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Música

Caligrafías en cuerpo y flauta

Por Teobaldos - Jueves, 5 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:02h

‘amaterasu’

Espectáculo: Amaterasu, mito, música y danza en tres movimientos. Música: Takemitzu, Fukusima y Taira. Intérpretes: Roberto Casado, flautas;Carmen Larraz, danza;Aya Yasuno, caligrafía japonesa;Alicia Garaialde, audiovisuales. Programación: Ciclo Miradas Contemporáneas del Ayuntamiento de Pamplona. Lugar: Civivox San Jorge. Fecha: 28 de marzo de 2018. Público: un centenar (gratis).

Sobre el escenario, una mesa con varias flautas traveseras: desde el píccolo o flautín a la flauta contrabajo -extraño artilugio retorcido, con amplio taladro y llaves adicionales que amplían la tesitura por abajo-, pasando por las convencionales Boehmde diversa afinación. En el otro extremo, unos tinteros, pinceles, papeles de gruesa textura, y otros instrumentos necesarios para caligrafía;todo ordenado con una sutileza que preconiza un espectáculo distinto. El comienzo lo marca el flautín: música de tradición japonesa que nos sitúa en el sonido de la naturaleza, de pájaros, de viento lejano, de evocación ancestral. A partir de ahí, Roberto Casado va a pechar con una hora y pico de ejecución de unas partituras que mezclan esos sonidos arrancados a la naturaleza, con otros más industriales y urbanitas, y muchos efectos especiales añadidos a los sonidos habituales de las flautas, como aire, quejidos, turbulentas vibraciones, incluso gritos vocales, todo al servicio de una historia mitológica japonesa, danzada, caligrafiada, y con detalles audiovisuales, que narra las desventuras de Amaterasu -diosa del sol-, y su malvado oponente Suzanoo.

La propuesta, en tres partes, tiene un arranque visual, nada convencional, en la caligrafía de Aya Yasuno, hecha de un solo trazo, rotunda, firme, sin vacilación, con terminaciones abiertas, de perfecta simetría sobre el papel;y, a la vez, extremadamente delicada. Y, es muy poderosa en la salida de la bailarina Carmen Larraz, que traslada todas esas cualidades de la escritura a su cuerpo. Larraz, cuya base dancística es absolutamente ecléctica, asimila muy bien esos trazos de danza japonesa que hemos visto en los grandes maestros, y hace creíble esa línea de danza en la que a la sutileza y austeridad de dibujos, se une una rotunda simetría, cuadrada y, a veces esquinada, con una música que, también, contrapone lo violento a lo más lírico, como los estados de ánimo de la protagonista. Larraz asombra con los plantes sobre un pié: son seguros, sin vacilación, sin tener que corregir nunca el eje;y con un movimiento de brazos variado, que extienden esa figura. En la segunda parte -siempre a las órdenes de la flauta y la caligrafía-, Larraz interactúa, a modo de espejo, con el audiovisual previamente grabado;es el tramo más intimista y melancólico, de luz oscura, de caverna. En el tramo final, Larraz juega con el pelo suelto, vestida ya de blanco, con pasos en los que compromete hasta al flautista. Como va dicho, es una propuesta original, sutil y distinta;y nada fácil de asimilar por los espectadores: las músicas de Takemitsu, Fukusima y Taira no son muy melodiosas precisamente;y, en el tramo final, quizás, esperábamos una conclusión un poco más espectacular;en el vestuario, por ejemplo, que podría haber ido a algo más vistoso, más japonés. Pero, sin duda, los intérpretes has respetado esa línea, pura y dura, de una tradición, oriental, que vamos descubriendo poco a poco.

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