Sebas Yerri Retrato de un suicida

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Domingo, 15 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Él siempre llegaba antes que yo a los sitios. Siempre era igual. Y no es que yo fuera impuntual. Nada de eso. Nunca he llegado tarde a ningún lado. Se adelantaba él. Quería ser el que espera, supongo. Le gustaba ese momento de la espera. El tiempo anterior al encuentro. Al llegar, yo siempre tenía la sensación de que llevaba mucho tiempo allí. Abismado y solo. No podía evitar verlo como a alguien muy solo. Y de alguna manera eso me fascinaba, supongo. Hasta la ropa que llevaba le añadía soledad: aquellos largos abrigos, aquellas chaquetas y bufandas. Estoy hablando de cuando teníamos diecinueve o veinte años. Siempre tenía frío, incluso en verano. Y siempre estaba disponible para salir. Bastaba una llamada. A cualquier hora. Daba la impresión de que nada ni nadie le retenía. Solíamos andar por las calles hasta la madrugada. Y al final él siempre me acompañaba a casa y se volvía solo. Luego, a la mañana siguiente, me contaba que había estado toda la noche deambulando por las calles vacías. No quiero dar una imagen adornada de él. Quiero que la descripción sea lo más desapasionada posible. Lo que quiero es volver a verlo con la mayor nitidez. Sencillamente eso. Juntar unos cuantos fragmentos. Y luego dejarlo ahí.

Sébastien Yerri Falvet (Syf). Ese era su nombre. Syf era el acrónimo con el que desde muy joven empezó a firmar sus textos y dibujos. Ahora está muerto. Murió el mes pasado, el 18 de agosto. En un incendio. Empiezo a escribir esto el 22 de septiembre de 2011. Si viviera, tendría cincuenta y dos años. Los mismos que tengo yo. Un día nos encontramos por casualidad. No habíamos quedado. Nos encontramos por la mañana en El cenáculo de los hidrópatas, una librería de la parte vieja que ambos frecuentábamos. Era septiembre, igual que ahora. Una mañana lluviosa y gris. Todavía no había empezado el curso. Él iba a estudiar Psicología en Donosti. Yo estudiaba Ciencias de la Información en Pamplona. Estuvimos mirando libros durante bastante rato. Luego salimos juntos, pedimos un bocadillo en un bar y nos sentamos en la plaza. Por la tarde anduvimos dando vueltas sin rumbo hasta que nos fuimos alejando del centro y llegamos a la estación. Entonces, nos miramos a los ojos y nos colamos en un tren. Teníamos veinte años, era 1979. Llegamos a la frontera, cruzamos la aduana y fuimos andando hasta la estación de Hendaya. Nos habíamos conocido unos dos años atrás. No me extrañó verlo acercarse a la ventanilla y comprar los billetes. Siempre llevaba dinero, luego explicaré eso. Recuerdo que se volvió a mirarme y me encogí de hombros, sin más. ¿Qué iba a hacer? Llegamos a París al amanecer. Subimos caminando desde la Gare d’Austerlitz por la orilla del río con las manos en los bolsillos. La mañana gris de un día laborable con un poco de lluvia en la cara. De pronto, descubrimos con asombro la trasera de Notre-Dame, sin color. Después desayunamos café y cruasanes en un bar llamado Conti. Acababan de abrir. Estaba casi vacío. Nos sentamos en una mesa junto a la ventana y estuvimos un buen rato viendo pasar a la gente que iba al trabajo. Me gusta ver pasar a la gente, dijo él. El día estaba empezando. No teníamos planes. Tampoco miedo. No pensábamos que nada pudiera salir mal.

Pero todo acaba saliendo mal tarde o temprano. Porque ya no es solo la muerte como tal. Es algo anterior. Ese oscuro conflicto latente que aletea ahí detrás. El núcleo de decepción que hay en todo. La cuota de fracaso que anida en todo. Hasta en los más encantadores logros. Hasta en los aparentes grandes éxitos. Crees haber alcanzado lo que deseabas, crees que al fin lo tienes. Y en realidad es así, ¿no es cierto? Eso es al menos lo que parece. Y sin embargo, no dura. No es nada. Es solo el inicio de otra cosa. Ni siquiera entonces lo ignorabas. Ni a los veinte años lo ignorabas. De hecho, estás convencido de que eso es algo que nadie ignora. Algo que se sabe desde siempre. Una experiencia que se adquiere a una edad muy temprana. Como la experiencia de la mentira. Como la experiencia de la separación. Como la experiencia del dolor. Los seres humanos aprenden a mentir hacia los dos años de edad. Tal vez suene escandaloso, pero es así. Los más inteligentes lo hacen antes. Aprenden a servirse de la mentira sencillamente porque comprueban su utilidad. Y eso es imborrable. Eso ya no se olvida. No se puede corregir. Como aprenden que el dolor está y estará siempre ahí. Bajo cualquiera de sus nombres. Frustración, miedo, abandono. Sebas tenía una hermana mayor que él: Hélène. Y un hermano más pequeño: Xalba. Su madre los abandonó cuando tenían nueve, siete y seis años respectivamente. La experiencia de la mentira, la experiencia de la separación, la experiencia del dolor y también, naturalmente, la experiencia del fracaso y de la muerte se adquieren a edades muy tempranas y son definitivas: son abrumadoras e inapelables. Se puede vivir con ellas y por supuesto es lo que hay que hacer. Lo que todos hacemos. No queda otro remedio. Pero no es bueno pretender ignorarlas o fingir que no tienen importancia.

Algunas cosas las ves o las oyes por primera vez y es como si las conocieras desde siempre. Como si las supieras. Como si hubieran estado ahí ocultas desde mucho tiempo atrás emitiendo una oscura radiación. Yo sabía que Sebas moriría así. Es duro decirlo (y ahora mismo no sé si debería hacerlo), pero lo cierto es que su muerte no me sorprendió en absoluto. La esperaba. Una vez me dijo que había tenido un sueño. Había soñado con una casa solitaria en medio de un enorme páramo, en la nada. La casa estaba ardiendo. De pronto se ponía a nevar y la nieve reducía poco a poco el fuego hasta apagarlo por completo. Eso era todo. Un sueño poético, una metáfora de algo que sugiere cierta grandeza. Supongo que no significaba nada porque, de hecho, nada significa nada. Pero si lo menciono es precisamente porque, a pesar de las apariencias, el incendio no tuvo en realidad nada que ver con su muerte. Sebas se suicidó con pastillas y alcohol. Muchas pastillas y mucho alcohol. El fuego, al parecer, se originó después. De un modo dudosamente accidental. Es posible que fuera por una vela. Encontraron velas. Aunque también es posible que fuera por un cigarrillo, los fumaba sin parar. La cuestión es que el fuego solo fue un adorno. La cuestión es que ni siquiera el azar portentoso de que se hubiera puesto a nevar en Sicilia en pleno mes de agosto le habría salvado. - D.N.