Homenaje a mi perrita Maru

David Arjol Echeverría - Lunes, 2 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:01h

No hay obituarios para vosotros, ni ritos fúnebres institucionalizados. No se exhiben vuestros cuerpos en un lugar seleccionado administrativamente, ni se celebra una misa. No tenéis cielo. Tampoco infierno;vuestras hechuras os lo impiden. La ética no os da cobertura: no hay regulación, ni debate, ni dilema. No hay reflexión en torno a eutanasia, analgesia o muerte digna. Hay, no obstante, cobijo en los corazones de muchas personas, pero no de todas. No en aquellas que en el tercer milenio de la historia occidental (no humana, cuidado) siguen defendiendo, al modo de una suerte de dualismo cartesiano mal entendido y mal ubicado, que vosotros no tenéis alma, sois meros autómatas desprovistos de sentimientos y razón.

Para algunos sólo movidos por instintos;para otros más avanzados, rozados de soslayo por el reduccionismo conductista, movidos también por la interacción entre vuestra maquinaria y el ambiente. Para alguno más ducho en biología, con genes, al fin y al cabo. Compuestos de cadenas de aminoácidos que trazan siluetas. El buen observador apreciará en ellas la lidia, si se fija en el toro;la agresividad, si se fija en un bull terrier;el pasotismo, si lo hace en un gato.

Historia occidental, adalid del método científico y la racionalidad. Pero ¿dónde estás? No en las ecociudades, último intento de conciliación de la urbe y la naturaleza. No allí, donde los lagos rezuman naturaleza muerta. O lo que es aún peor: momificada. Es cierto que esta fotografía no hace justicia a la realidad. Esta óptica ignora a todas aquellas personas que viven y conviven con animales, comparten con ellos sus vidas, armonizan sus distintas naturalezas y aprende el perro del humano y el humano del perro. Hay quien rehúsa autodenominarse dueño o si lo hace, matiza que es dueño del gato en la misma medida en que el gato es su dueño. Estas palabras, disfrazadas de crítica y reivindicación, no son sino un doble homenaje. Primero, un homenaje a todas aquellas personas que trepan por las enredaderas de su filogénesis y encuentran y participan de un conocimiento superior.

Hace unos días falleció uno de los astrofísicos más eminentes, para quien no éramos sino una raza de monos avanzada con la capacidad de comprender el universo. Confiemos en tener entre nuestras dotaciones, también, la capacidad de entendernos a nosotros mismos y a los que nos rodean. Pues como rezara Darwin: Aquel que entienda al babuino contribuirá a la metafísica más que John Locke. Segundo, y más importante, estas palabras son un homenaje a mi perrita Maru, quien murió unas horas antes que Hawking y a quien siempre llevaré en las entrañas de mi corazón.