Ya falta menos

Estafeta... adoquines de oro

Por Tim Pinks - Miércoles, 4 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:01h

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El cuatro del cuatro ya está sobre nosotros, y la fiesta-tsunami en que se convierte San Fermín va escalando poco a poco. Ahora es abril (aunque Londres luce más como en invierno.... ¡¿dónde está la primavera?!) la larga espera va llegando a su fin, y la cuenta atrás se acelera.

Y después de la extraordinaria fiesta que Pamplona siempre ofrece a los afortunados que vamos todos los años, San Fermín se queda en mi mente. Una vez regresé a casa en Londres (a finales de los años 80 o principios de los 90) y de vuelta a mi cama después de tres semanas en San Sebastián, Pamplona y San Sebastián otra vez, tuve un sueño de lo más extraño. Pero fue muy real, así que perdonadme si, por una vez, hablo de mí mismo en este artículo en vez de vosotros, la increíble gente y la maravillosa ciudad que es Pamplona.

Nunca he sido muy buen corredor, pero he tenido mis momentos. Y en esa primera noche de hogar dulce hogar tuve un sueño... Estaba en la carrera perfecta, y mientras corría el tramo de Telefónica llegando al callejón, el toro que corría junto a mí comenzó a hablarme. No recuerdo si en inglés, español o tauriñol, pero nos entendíamos. “Por qué tengo que hacer esto?” me preguntó. “No quiero morir, pero sé que es mi destino”. “No lo sé”, repliqué. “Las cosas simplemente son como son”. “¿Podrías salvarme?” preguntó el toro. “No”, dije, “Me gustaría, pero no soy más que un guiri aquí, no tengo influencia”. Y corrimos juntos sobre la arena de la plaza. “Adiós”, me dijo el toro. “Adiós y buena suerte, maestoro”, repliqué.

Décadas después y en un milenio diferente, escribí una pequeña historia sobre ese toro y sus hermanos de sangre que fueron elegidos para correr, luchar, y morir en una ciudad mágica llamada Pamplona. Iruña. No tuvieron elección, pero nosotros los humanos la tenemos. Somos increíblemente afortunados, como extranjeros capaces de experimentar una fiesta sin igual en una ciudad impecable, o como vecinos de esta ciudad. PMV... Pamplona for the Majority of our lives... qué suerte tenemos. En Pamplona, no solo en julio sino en cualquier época, la magia se convierte en realidad y podemos vivir nuestros sueños. A veces pienso que Navarra podría ser rebautizada como Nirvana. Es tan buena...

Un amigo (amigo de todo el mundo) Carmelo de la Casa del Libro en el bulevar de los sueños despiertos que es la Estafeta, a menudo colgaba imágenes de la ciudad cuando se iba a trabajar temprano. Y las calles, especialmente Estafeta, parecían relucir como el oro. Quizás eran esos adoquines... son oro en la lluvia y relucen con el brillo del sol.

Quizá es la lluvia. El Casco Viejo y Estafeta son como ese famoso cuadro, El Bulevar de los sueños rotos. Excepto que esta es la más viva y viviente calle sobre la que he caminado, bailado y corrido. Los sueños están vivos en Pamplona, y los he vivido todos. Y quedan más por venir... espero.

Hoy es cuatro del cuatro y la fiesta de san Fermín pronto caerá sobre nosotros. El paraíso existe sobre la tierra, y está en Pamplona. Qué ciudad, qué gran gente y qué fantástica fiesta. ¡Viva San Fermín! Gora San Fermín! Y ya no puedo esperar y ya falta menos...