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‘2001: Una odisea del espacio’, 50 años en el Olimpo del cine

La obra maestra de Stanley Kubrick revolucionó en 1968 el género de la ciencia ficción y la narrativa visual

Fernando Prieto Arellano - Lunes, 2 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Fotograma de '2001...'

Fotograma de '2001...'

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  • Fotograma de '2001...'
  • Un astronauta recorre los pasillos de la nave espacial en una escena de la película de Stanley Kubrick.

madrid- Para algunos es la más asombrosa epopeya metafísica de la historia del cine;para otros, quizá solo es un ejercicio de petulante narcisismo. Para todos, 2001: Una odisea del espacio es una obra fascinante, tan compleja y polisémica hoy como cuando se estrenó hace 50 años.

Solo un genial narcisista, un excéntrico manierista del cine, un autor, en toda la extensión de la palabra, como Stanley Kubrick (1928-1999), podía convertir en imágenes una historia tan compleja como esta, basada (con ciertas licencias) en el relato El centinela, de Arthur C. Clark, quien también fue coguionista junto al director.

Preestrenada el 2 de abril de 1968 en Washington y expuesta en salas en Nueva York un día después (según la web especializada IMDb) y galardonada con el Óscar a los mejores efectos visuales y 3 BAFTA (mejor fotografía, mejor sonido y mejor diseño de producción), 2001 conduce, en sus 143 minutos de duración, al espectador a una reflexión metafísica que arranca hace 4 millones de años.

En ese momento sucede El amanecer del hombre, como se titula la primera parte del filme, que se rodó, entre otros lugares, en el desierto de Tabernas en Almería (España) y en el Monument Valley, localizado en Utah y Arizona (Estados Unidos).

obra maestraYa es un icono de la historia del Séptimo Arte la secuencia en la que un grupo de homínidos descubre, en un desierto atizado por vientos furiosos, una piedra fascinante de color negro, con forma de paralelepípedo y perfectamente pulida.

Esos homínidos se acercan al monolito (cuyo significado profundo es otro de los grandes enigmas de la película y, tal vez, de la historia del cine) y lo contemplan con una mezcla de curiosidad y temor reverencial mientras el sol sale por encima y lo ilumina.

Aparentemente no ha ocurrido nada y, sin embargo, ha sucedido todo: el homínido, uno de ellos, descubre, casi sin darse cuenta, que un hueso (un fémur en concreto) es algo más que una cosa recubierta de carne que se roe hasta dejarla monda.

Un hueso se convierte de pronto en una herramienta para triturar, para machacar, para pulverizar. Y también para matar. Es un salto evolutivo gigantesco y dramático.

Y todo ello perfectamente subrayado por la música del poema sinfónico de Richard Strauss Así habló Zaratustra, a su vez obra capital del filósofo alemán Friedrich Nietzsche, cuyo planteamiento, basado en la evolución del mono al superhombre, con el hombre como nexo casi antagónico entre ambos, es un elemento sustantivo de este filme.

Por ello, ese homínido lanza al aire el hueso y sucede entonces lo que los críticos han llamado “la más grande elipsis narrativa de la historia del cine”, un salto de cuatro millones de años que nos lleva a 1999, a una nave que viaja de la Tierra a la Luna y hace escala en una estación espacial formada por dos gigantescas ruedas unidas por una especie de cilindro (otro de los inolvidables iconos de la película). Ahí se posa la nave en la que viaja el doctor Heywood Floyd (William Sylvester) tras una maniobra de aproximación convertida en una suerte de ballet cósmico con la música de El Danubio azul, de Johann Strauss.

Junto a otros científicos, el doctor Floyd baja a unas excavaciones en la superficie lunar donde se ha encontrado un monolito negro, perfectamente pulido y en forma de paralelepípedo. Al recibir los rayos del sol, el objeto comienza a emitir una señal acústica muy aguda que los aturde.

Dos años más tarde, en 2001, una expedición viaja a Júpiter integrada por cinco astronautas, tres en estado de hibernación y dos despiertos, y un supercomputador llamado HAL 9000, el tercer mito icónico del filme. Este aparato es el verdadero factotum de la expedición, y de él depende casi todo, incluso que el viaje tenga éxito o no. De hecho, su inteligencia es cada vez menos artificial y progresivamente más natural. Esa es la clave que quiere mostrarnos Kubrick: romper con la máquina y desprogramarla. Esto supone un enorme dilema, pues HAL 9000 implora que no lo desprogramen. Pero es necesario hacerlo para poder llegar a Júpiter, es decir, para alcanzar el estado de superhombre, un nuevo ser casi embrionario que nace al encuentro de la Tierra.

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