Can, aún queda tela por cortar

Por Carlos Andrés Uranga - Domingo, 8 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:02h

el empirismo es aquel método que busca conocer la verdad a través de la experiencia y de la observación objetiva de los hechos. En su comparecencia el 19 de febrero de 2013, Enrique Goñi, exdirector general de Can, afirmaba que “la caja está ahí, sigue existiendo”. Una simple observación empírica de la realidad nos permite ver que no existe ninguna licencia bancaria a nombre de la Can, no se pueden depositar ahorros en ella ni tampoco suscribir un préstamo. No existe. O bien miente deliberadamente, o bien piensa, honestamente, que los elementos que aún sobreviven al naufragio, véase la Fundación Caja Navarra y el exiguo 1% de acciones de CaixaBank, conforman una entidad de crédito. Nada más lejos de la realidad.

En el descargo de más de cinco horas que hizo en el Parlamento de Navarra, el ejecutivo se mostraba satisfecho con su gestión, pues la Can había llegado a su destino, “estaba integrada en el mejor banco posible”. A su parecer, el mérito residía en haber sido absorbidos por CaixaBank. El trabajo de un gestor nunca ha consistido en ser comprado a precio de derribo.

La dirección de un banco guarda mucho parecido con la navegación de un buque. Tenemos capitán y tripulantes, un golpe de timón no cambiará nuestro trayecto inmediatamente, y una frenada repentina no hará que el barco se detenga hasta pasadas unas millas. Es decir, requiere anticiparse. Al zarpar se deben prever las condiciones atmosféricas que nos acompañarán durante el viaje. Ciertamente no se puede culpar a la dirección de Can de la tormenta regulatoria que arreció entre 2010 y 2012, pero sí son responsables de haber decidido salir a navegar cuando los nubarrones presagiaban que la calma chicha de principios de década estaba a punto de acabarse.

Aquella comisión de 2013, así como diversas organizaciones sociales, han realizado un gran esfuerzo por aclarar lo ocurrido. Si bien los regalos, viajes y dietas injustificadas deben ser conocidos por la sociedad, no nos ayudarán a comprender por qué ya no tenemos caja. Estos dispendios en viajes en helicópteros y relojes, si bien llaman la atención por escandalosos, no son más que rasguños en la proa del barco. El iceberg que hundió la Can es otro.

Conocer lo ocurrido requiere realizar las preguntas adecuadas. Distinguir cuáles son las preguntas necesarias y cuáles las accesorias, qué preguntas permiten a los responsables irse por las ramas y cuáles dejan su gestión al descubierto. Estas preguntas no despiertan tanto morbo como otras oídas anteriormente, y pueden desorientar al lector, pero son las que deben guiar cualquier trabajo futuro de investigación.

Sin ser exhaustivos, será fundamental descubrir si existían otras alternativas al SIP (Sistema Institucional de Protección o “fusión fría”) que no implicaran el reconocimiento a valor razonable de los activos, al ser en este caso la Can la que se identifica como entidad adquirida, y por tanto la obligada a poner el balance a valor razonable. ¿Acaso la no articulación de un SIP podía haber evitado aquel primer ajuste contra reservas, que destruyó más de la mitad del capital de la Can?

A la hora de calcular estos ajustes, es vital saber si en la puesta a valor razonable hubo una segmentación por origen de las carteras o si se realizó de manera global y luego se distribuyeron las necesidades de provisiones según el porcentaje de participación, algo que sería perjudicial para la Can. Más aún, ¿se segmentaron las variables macro (PIB, desempleo) y de riesgo (PD, EAD, LGD) por geografías o se aplicaron datos macro españoles al conjunto de Banca Cívica?

Sobre la posibilidad de haber seguido en solitario, sabemos que el RDL 11/2010 incentivaba la transformación de cajas en bancos, ¿pero por qué hubo que hacerlo con las más feas del baile? ¿Se pudo seguir en solitario? ¿Qué ahorros de provisiones se hubieran producido en este caso, al haber seguido con el modelo contable de pérdida incurrida y no pasar al de pérdida esperada, propio de las fusiones y mucho más agresivo?

Incluso tras haber salido a Bolsa, ¿la entrada del FROB hubiera conseguido congelar el descenso en el precio de cotización, al no ser acciones en circulación? Esto es muy relevante en el caso de la Can, ya que al registrarse la participación en Banca Cívica como una entidad asociada, el descenso en la cotización del 43% pudo suponer una evidencia de deterioro e impactar en solvencia.

Estas y no otras son las preguntas que deban hacerse. Las que permanecen sin contestar. Lo que buscan es averiguar si se produjo una transferencia masiva de rentas desde ahorradores navarros (cristalizadas durante décadas en las reservas de la Can) hacia activos problemáticos en regiones más castigadas por la crisis, como Andalucía o Canarias.

La historia del hundimiento de la Can está formada por un conjunto de decisiones que, si bien podrían ser coherentes a nivel individual, globalmente han demostrado ser un desastre.

Todavía queda mucha tela por cortar. Ahora vuelve a reanudarse aquella comisión inacabada en 2015 por falta de tiempo, recursos y voluntad política. A diferencia de aquella, ahora los comparecientes están obligados a decir la verdad. La sociedad navarra merece una respuesta. El autor es auditor de entidades de crédito