Couso, Laura y Eduardo

Por Felipe Martín Marín - Lunes, 2 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:01h

estos últimos meses, con ocasión del centenario de la revolución soviética de 1917, han sido frecuentes los artículos y libros que reflexionaban sobre el histórico fracaso de esta revolución y de su hermana, la revolución china de 1949. Hay consenso en que una y otra se estrellaron contra un problema técnico-económico: el de la asignación de recursos en una economía sin propiedad privada de los medios de producción. Y hay bastante consenso en que las dos soluciones acometidas, la gestión hipercentralizada del espacio soviético y la autogestión con mecanismos de mercado tímidamente probada en China, en Yugoslavia y durante unos meses en Checoslovaquia, en realidad fracasaron por la misma razón: las élites fueron incapaces de tomar decisiones racionales en el ámbito económico por miedo a los cambios en el reparto de poder que se derivaban de esas decisiones. Lo que quizás nos lleva a la conclusión de que su contrario, el capitalismo, no es solo un sistema económico, sino también un sistema de resolución de conflictos, un sistema político basado en el dinero, la propiedad privada y el mercado. Tremendamente injusto, pero que funciona.

El fracaso de las revoluciones socialistas ha significado también el hundimiento bajo mínimos de la utopía como deseo de masas. Durante casi dos siglos y en diversas formas, la utopía socialista ha sido el aliento de las multitudes y ha producido enormes cambios políticos y sociales. Pero desde el último tercio del siglo XX esa “ausencia de deseo” nos ha sumido en un estado depresivo, cuando no ha propiciado sustitutos en la religión (fundamentalismo islámico), en la victimización de otros grupos sociales o en una exacerbación insana del sentimiento identitario.

¿Y qué tiene que ver ésto con la crisis de Podemos en Navarra? Su declive nos deprime. La izquierda radical fracasará si no es capaz de encontrar formas organizativas, de reparto de poder y toma de decisiones, que permitan encauzar el deseo y la voluntad de cambio. Quizás sea preferible ese fracaso ahora, que nos quita la esperanza del cambio, a la posibilidad de que un cataclismo histórico del capitalismo la lleve al poder. Porque su gestión será indudablemente ineficaz y muy probablemente una nueva pesadilla.

El reto de construir una sociedad nueva empieza ahora, construyendo modelos de organización sanos y eficaces en los espacios pequeños y concretos. En el tejido social y político. Para luego demostrar su eficacia en los ayuntamientos, en los parlamentos y en los gobiernos. No defiendo ningún tipo de gradualismo transformador. No es elección nuestra si se abre un periodo de reformas o vamos a vivir la temida crisis terminal del capitalismo. Lo que sea, que nos pille preparados.

Debo terminar devaluando el título: ni Carlos Couso, ni Laura Pérez, ni Eduardo Santos son responsables del fracaso de la revolución socialista. Tampoco de la crisis de Podemos como alternativa política. Es un fracaso colectivo de al menos centenares de personas en Navarra, decenas de miles en todo el Estado, entre las que me incluyo. Es un fracaso de todos. Pero a ellos, a Carlos, a Laura y a Eduardo, les toca ahora estar ahí, en un lugar privilegiado, atrapados quizás por circunstancias que no controlan. La primera de ellas, seguramente, su propia subjetividad. Pero con alguna posibilidad, quiero creer, de enderezar el rumbo. Vosotros podéis, nosotros no podemos. Dependemos de vosotros.