Y tiro porque me toca

Los novios de la muerte

Por Miguel Sánchez-Ostiz - Domingo, 1 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Si el ministro Margallo compara a Puigdemont con Hitler, y otros de la misma tropa a los independentistas catalanes con ETA, podemos los demás establecer las asociaciones que mejor nos parezcan a la vista de sus andanzas.

Los novios de la muerte fue una cuadrilla de mercenarios y delincuentes de varia nacionalidad, que actuaron como hombres de mano en el narco-golpe boliviano de 1980 a las órdenes del nazi Klaus Barbie. Entre ellos, un protagonista (famoso) de los hechos criminales de Montejurra 76 y un exlegionario del Tercio español, si no dos, que está refugiado en la Costa del Sol, qué casualidad, dedicado al coleccionismo de armas y a los homenajes patrióticos.

En todo caso, como demuestran los documentos gráficos que se conservan, al menos tres de aquellos delincuentes lucían en su uniforme insignias del Ejército español: Tropas nómadas y Goes (guerrilleros)... supongo que ese detalle no habría pasado inadvertido a la embajada española.

Las tropelías que aquellos novios cometieron en Bolivia lo fueron con la música de fondo y de carga del Soy el novio de la muerte, su himno oficial, berreado sobre todo en un famoso burdel que era su cuartel general.

Como he dicho somos muy libres de establecer las asociaciones que nos venga en gana cuando una noticia como la patriótica astracanada de los ministros entonando ese himno guerrero que, en tiempos, era muy de bar de trueno y de gente que, padeciendo el prurito militar, había eludido por listos, por familia, por apellido el servicio militar.

Soy el novio de la muerte no es una canción cualquiera. La cante quien la cante está mucho más asociada al Tercio de extranjeros, fundado por Liniers y Millán Astray, y a la Legión, y esta a las atrocidades cometidas en Asturias en 1934 y en la Guerra Civil, tanto en Andalucía o Extremadura, como en el norte, cuando llegaron, que en pretendidas misiones humanitarias de cuyo contenido nada que no sea publicitario sabemos, a la espera de que haya periodistas o cronistas de verdad independientes que sobre el terreno se informen y nos informen del qué y del cómo, al margen de las políticas engañosas del Gobierno.

Las heroicidades marroquís de La Bandera, la novela de Pierre Mac Orlan llevada de manera irreprochable al cine por Duvivier, quedan muy lejos. ¿Qué intereses defendían aquellos soldados que sufrieron lo indecible en el Rif? Por cierto, cuando se estrenó en Pamplona la película, el 3 o 4 de agosto de 1936, hubo bronca en el cine.

Ver a tres ministros de un país europeo, no confesional, berreando y sacando pecho en una mojiganga patriótica-religiosa en la que se mezclan churras con merinas, no es solo grotesco, sino también indignante, aunque esa indignación a nada conduzca. Cada vez son más los que aplauden o comparten este neomilitarismo autoritario, revuelto con brochazos religiosos a ser posible milagreros, convertido el conjunto en Tradición, es decir, en tabú. Esto, a mi modo de ver, dibuja un país que no ha roto con su pasado y que sobre los cimientos de una dictadura está edificando un régimen turbio. Con ese canto sale a relucir el verdadero rostro de un ministro de Justicia, de otro de Cultura, de otro de Interior... como si hiciera falta. No dejan pasar un día sin que sepamos quiénes son.

Y ese himno tenebroso, con no ser el oficial de la Legión, es ampliamente compartido de manera arrebatada por un paisanaje poco proclive a la reflexión independiente, laica, y al celo cívico, y sí a la chulería del matarife o del torero, empleada siempre contra un enemigo fraternal. Un paisanaje que necesita episodios épicos que tienen a algún enemigo real o ficticio como objetivo... otros también tienen los suyos. A cada cual su épica y sus himnos.

No quiero creerlo, pero voy viendo que cada vez son más las cosas que nos separan que las que nos unen, salvo que comulguemos con la doctrina gubernamental del día o vayamos en cuerda de presos... y sobre todo que respetemos en silencio reverencial las ideas y creencias del prójimo mientras este hace burlas de máscaras destrozonas con las nuestras.