Música

Voz monteverdiana

Por Teobaldos - Miércoles, 4 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Concierto de Música Fiata Köln

Intérpretes: Música Fiata Köln, formación compuesta por Marie Luise Werneburg, soprano;Claudia Mende, violín;Detlef Reimers, trombón;Arno Schneider, órgano;Stephan Rath, tiorba;Roland Wilson, corneto y dirección. Programa: obras de Frescobaldi, Grandi, Picchi, Monteverdi, Buonamente, Castello, y Bertali (todos entre los siglos XVI -XVII). Programación: Festival Música Sacra del Ayuntamiento de Pamplona. Lugar: Iglesia de San Nicolás. Fecha: 27 de marzo de 2018. Público: lleno (gratis).

Seis solistas extraordinarios en la interpretación de la música antigua, que, bajo el nombre de Musica Fiata Köln, demuestran, además, una excelente conjunción en equilibrio sonoro entre los instrumentos, en tímbrica al servicio del estilo, en fraseo, y en convivencia con la voz. La soprano María Luisa Werneburg, en sus intervenciones, dio un recital refinadísimo de canto monteverdiano: ese recitativo arioso al que hay que saber sacar todo el dramatismo, la luminosidad y la esencia, sin que, todavía, haya demasiados recursos ornamentales a los que agarrarse. El famoso Pianto della Madonna fue impecable: de una voz límpida -que se abre a partir del ataque preciso de un punto de luz- surge el drama, porque, esa voz es clara y blanca, pero no débil, convence;estática por momentos, deslumbradora a ratos, de esplendor áureo o más cobrizo -dependiendo del texto-, infinitamente tierna, o más desgarradora, según la acción, dejó al público sin respirar. Y en los fragmentos más adornados -esos aleluyas regocijados de Alessandro Gandi- la soprano alemana los marca con puntual precisión.

La violinista Claudia Mende -con violín barroco, y arco corto y abombado- exhibe una afinación pulcra, sin vacilaciones, controlada al máximo;con un fraseo hermoso que no recurre al vibrato para enfatizar una sonoridad amplia, que se extiende por la nave sin problemas, con un sonido abierto, pero cubierto. A dúo con el corneto -teóricamente más descarado- y con el trombón, nunca quedó en minoría;entre otras cosas, porque estos dos instrumentistas, también, fueron soberbios. Roland Wilson, corneto, domina el instrumento para que se acomode al resto del grupo;le saca un sonido brillante, pero no chillón, no impone su presencia, aunque da poderío al resultado final del conjunto;maleable, y capaz de reducir o aumentar su esplendor, su sonoridad nos parece nueva y como inventada para esta tarde: entre un oboe y una comedida trompeta. De espectaculares podemos calificar las intervenciones del trombón barroco de varas de Detlef Reimens: rara vez se escucha el solo tan magnífico de este instrumento;fue en la sonata de Castello: a la redondez del sonido que solemos escuchar a los trombones convencionales, aquí se une una exquisita claridad, una ligereza extraordinaria, aportada a las agilidades exigidas por el compositor. La tiorba, esa guitarra tan exagerada -comentario de un espectador-, que, sin embargo, suele pasar desapercibida, en el concierto que nos ocupa, se escuchó siempre perfectamente, con su nítida pulsión que especifica, un poco más, el acompañamiento. Stephan Rath, le saca un sonido amplio, ayudado por la acústica de la iglesia, siempre notamos su presencia. Y, el órgano positivo de Arno Schneider, absolutamente fundamental: con el registro adecuado para aportar el apoyo de bajo continuo indispensable;pero con la discreción de no embarrar el resultado. Un gran concierto.