Y tiro porque me toca

El país de malabar

Por Miguel Sánchez-Ostiz - Domingo, 15 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:01h

entre el nadie es lo que parece y el colgarse medallas para ser alguien, se ha puesto en escena una nueva astracanada nacional. Los currículums se hacen ridículumsen cuanto alguien mueve el manzano de las manzanas podridas o mira debajo de la alfombra del salón de los donfiguras de la cosa pública. Desparpajo e impunidad, y esa satisfacción que siente que baila con destreza en el baile de los tramposos.

El asunto viene de lejos y no solo la tropa pepera ha hecho uso de ese deporte del ser más o del ser alguien echando mano de títulos que ni posee ni ha estudiado. Lo primero, la fachenda, acoquinar al público, dejarlo boquiabierto, fungir del docto que no eres, cuco o pillo sí, pero honrado no, y preparado menos -y no solo porque esto salta a la vista un día y otro también-, porque para qué, si para ellos es escena y solo escena, y lo único que cuenta es llenar la sala y los beneficios que con ello se obtengan, en votos o en aplausos. La veracidad de lo exhibido es lo de menos, en ese y en otros terrenos. Todo vale. Eso se viene mostrando desde hace mucho, demasiado para que no haya dejado huella. Vale mostrarse engalanado con méritos imaginarios y vale prometer lo que se sabe que no se va a cumplir y vale retorcer las leyes hasta que se pueda conseguir lo que se pretende de manera ideológica, como sucede con el nuevo delito de terrorismo. No importan los hechos, tampoco mucho el sentido estricto de las normas legales, lo que cuenta es lo que se quiere obtener, sin olvidar que en este y en otros terrenos, unos pueden hacer lo que les viene en gana y otros no. Malabarismos judiciales.

En el caso de Alsasua, lo que se ha hecho público de lo actuado hasta ahora invita a pensar que se quieren obtener condenas ejemplares que sirvan de aviso y de escarmiento, no solo a los muchachos ya encarcelados, sino a la ciudadanía, por mucho que haya que desvirtuar lo sucedido imponiendo un relato o sea preciso que retorcer a modo de juegos malabares los cuerpos legales necesarios para que el resultado sea el pretendido. Y habrá que añadir que contando estas actuaciones mendaces con un amplio apoyo social y mediático por completo sectario, el conjunto excede en mucho lo penal para dar de lleno en lo político por su manifiesta intención ideológica. Puede disfrazarse como se quiera, pero a poco que no participes en ese linchamiento es lo que ves. Que te impongan por la fuerza un relato distinto es otra cosa. Poco puedes hacer al respecto que no sea disentir... mientras te dejen.

Aquí lo que cuenta es el relato oficial, el que enciende una opinión pública, lo más generalizada posible, que es en definitiva la que inclina la intención de voto. Agitar el fantasma del terrorismo, de la ruptura nacional, parejo a la llamada a defender a la patria, todo contribuye a crear un clima de exaltación en beneficio de una ideología autoritaria de espectro cada vez más amplio. Señalar esto último es formar en las filas de la Anti España, ser cómplice del terrorismo, independentista o “batasuno”, categoría esta que en los cotarros madrileños de la pimpante derecha se maneja con soltura de navaja. Por menos de un No te hacen un chirlo. No cabe disentir, no cabe no compartir las tesis oficiales, vengan o dejen de venir avaladas por una sentencias judiciales dictadas por una magistratura cuya independencia del poder político hace tiempo que ha sido puesta en duda.

Y por lo que se refiere a la denuncia burlesca -pues no otra parece caber- de los fondillos que enseñan los donfiguras con sus ridículums y sus cucamonas doctas y patrióticas, esta se toma de inmediato como acoso inmerecido, orquestada campaña de derribo y hasta se piden informaciones públicas del pretendido complót, como acaba de hacer con notoria desvergüenza el Partido Popular en el caso no resuelto de Cristina Cifuentes.

Así las cosas, quien miente es quien ve al rey desnudo, y no quien se ofende cuando le señalan la astracanada y no se atreve ni a mentar al coronado por lo que pueda pasar, calla lo que es del dominio público y mira de manera elegante para otra parte.