Entrando en la historia

La mítica vacada de Miura está unida al devenir de la Feria del Toro desde sus inicios a finales de los años 50. En la casa ganadera de Zahariche siguen, puertas adentro, muchos misterios que hacen pensar al gran público en la gestión ganadera como un mundo romántico, alejado de la realidad

Un reportaje de Patxi Arrizabalaga - Domingo, 1 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:02h

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Entrar en la ganadería de Miura no es algo extraño. Fuera del trabajo diario son muchas las personas que consiguen adentrarse más allá de las puertas con calaveras que jalonan la entrada. El que suscribe lo lleva haciendo mucho tiempo, y en muy diferentes formas y circunstancias. Pero, una vez parado debajo de los maderos y las calaveras al más puro estilo rancho John Wayne, siempre te da la sensación de que el tiempo se detiene. El reloj deja de oírse, y uno cree que se adentra en una máquina del tiempo que nos retrotrae a siglos atrás.

Los tres viajeros conocemos esta casa. Pero traemos un paquete desde Jerez, aficionado joven que viene por primera vez, y sus impresiones se acercan a lo ya escrito. Y es que una casa con tanta antigüedad, con ese halo de peligro y pavor según hables con aficionados o profesionales, y sobre todo, con esa historia, muchas veces trágica, sobrecoge a la mayoría de las personas que entran en su camino.

El día, más que gris, es feo. En la rica vega del Guadalquivir, donde todo tiene un color especial, este sábado algo se ha conjurado para no dar una buena mañana. Y hacer muchos kilómetros para entrar en una amplia finca de pasto interminable, donde, de normal, ves cientos de hectáreas a vuela pluma y encontrarte con poca visibilidad y peor luz, cambia el rictus de nuestras jetas.

Entramos hasta el cortijo, y en su entrada nos espera Eduardo hijo. Un Eduardo Miura más, diría un castizo. Eduardito, hijo y nieto de Eduardo Miura es la siguiente generación presto al relevo que le tocará, como dice él, más tarde que pronto. Por ahora su padre y su tío Antonio llevan la nave, y él a sus cosas, a su pasión, y mirar el trabajo de sus mayores. Su padre está en América. Su tío en Valladolid en un acto, y él, que prefiere entrar a caballo por los cercados, se ve abocado a llevar el Suzuki con estos de Pamplona, que vienen a ver la camada de saca.

Y cumple con las órdenes de la casa, pero el día, repito, más que gris, es feo. Y por eso, Manolo, el viejo mayoral encima de su alta jaca, va por delante, atento al posible quite. Y es que los toros de esta casa son de difícil manejo. Tanto es así que el vehículo tiene agujeros y golpes de los muchos encontronazos con los toros. Se arrancan y hay que estar ligero.

Nos adentramos en la niebla, y vamos viendo la cincuentena larga que son los de salida de este año. Aquí no se separan lotes. Aquí no se escogen toros para las diferentes plazas. Son los hermanos Miura, al igual que antes su padre y antes su abuelo y tío abuelo, los que llegando la hora de cada compromiso embarcan en su placita cuadrada, los seis que irán a cumplir con el mismo. Ahora nadie sabe cuáles serán los que lleguen a los corrales del Gas. Y hasta eso, hace distinta a esta ganadería.

Vamos pasando entre los toros, con una cercanía, a veces nerviosa, y las fotos van apareciendo. Claro está que para Pamplona vendrán los grandes, piensa uno para sus adentros, pero cuáles son, acabas preguntándote. Un animal muy diferente a sus congéneres de bravo: grandes, de mucho esqueleto, altos y largos, algunos como un autobús de dos pisos, como el de los ingleses, que le decía El Formidable a Paco Ruiz Miguel en el hotel Yoldi tras hacerse con el lote que no le gustaba a su matador. Y sin embargo, con ese montón de kilos que llevan de encornadura a penca, los ves sin saber el peso y parecen escurridos. Eso, y las laminas, las coloradas a lo más puro estilo casta navarra, o los cárdenos cabreras, pasando por negros salpicados, todos ellos con mirada desafiante hacen que uno vaya dando al clic de la cámara con menos pausa de lo acostumbrado en otros lares. Y es que, hasta los tumbados parecen estar midiéndote para arrancarse a por el bulto sospechoso de las cuatro ruedas.

Echamos la hora larga, y el cuadro, todo en fondos perlas, está hecho. No tenemos nada más que hacer en el campo. Ya es hora de vuelta a la casa, a charlar un ratito, a sentarse a cavilar, y alguno a ver cuadras y caballos.

Y pasada la mañana, salimos de vuelta hacia Jerez. Volvemos hacia Cádiz, que todavía nos queda pasar por una casa que viene desde esa región. Tiempo para llegar a comer con unos amigos, pescaítos y marisco de la tierra en un garito de los de siempre.

Con las esperas y todo, aún comiendo, seguimos hablando del majestuoso colorado, que tiene que estar en Pamplona sí o sí. Ese llega hasta los balcones de la Estafeta, exagera Gabino. O igual no exagera. A ver si lo vemos. Si no sucede nada extraño, seguro que sí.