Manipular la aconfesionalidad constitucional

Miércoles, 25 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Desde el Ateneo Basilio Lacort venimos manifestando la contradicción que practican políticos de diferente signo cuando incumplen la obligatoria aconfesionalidad en las instituciones públicas y los protocolos que alcaldes y ediles, parlamentarios, senadores y diputados deberían guardar, siendo coherentes con lo estipulado por la Constitución en su artículo 16.3.

El problema que se trata aquí y plantea el Ateneo Basilio Lacort no es impedir que cualquier político pueda comulgar con la rueda de la fe que elija, sino que la ponga en práctica, precisamente, en función y representación de su cargo público. Cualquiera que sea.

Se trata de un problema de muy sencilla solución para los afectados si es que se trata de una cuestión de fe o de creencias. Basta con que se sumen como simples ciudadanos, que también lo son, a la cola popular de estas procesiones. Nadie les impide que lo hagan, aunque, tal vez, el asunto sean los dividendos que proporciona la utilización política y electoral de las creencias, de las tradiciones;en suma, de la religión. A nadie debería molestarle que venga a la memoria el comportamiento del cruzado Marcelino Olaechea, obispo de la Diócesis, y el de los golpistas armados que desfilaban con el alado de Aralar inmersos en la limpieza ideológica.

El truco que practican estos tradicionalistas de la fe consiste en no responder a la cuestión que sustenta nuestra crítica, cual es el incumplimiento sistemático de la aconfesionalidad del Estado que establece el texto constitucional vigente.

Amparados en argumentos ad hóminem, no solo obvian el mensaje, sino que a los mensajeros, que recuerdan estas prácticas in-cons-ti-tu-cio-na-les, los presentan como una amalgama de trasnochados, antirreligiosos, irrespetuosos, reaccionarios anclados en el XIX, anticientíficos, pseudoprogres intelectuales… y no sabemos cuántos exabruptos más.

El progreso, al parecer, consiste en creer en los milagros que hace un brazoincorrupto, unos santos imaginarios, unas dolorosas o las cinco llagas… con sus correspondientes procesiones públicas.

Así las cosas, podemos preguntar: ¿defender la aplicación del carácter aconfesional de las instituciones públicas, que marca el articulado constitucional, es pseudo-progresismo científico? Ignoramos si este cientifismo corre parejo con quienes, en un tiempo no muy lejano, convirtieron esta tierra en un erial, precisamente haciendo una defensa clónica de la religión que profesaron sus ancestros ideológicos. ¿Es así?

¿Es una barbaridad temeraria y una incultura superlativa defender el pluralismo confesional y no confesional de la sociedad? Pedir que los políticos con cargos en instituciones públicas no asistan a manifestaciones religiosas como representantes públicos de la sociedad, ¿es un discurso del XIX, anticlerical y antirreligioso?

Defender lo que marca la Constitución en el artículo 16.3, ¿es estar anclado en el siglo XVI? ¿Hacerlo una obsesión enfermiza, trasnochada y antirreligiosa?

Con toda seguridad, este tipo de tradicionalismo nacionalcatólico ignora que el origen del Estado laico está en escritores cristianos como Marsilio de Padua (1274-1349), Ockham (1285-1347) y Hobbes (1588-1679), con planteamientos mucho más radicales que muchas defensas del actual laicismo. Y se trata de pensadores cristianos que vivieron y escribieron antes de esos siglos trasnochados del XVIII y del XIX. Marsilio, Ockham y Hobbes defendían un laicismo que, incluso la defensa que hace Ateneo Basilio Lacort y otros de aquel se queda a años luz de la radicalidad expresada por estos autores, que repetimos, eran creyentes, piadosos y muy religiosos.

Es evidente que a quienes esconden su verdadera cara tras la manipulación de lo que se les acusa no les interesa el contenido de los artículos que ha publicado el Ateneo Basilio Lacort. Ni siquiera parece que ciertas personas, a pesar de ser doctos en ciertas artes, fueron capaces de hacer una lectura siquiera literal de lo que hemos defendido.

Será cuestión, por tanto, de repetirse, pues, como decía Quintiliano, en la repetición está el conocimiento del alumnado más torpe.

El Ateneo Basilio Lacort en ningún momento ha arremetido contra las creencias religiosas de las personas. Menos contra la fe de las buenas gentes;sí lo ha hecho contra la instrumentación política y económica de la religión. Y lo repetimos de forma clara y contundente: hemos defendido siempre la libertad religiosa y la de conciencia de los ciudadanos.

El Ateneo Basilio Lacort no se ha manifestado jamás en contra de ninguna procesión, ni de ningún acto religioso, ni de ninguna romería para pedir la lluvia al llamado san Miguel de Aralar, una creencia que, según ciertas eminencias del progresismo, no presenta ninguna contradicción con el conocimiento científico, propio del siglo XXI. Al contrario, es su cenit.

Entendemos y comprendemos que para determinadas mentalidades tiene que ser muy difícil comprender que unos ediles, que se deben a una institución pública aconfesional por mandato constitucional, no deben asistir a dar gracias a Dios por un supuesto milagro. Y no porque Dios no lo hiciera, los hemos visto mucho mejores en la Taumaturgia eclesial, sino porque los ediles, al hacerlo, no respetarían la pluralidad confesional y no confesional de la sociedad a la que dicen representar. Y en el caso de que sus creencias les obliguen a ello, pues lo dicho, que lo hagan como ciudadanos normales, junto a la ciudadanía de a pie y, si lo desean, con el traje de los domingos.

Hagan y celebren las procesiones que deseen, pero, aclárense de una vez por todas, el Ateneo Basilio Lacort defiende que los políticos que están en las instituciones públicas deben abstenerse de asistir a ellas, como tales representantes públicos, porque ese es el mandato del texto constitucional, aquí y ahora, en el siglo XXI. Y esto nada tiene que ver con la ciencia, ni con el progreso, ni con el intelecto más o menos evolucionado.

Si en otros aspectos de la realidad se defiende la aplicación de la Constitución con tanto entusiasmo y fuerza, ¿por qué no se hace lo propio con el artículo 16.3?

En este ámbito concreto, al Ateneo Basilio Lacort le es indiferente que al frente de Alcaldía, del Gobierno o del Parlamento, esté quién esté, sea de derechas o de izquierdas, abertzales o socialistas, creyentes, ateos, agnósticos o deístas. Así lo hemos mostrado en varias ocasiones, criticando el comportamiento confesional de Bildu, Geroa Bai, del PSN… pero es verdad, no de UPN, porque a este partido, como a los que siguen empapados en el tradicional nacionalcatolicismo, hablarles de aconfesionalidad constitucional es como predicar en el desierto al exministro Fernández. Para UPN y seguidores, la única ley es el Concordato, ese botín de guerra que la Iglesia heredó gracias a su concurso inestimable en el golpe de 1936.

Firman este artículo: Víctor Moreno, Pablo Ibáñez, José Ramón Urtasun, Fernando Mikelarena, Clemente Bernad, Carlos Martínez, Txema Aranaz, del Ateneo Basilio Lacort