ocultas: la miseria, junto a ese auge de la civilización. Me parecía que tenía que mostrar eso, como escritor es el deber.

En ese sentido, el chileno Luis Sepúlveda comentaba en una entrevista que varios capítulos de la Historia real no los han contado los historiadores, sino los escritores.

-Es verdad. ¿Qué pasa a los anales de la Historia? El asesinato del terrateniente que mató a su mujer. ¿Pero y esos asesinatos que no aparecían en la prensa en el Londres de Charles Dickens? Asesinatos anónimos, gente que moría en la calle... O esos esclavos comprados en África, también presentes en el libro, que denominaban bultos de ébano -fíjate que eufemismo tan terrible- y eran trasladados a las plantaciones de azúcar y algodón en el Caribe, y muchos se quedaban en el camino... ¿Dónde figura eso? La literatura tiene el deber de extraer todo eso que no se ha contado y que se ha ocultado. Esa parte vergonzosa y también esa parte luminosa del ser humano y de su Historia. La Historia es un regalo que nos hemos hecho nosotros mismos para no co-meter los mismos errores del pasado, y a veces, no le hacemos ni caso.

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