“Los Caídos”, la Hermandad y la apología del franquismo

Fernando Mikelarena, Víctor Moreno, Pablo Ibáñez, Carlos Martínez, José Ramón Urtasun y Txema Aranaz - Jueves, 19 de Abril de 2018 - Actualizado a las 10:30h

Como ya dijimos en un artículo anterior, en el insustancial proceso de debate promovido por el Ayuntamiento de Pamplona en torno al Monumento a los Caídos se ha obviado una cuestión fundamental: la de su carácter de instrumento estático de exaltación del franquismo y de memoria negadora del sufrimiento de sus víctimas. La consideración por sí sola de esos aspectos invita a pensar que las soluciones al mismo deben partir de esa situación, fuera de los límites aceptables según los parámetros esenciales de la Ley Estatal 52/2007 de Memoria Histórica y que, por tanto, aquellas se deben inclinar hacia su demolición.

Ahora bien, hay más argumentos que refuerzan la racionalidad del derribo, partiendo de la perspectiva con la que se redactó aquella ley: la del respeto a los asesinados por el fascismo nacionalcatólico y la del rechazo a la apología de dicha ideología. Para colmo, los gestores guardianes de la significación estática de dicho edificio han transformado esta en dinámica, potenciando y activando aquellas características execrables. Estos gestores tienen un nombre: Hermandad de Caballeros Voluntarios de la Cruz. Esta Hermandad surgió a finales de 1939 como una asociación de recuerdo a los combatientes muertos y como ayuda mutua para excombatientes exclusivamente requetés y para Navarra. Surgió como alternativa a la Delegación Nacional de Excombatientes, controlada esta por el régimen desde Madrid y nacida meses antes. En 1945, la Hermandad reconocía que su nacimiento se debió a que, finalizada la guerra civil “el espíritu de Cruzada corría peligro, desaparecidas sus causas generatrices, si no de desaparecer, de amortiguarse”. La Iglesia Católica patrocinó el invento, como lo demuestra la presencia del obispo Olaechea en la constitución de la Hermandad en Irache el 26 de diciembre de 1939. No puede dudarse de la responsabilidad de Olaechea si recordamos cómo actuó el prelado ante el castigo al desafecto en la retaguardia navarra: sus planteamientos apologéticos de Cruzada, su activa participación en el complejo acto de expiación y cohesión grupal, como fueron los actos del 23 de agosto de 1936 con el asesinato colectivo de más de cincuenta izquierdistas en Valcardera y una macroprocesión posterior teatralizada al detalle y en la que participó el cuerpo social del golpismo navarro. Olaechea no hizo nada para frenar la salvaje limpieza política desarrollada. No, en vano, consideró que se trataba “No de una guerra, sino de una Cruzada”. En aquel acto constitutivo de la Hermandad, el obispo mostró su convergencia con el espíritu beligerante de la entidad recién nacida. Dijo: “la Hermandad tiene el espíritu de la acción y de la valentía, y ese espíritu […];no se defiende con prudencia, sino, si es preciso, con agresividad y con energía […] se defiende la causa de Dios y después la de la Patria”. Elocuente sería, también, la identidad de los curas que escoltaron al obispo aquel día: Santos Beguiristain Eguilaz, azote de los izquierdistas azagreses, y Antonio Añoveros Ataún, confesor de personas que iban aser asesinadas a cañón tocante en aquel paraje bardenero y, seguramente, en más momentos trágicos. Los ideólogos de la entidad fueron exclusivamente requetés.

La mano de José Ángel Zubiaur Alegre, activo propagandista requeté en los primeros meses de 1937 y Jefe Provincial de Propaganda de FET y de las JONS en 1938-1939, estuvo muy presente. No en vano sería Caballero SubPrior de la Hermandad entre 1940 y 1950 y, también, en 2002. También convergieron personalidades relevantes del agit-prop y del activismo tradicionalista durante aquellos años y durante los años anteriores, como Jaime del Burgo Torres y Mario Ozcoidi, el primero miembro del Capítulo Supremo de la entidad en 1940 y el segundo en 1942 y 1944 por lo menos. Resulta increíble que en todo el proceso deliberativo en torno a la suerte del Monumento a los Caídos el Ayuntamiento no haya hecho mención de los fines que perseguía dicha Hermandad;sobre todo, porque la misma era el organismo principal que gestionaba en Navarra la memoria de los muertos en combate y el que ha patrimonializado la mayor parte del uso de hecho de aquel edificio y de sus instalaciones.

En el folleto titulado Reglas y ceremonial de la Hermandad de Caballeros Voluntarios de la Cruz, publicado en 1959, se afirmaba que el fin de la hermandad era “mantener íntegramente y con agresividad si fuera preciso, el espíritu que llevó a Navarra a la Cruzada por Dios y por España, haciendo que no se desvirtúen estos ideales” así como sufragar las almas de los mártires para que sean “escuela de religiosidad y de patriotismo para las futuras generaciones”. La sede de la Hermandad se ubicó en Irache hasta el momento en que pudo trasladarse al Monumento en 1958. Podían pertenecer a ella los navarros y residentes en Navarra que se levantaron en armas desde el 19 de julio de 1936;los que, sin ser navarros ni residentes en Navarra, lucharon como voluntarios en las fuerzas navarras;los navarros que padecieron persecución en zona roja;y los hijos y hermanos de los anteriores. En 1945 también se dió entrada como “Caballeros Hermanos” a personas que no habían combatido en el frente, pero que hubieran “trabajado activamente en pro del Alzamiento, debidamente controlado por organizaciones de tipo nacional”. Sobre los deberes y derechos de los miembros, debían “luchar con agresividad castrense, contra la irreligión o las malas costumbres, contra todo lo que tienda a desvirtuar el espíritu de la Cruzada, a traicionar la Sangre de los Mártires y de los Héroes, recordando siempre que los muertos nos han de gobernar”. También estaban obligados a “corregir con energía a todo Caballero que se desvíe del espíritu de la Cruzada”, y a denunciarle.

El día de Viernes Santo, la Hermandad celebraba un ceremonial de recuerdo de los fallecidos y se pedía a los Caballeros que renovaran su compromiso con el espíritu de la Cruzada. En ese mismo acto, se hacía un ritual de admisión de los nuevos caballeros con tintes claramente sectarios y kukuxklanescos. Los Caballeros padrinos debían garantizar que los candidatos sabrían guardar el espíritu de la Hermandad. En la recepción, los candidatos debían repetir “acompasadamente” un texto sobre su compromiso en defensa de la Religión y de la Patria y el espíritu de la Cruzada, jurando después por los evangelios. Al finalizar el acto, el Caballero Prior preguntaba: “Caballeros Voluntarios de la Cruz, no existiría nuestra Hermandad si no se hubiera atacado por los enemigos de Dios y de la Patria a esta Cruz y a esta Bandera. Al ir a poner en ellas el beso de vuestros labios, ¿juráis defenderlas hasta la muerte?”. Y los Caballeros debían “pasar por el arco que hacen esta Cruz y bandera, besando esta última”. Por los objetivos que se trazaba de mantenimiento del espíritu de la Cruzada y por la importancia dada a los excombatientes en su estructura, abriendo la posibilidad de nuevas incorporaciones cada año, la Hermandad se convertía en el principal órgano de representación de esos agentes del golpismo en Navarra. Además, funcionaría como mecanismo de agitación y propaganda y de difusión ideológica.

También, y, al igual que entidades similares, promovería redes sociales subterráneas y circuitos de fidelidad en favor de la promoción de sus integrantes. Una carta de hace pocos años del Prior de la Hermandad, difundida por la prensa, certificaba que, en pleno siglo XXI, los objetivos perseguidos anteriormente mencionados seguían vigentes. Y de todo ello nadie, que sepamos, ni estudiosos, ni responsables de políticas públicas, ni instancias judiciales, han hecho la más mínima mención.