El rincón del paseante

De chorizos, canastos y diamantes

Por Patricio Martínez de Udobro - Domingo, 15 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:02h

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Hola personas, esta semana he dado mis paseos pasados por agua pero ninguno será referido hoy aquí ya qué dejé el de la semana pasada con un continuará que ha de continuar.

Bien, nos habíamos quedado en el triste y lamentable robo de la catedral. En el escrito anterior describí, mejor dicho, enumeré de una forma sucinta los protagonistas del hecho, hoy entraré en detalles y preguntas.

En primer lugar, ya que no me gusta adornarme con plumas ajenas, he de decir que los datos que a continuación daré han sido sacados, fundamentalmente, de la información que sobre el tema proporciona José Luis Díaz Monreal en su entretenidísimo e interesante libro “El robo de la Catedral de Pamplona” (Pamiela. Pna, 2017) (Ver vídeo de la presentación en YouTube) y de los datos dados en un capítulo dedicado al mismo tema en el libro “Curiosidades pamplonesas” de Javier Laspeñas (Ayto. de Pamplona. Pna, 1985).

Habíamos quedado en que dos perillanes ayudados de escalera y sierra habían conseguido penetrar en la sacristía de los canónigos de la Catedral de Pamplona y se habían hecho con un impresionante botín al robar el Tesoro de la Catedral, el domingo pasado apunté que estuvieron a sus anchas en la sacristía , que encontraron “casualmente” las llaves de la cámara acorazada en el cajetín de un canónigo y que eligieron las cinco principales piezas ,a saber, la arqueta de marfil hispano-árabe fechada el 1004 en Córdoba, el Lignum Crucis, las coronas de la virgen y del niño, compuestas de 495 esmeraldas, 1.087 diamantes y un peso de 2,5 kilos de oro y el Toison de oro de Carlos III, tercero que se concedía en la historia, así como infinidad de joyas civiles, brazaletes, collares, etc., fruto de las herencias que muchos devotos dejaban a la Catedral, y una gran colección de monedas de oro. O sea, lo que se dice un botín de mil pares.

Bien, ahora volvamos un poco para atrás para suponer el germen de esta acción delictiva y, lo que era más grave para aquella Pamplona religiosa a machamartillo, sacrílega.

Había en Pamplona un relojero de poca monta llamado José Arías que regentaba un taller de relojería en el entresuelo de la calle Zapatería nº 38, el taller no era una mina de oro, más bien al contrario, era ruinoso, el pobre se buscaba la vida vendiendo unos aparatos clandestinos que servían para robar electricidad de la red y ejerciendo, ocasionalmente, de perista. Vivía en la calle Arrieta nº 12 ,2º, con su mujer M. E. T. y su suegra C. T. P.

No se sabe qué o quién metió en la cabeza de Arias una aventura de semejante calibre y transcendencia, un hecho que de no ser realizado por gente profesional con medios e infraestructura suficientes estaba abocado al fracaso. Para llevarla a cabo se apandilló con dos hampones de serie B, uno era José Ramón Rodríguez Rajo (a) El Portugués, natural de Lugo y el otro un joven tolosarra llamado Román Gainza Iguarán. Con esos mimbres difícil hacer un buen canasto. Lo mismo pensó la policía.

Parece ser que unos meses antes merodeó por Pamplona un mexicano ,llamado José Oviedo de la Mota, experto en antigüedades, siempre acompañado de un amigo encausado en Italia por delitos contra el patrimonio, cantante de ópera y homosexual. Se acercó de manera sospechosa, zalamero, al portero de la Catedral y llegó a intimar con toda la familia, con toda menos con una hija que le vio el plumero y sospechó que su amistad era algo más que interesada. Así mismo se hizo íntimo de dos canónigos y les ofreció restaurar un San José gratuitamente a condición de qué se lo dejasen hacer en la sacristía, rehusaron la oferta. Todos estos detalles y algún otro caso análogo, le pusieron en el blanco de las sospechas de la policía como inductor del robo y fue detenido, pero nada se pudo demostrar, no encontraron ninguna conexión con Arias ni con ninguno de los otros dos maleantes y lo dejaron en libertad.

Así pues, con la exclusión de Oviedo de la Mota, se abrieron todas las incógnitas para saber quién mandó empuñar la espada, para el pobre Arias hacerlo sólo era mear muy alto.

Parece ser que la justicia pasó de puntillas por el asunto, la curia nombró a dos canónigos para que depurasen responsabilidades internas y aclarasen qué había fallado, lógicamente se sospecha, si bien se silencia, de que alguien de dentro les ha ayudado, ¿cómo si no podían estar las llaves de la cámara acorazada tan a la mano? Para dar una idea de la rareza del hecho veamos algo que sucedió en 1931.

Recién proclamada la II República el obispo decide esconder en algún recóndito rincón de la Catedral todo el tesoro y parte de los legajos, códices e incunables que había en la biblioteca. Para ello elige a dos canónigos los cuales han de localizar el mejor sitio y llevar a cabo el porte sin que nadie, ni siquiera el obispo, sepa dónde se esconde tan magno y tentador alijo. Los canónigos elegidos fueron D. Miguel Galar y D. Nestor Zubeldía, éste último consigue dejar fuera del asunto al primero y toma como persona de confianza a D. Julio Cía, fotógrafo. Buscan y buscan y, de pronto, recuerda el Sr. Zubeldía un rincón que en cierta ocasión le había señalado D. Onofre Larumbe, un sitio casi subterráneo en la parte románica de la catedral. Lo ven, les gusta y allí trasladaron todo y allí quedó escondido. Pero la seguridad solo duró un año ya qué el gobierno republicano en 1932 promulga una ley que obliga a las iglesias, conventos y catedrales a poner sus tesoros al alcance del pueblo para que los vea y admire. El Cabildo catedralicio pamplonés aceptó sacar todo del zulo pero no lo exhibió, lo guardó en una cámara acorazada horadada en el muro de la trasera del ábside con una primera puerta de madera cerrada con llave y una segunda de chapa de acero con tres llaves. Las mismas que cuatro años más tarde encontraron los chorizos en el cajetín del Sr. Eleta. Por cierto, último sospechoso: no iba a ser tan canelo de dejarlas en su propio armario.

¿Es creíble que quien guarda con tanto celo algo deje las llaves al alcance de la mano de cualquiera?, es posible, pero no probable, es raro. ¿No?

Las conclusiones del cabildo quedaron para ellos, hicieron dejación en la justicia civil y procuraron no meneallo.

El caso es que el asunto quedo en un limbo legal. El juez instructor Sr. García Rodrigo no entró casi en el tema y para cuando se celebró el juicio era 1937, plena guerra incivil, y de los tres principales encausados dos habían muerto, uno en la cárcel, Arías, y otro en el frente, y el tercero había escapado. Solo pudieron juzgar a la mujer, a la suegra y a otra pareja colaboradora, a estos últimos los absolvieron y a las primeras les impusieron una multa y cuatro meses de cárcel que no llegaron a cumplir.

Este fue todo el pago que se hizo por uno de los mayores atropellos al patrimonio de todos, destrozaron siglos de arte para nada.

Bien, hasta aquí la aventura.

El próximo domingo habrá paseo.

Besos pa tos.