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El rincón del paseante

De calores, besos y ladrones

Por Patricio Martínez de Udobro - Domingo, 8 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:02h

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Hola personas, esta semana post-santa el paseo tuvo lugar el jueves. Salí contento y ligero de ropa, fuera guantes, fuera bufandas, fuera bragas y tabardos, después del invierno frío y húmedo que hemos soportado, la noche primaveral del jueves me parecía caribeña, a mí y a miles de personas a juzgar por cómo se encontraba de concurrida la ciudad. Estaba todo lleno, una mesnada de, más o menos, 200 adolescentes se dirigía en tropel por la plaza de toros en dirección Escolapios, no sé a dónde irían, pero eran ruidosos como ellos solos. Sin duda las vacaciones escolares y los 14 centígrados que la noche, orgullosa, enarbolaba, eran motivos más que suficientes para semejante animación urbana. Bajé la cuesta de Labrit para llegar a la plaza del Arzobispado, oficialmente de Santa María la Real, la hierba recién segada perfumaba de heno el ambiente y un autillo ponía música al sueño reparador de los ancianos curas que descansan en su retiro del Buen Pastor.

He tomado la Ronda del Obispo Barbazán, paseo solitario donde los haya, y también allí había gente, dos amantes apoyados contra la pared del Palacio Arzobispal cumplían el mandato divino y se amaban el uno a la otra y la otra al uno y se decían cosas de boca a boca que solo ellos oían en su interior. Más adelante, a la altura de una de las garitas de sillería que jalonan el paseo y en las que yo de niño no podía dejar de entrar a pesar del olor nauseabundo que siempre destilaban y me veía soldado imperial defendiendo a Pamplona de invasores, se encontraba una cuadrilla de cinco zangolotinos empapados en cerveza y planeando-soñando sus vacaciones estivales. “Podíamos ir a Cádiz tíos, Cádiz es la caña tíos”, decía uno. “Guapamente”, argumentaba, locuaz, otro.

Bajé la pequeña cuesta que indica que salimos de terreno del Arzobispo para entrar en terreno catedralicio. Tras los primeros muros se encuentra una de las partes más interesantes y más desconocidas de la Catedral, la capilla de San Jesucristo, único resto románico que queda del antiguo templo que se derrumbó en 1390 y sobre el que se construyó el actual gótico con la promoción de Carlos III el Noble y de su hija Blanca. Sobre ella se ven unos grandes balcones en cuyas dependencias tenía el estudio el gran pintor murchantino Jesús Basiano Martínez. Sigo mi paseo y paso tras el impresionante ábside de la capilla Barbazana, a poco se encuentra enseñoreada en el muro y a unos 4 metros de altura la inmensa reja que protege la sacristía rococó de los canónigos.

En este punto vamos a hacer un alto para contar uno de los sucesos más chuscos de la historia de Pamplona, el mismo sería motivo de risa si no fuese por el daño que sufrió el patrimonio de todos: el robo del Tesoro de la Catedral que se perpetró la noche del 10 de agosto de 1935.

La noche anterior, dos individuos robaron una escalera de una obra y el más joven la llevó al pie de la muralla. Su cómplice, desde lo alto, le lanzó una cuerda con la que izaron la escala que, colocándola al pie de la reja, les sirvió para llegar a su objetivo y serrar uno de los barrotes por la parte superior de éste, dejándolo, aparentemente, tal y como estaba. Escondieron la escalera en unos matorrales cercanos y se fueron para volver la noche siguiente a rematar la faena. Así lo hicieron. Volvieron a encaramarse, doblaron el barrote previamente serrado, violentaron el cristal y armados de pistola y linterna entraron en la sacristía, la cámara que protegía el tesoro les ofreció más resistencia de la esperada, pero la suerte se puso de su lado y en un cajón de los correspondientes a los canónigos, concretamente en el del señor Eleta, encontraron la llave, entraron y estuvieron a sus anchas eligiendo lo mejor, el Lignum crucis, las coronas de la Virgen y el Niño y las mejores joyas que allí se encontraban, entre ellas la más importante: la arqueta hispano-árabe del siglo XI que hoy podemos admirar en el Museo de Navarra. Se encontraban tan seguros que aun se entretuvieron comiéndose unas pastas que allí encontraron y bebiéndose el vino de consagrar. Cuando salieron, uno de ellos llevaba en un saco las joyas y el otro, envuelta en una camisa, se llevó la arqueta, huyendo ambos en direcciones opuestas.

Por la mañana unos monaguillos encontraron el desaguisado y dieron la voz de alarma. La noticia corrió como la pólvora y la ciudad quedó consternada. La policía trabajaba con la hipótesis de un robo internacional organizado por un mexicano llamado José Oviedo de la Mota, mercader de obras de arte y que había pasado una temporada en Pamplona interesándose sobremanera por las piezas que albergaba nuestro primer templo. Sin embargo no hacía falta ir tan lejos. La casualidad hizo que la policía, en un corto espacio de tiempo, diese con parte del tesoro escondido en los tiestos y jardineras de un piso de la calle Arrieta esquina con Olite habitado por un industrial de relojería pamplonés propietario de una pequeña tienda frente al pasadizo de la Jacoba, en la calle Zapatería. El tesoro estaba maltrecho. Su mujer y su suegra, cómplices, habían roto cruces y coronas para fundir el oro y vender la piedras. Faltaba la arqueta, ésta apareció a los 28 días enterrada en Berrioplano.

Los ejecutores y el organizador fueron al talego,. Este último no tuvo ni juicio ya que falleció en la cárcel de Pamplona en el mes de junio siguiente.

En este punto he de poner el cartel de continuará, ya que mi espacio no da para más.

La semana siguiente seguiré.

Besos pa’tos.

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