Estado de nerviosismo

Aitor Castañeda Zumeta Profesor de Comunicación en la UPV/EHU - Viernes, 20 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:02h

El Estado está nervioso. Se siente atacado desde hace no mucho por un órdago secesionista en Catalunya que ha hecho temblar sus cimientos más estoicos: la monarquía, las fuerzas armadas y la integridad territorial, auténticos pilares constitucionales de España. En realidad, alguno de estos tres principios ya habían sido puestos en solfa mucho antes, pues si no, no se explica la abdicación del rey Juan Carlos en su hijo, quien además necesita de constantes apoyos de la prensa y de la producción audiovisual para justificar su mandato.

Pero lo que realmente me mueve a escribir estas líneas es el bochornoso caso de Altsasu, donde la Fiscalía achaca de terrorismo un suceso cuya acusación ni siquiera se sostiene si se leen las declaraciones tanto de los damnificados como de los supuestos agresores. Evidente es que una paliza de tal magnitud a un miembro de la policía requiere de respuesta, pero el terrorismo así definido a una semana después de que pasara por la cárcel la primera miembro de CDR bajo la misma acusación deja estupefacto a cualquier analista jurídico, en tanto que ya hay en España quien advierte de acusaciones excesivas.

Se debe pues entrar en el clima de tensión política actual para entender que la Audiencia Nacional no está juzgando a unas personas concretas, que por cierto estaban siendo investigadas por la Audiencia Provincial de Nafarroa: se está juzgando a todo un pueblo, usando a los acusados -que llevan casi un año y medio encarcelados sin juicio- de cabeza de turco para condenar al independentismo vasco y a Altsasu entera, en una dinámica que solo se comprende si se estudia la encarcelación del rapero Hassel por cantar contra la Corona, las acusaciones a la tuitera Cassandra o los famosos titiriteros por enaltecimiento del terrorismo, o al propio Govern de la Generalitat por una rebelión ya desmentida por Europa.

Por la vía de Altsasu se vuelve a dejar claro, y por la fuerza, que a las instituciones estatales solo se las puede amar y admirar, y a quien las ponga en tela de juicio, recibirá a cambio otro juicio inquisitorial con la pena de cárcel por delante y una acusación adaptada a esa pena que se imputa, sea o no con fundamento jurídico. Estamos viviendo, lo reitero, en un Estado de nerviosismo.