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Republicanismo

Fuego amigo

Por Santiago Cervera - Domingo, 8 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:01h

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Cristina Cifuentes puede caer mejor o peor, pero lo que es bastante evidente es que ha intentado tener algo de estilo propio. En ocasiones ha dicho que se sentía republicana, proclamaba agnosticismo y puso patas arriba el congreso del PP de 2012 cuando intentó meter en las ponencias el reconocimiento al matrimonio homosexual. En ella hay dos cosas que no son muy comunes. Una, que no necesita de los argumentarios que manda el partido para hablar de política. Esto de los argumentarios es la auténtica peste intelectual que corroe el desempeño de miles de cargos públicos en nuestro país, que esperan lo que les llegue por la mañana a su correo electrónico para poder hablar. El mejor diputado es el que se mimetice en loro, y el que más argumentarios difunda en tertulias más probabilidades tendrá de repetir en la lista. Cifuentes no. Es capaz de pensar las cosas que dice, y hasta se le ha visto arriesgar en medio del vocerío estableciendo diferencias entre lo que es criterio de partido y criterio propio. La segunda peculiaridad que tiene es que le gusta comunicarse en las redes, el ágora de hoy, frente a ese estereotipo de político cortito -imaginen un Floriano cualquiera- que no ve más allá de la moqueta que pisa. Una persona que trabaja con ella me animó a escribirle para contarle un asunto de interés local, “hazlo, siempre contesta”. Y era verdad. Otros se instalan en la idea de que haber sido elegidos para cualquier cosa les pone en un plano diferente y son los que deciden quién merece sus respuestas, como los monarcas. Desde los tiempos de Esperanza Aguirre, Madrid es un espacio político que se asemeja a un teatrillo, en el que todos los días hay que montar una función. A aquella lideresa le daba igual ponerse un casco de bombero, arrancar una Harley, tomar un capote o montar en globo, todo por la foto. Esa impregnación de payasería todavía persiste, y quienes le han sucedido parecen obligados a ejercer de malos actores en la representación mediática que cada día levanta el telón. Tal vez Cifuentes hubiera querido un trabajo menos expuesto y escénicamente más comedido, pero Madrid es lo que tiene.

La universidad esa tendrá que explicar cómo ha sido capaz de otorgar titulaciones de las que no constan documentos, y después habrá que ver si la alumna buscó para sí un beneficio curricular de manera artera. Pocos creen que Cifuentes llegue siquiera al 2 de mayo, fiesta de la Comunidad. Pero lo que no debiera pasar es que mientras se produce el lanceo, dejemos de preguntar cuál es la causa última de la lidia. La labor de los medios de comunicación publicando abusos e ilegalidades es esencial y ha de ser defendida a toda costa. Pero en este asunto es inverosímil que quienes han destapado la historia del master (eldiario.es y elconfidencial.com, especialmente el primero) hayan actuado porque un día se les ocurrió revisar las titulaciones de los cargos públicos y cotejar certificados. Esto no funciona así, y menos en este caso. En el momento en el que salió la primera información estábamos, claramente, ante eso que vengo en llamar periodismo de receptación, el dossier que construyen los enemigos políticos de alguien y que se confía a un medio para que lo saque del tupper y lo meta en el microondas. Luego se tira del hilo y se completa el caso, pero en inicio lo que hay es no otra cosa que una vendetta. De manera que probablemente hayan hecho caer a Cifuentes, y algunos dirán que es higiene democrática. El día que ocurra el óbito un Granados cualquiera se beberá un guisquito y pensará que todo ha sido más fácil de lo que parecía. Se le llama a esto fuego amigo, pero de amistoso no tiene nada. Son represalias propias de ese madrileñismo que tardará en sanear.

La reflexión final tiene que ver con cuánto vale un máster en la vida de un político. Parece como si algunos necesitaran que un tercero acreditara la sapiencia de los próceres. Esta semana, el gran Maroto tuvo que quitar de la web del PP un texto que él mismo había escrito en el que declaraba título, lo que en realidad era un cursillito de un día por mes. Hay políticos que mandan mucho o se eternizan en los puestos y que jamás han sido capaces de escribir siquiera un artículo en el periódico de su pueblo, auténticos analfabetos funcionales. Eso sí que es un carácter curricular, y no la estampilla que te ponga un rector.