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Montes, mares, pueblos y gentes

Pirineos;macizo del Vignemale

por Juan L. Erce Eguaras - Sábado, 14 de Abril de 2018 - Actualizado a las 09:50h

Escribir sobre el macizo del Vignemale y sus puntas escabrosas es no sólo rememorar una naturaleza salvaje, indómita, sino también recordar la historia del montañismo. Por eso, en primer lugar quisiera citar al conde Henry Russell, el aristócrata viajero considerado excéntrico por enamorarse y alquilar por 99 esa montaña, el máximo tiempo que permitía la ley. Hizo cavar unas grutas para habitarlas cuando el periodo estival permitiera hacerlo, dos de ellas casi en la cima, sobre el glaciar, en la base del roquedo más alta del macizo: la Pique Longue, que se eleva sobre los 3.288 metros. Llevó incluso gallinas, aunque no creo que pusieran muchos huevos;telares hindúes, y saboreaba con flema solo o en compañía sus puros y otros placeres en medio de una naturaleza entonces virgen a esas altitudes. Gustaba ver la puesta de sol y contemplar los precipicios terribles, neveros, los mares de nubes y las tormentas que se cernían sobre su cabeza, pues pasaba allí largas temporadas. Le llamaban el Rey del Vignemale.

Yo pude visitar sus habitáculos agrestes y comprobar la veracidad de paredes vertiginosas, glaciares agrietados, moles imponentes y la belleza indescriptible de aquellos parajes que he hollado también en la más absoluta soledad, hace años, cuando aún el retroceso de los neveros no era tan severo como ahora. Es una montaña, o mejor conjunto de puntas que desafían al cielo, que he podido ver, subir, gozar con calma, maravillarme ante semejante caos geológico, para tener una idea de lo qué el monstruo representa. Contemplé su cara norte vertical, de casi mil metros, desde el refugio des Oulettes;ascendí por el glaciar d’Ossue, tras pasar por la presa que allí se ubica, en fin, sentí la soledad impresionante y el silencio profundo que impera en la cumbre un día cualquiera que no es frecuentada.

Escribir de Vignemale es recordar la naturaleza salvaje y la historia del montañismo

En otra ocasión remonté desde el lado español, por el valle de Bujaruelo, y pasé allí dos noches, una al raso, con Jordi, un amigo catalán que conocí;y otra en una borda de pastores, sin puerta. De esta última tengo un recuerdo gracioso, al menos ahora me lo parece. Andaba escaso de provisiones, ya que sólo me quedaban unas tostadas de pan duro y unos frutos secos. Al lado, junto a mi cabaña y el arroyo, el pastor freía huevos con chorizo y a mí se me hizo la boca agua, pues llegaba la estela aromática hasta mis narices, pero no pude atreverme a pedirle nada. Quizá fui tonto, pero el hombre tenía que pasar allí todo el verano y le subían los víveres en helicóptero, por lo que me dio reparo. Amaneció, superado el trauma, y ya cerca del puente de los Navarros, en un camping, me desquité con un enorme bocadillo de lomo con pimientos.

Otra de las historias que hay que mencionar, esta no es mía, es una de las primeras ascensiones al Vignemale, allí por el año 1838, la del guía Cazaux, quien llevó a lady Lister hasta la cima por el circo de Labaza, trepando por el collado nada fácil que lleva el nombre de la dama. Cuatro días más tarde, el príncipe de la Moscota y su hermano seguían sus pasos. Así que poco a poco la montaña se fue llenando de nobles extranjeros ociosos que buscaban nuevos parajes y gestas que anotarse en su agenda particular, como ha quedado reflejado en las crónicas montañeras. Pero el que se llevó la palma es Russell, quien, aunque un poco más tarde, se hizo adicto a la montaña. Y no es para menos, porque la mole de piedra y hielo ha quedado también en mi memoria y ha entrado en mi ser de forma contundente y definitiva. Y por ello comprendo a Russell.

Antes de visitar el macizo ya lo había contemplado desde los picos del Infierno y aquel día me dije: tengo que ir allí, porque su imagen era espectacular. Hoy, esos muros naturales me siguen pareciendo mucho más que milenarios, ancestros de piedra, amasijo de eternidad…

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