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La bendición de Babel

Por Yolanda López - Miércoles, 25 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:01h

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40años de idiomas en la EOI de Pamplona con alegría y buen humor. Llega la primavera a la EOI de Pamplona. ¡Tenemos sarao! Es el 40 aniversario, qué ilusión, me bulle por dentro el alborozo a la par que los nervios. Se acerca el evento y aún no tengo traje, necesito una lipo, un lifting y un total makeover. Y por si fuera poco, mi vicedirector y maestro de ceremonias, sin ningún protocolo, ajeno a mis tribulaciones estéticas, me ha envainado un artículo festivo jubiloso para festejar la ocasión. Me dice que dé una imagen moderna y fresca de la Escuela: el pasado pasado está, ha sido un regalo, tenemos miles de gratos recuerdos pero nos espera el futuro con todo un mar de océanos por surcar.

Me ha pedido que os hable de los retos, de lo último, de cómo será esto de aprender idiomas en el nuevo milenio. No podía haber escogido peor pitonisa. Yo que siempre ando procastinando, dejando para mañana lo que puedo hacer hoy y que soy incapaz de pillar hora pa la pelu sin anularla dos veces en el interím, he echado al instante mano de mi bola de cristal y me he puesto curiosa a escudriñar el horizonte.

Y lo primero que he visto no augura nada bueno. Ay Casandra, pobre de mí: oscuros nubarrones acechan a estribor. En el futuro, parece que no hará falta aprender idiomas. No puede ser. Sí, sí, como lo oyes, hay ya en el mercado unos pinganillos que amenazan con mandar al paro a todas las escuelas de idiomas más pronto que tarde.

Pero no debe ser tan fácil sustituir al hombre por la máquina: entre el lenguaje corporal que sin querer dices lo que no quieres decir y los malentendidos, que la gente ya sabéis que entiende lo que quiere entender, es complicado pillar la gracia, el doble sentido y las sutilezas de la letra pequeña. La lengua tiene un papel reducido en la

comunicación: mentimos más que respiramos y aunque hablemos el mismo idioma no nos entendemos. Cada mañana me santiguo y congratulo de que ese mostrenco del bisoñé platino y su homónimo, el madelman de pelo pincho no hayan apretado ya el botón de los misiles. Traducir del coreano al yanqui y viceversa no debe ser moco de pavo, ¡intérpretes: profesión de alto riesgo! Sin embargo, las máquinas pueden ser muy útiles. Tengo un amigo que acaba de volver de Japón, enamorado del país y encantado con su móvil. Cuenta y no acaba. Gracias al google translator ha conseguido pedir sushi cuando quería sushi, dormir en uno de esos hoteles cápsula, exiguos pero cómodos, e incluso colarse en un bañosauna donde un cartel hermoso lleno de ideogramas prohibía el acceso a hombres tatuados, que al principio creyó incauto que se trataba de una traducción libre del aparato y no de un requisito literal pero que ya le explicaron que los tatoos son un idioma aparte. También, y gracias al móvil, mi amigo, fino gurmet, pudo comer por fin carne de kobe, que, por cierto, le sentó rara, por el precio quizás y porque, qué fatalidad, le recordó muchísimo al incomparable chuletón patrio. Para matar el gusanillo de la nostalgia dirigió, aún compungido, sus pasos hacia la barra de un bar. A punto estuvo de acabar “lost in translation” como Bill Murray sin su Scarlet, triste y solo. Pero allá, no sabe si gracias a los tragos o a la magia del celular, se produjo el milagro: consiguió mantener una conversación de C1 plus, fluidamente entrañable con un par de nipones. Y juntos, agarraditos a su aparato, se perdieron al anochecer por esos karaokes tokiotas, como en una peli, y sintieron a la tercera o cuarta canción, que a pesar de la diferencia horaria, sus corazones latían al mismo compás. La comunicación es química y física, un arte y un misterio: nada reconforta tanto como conectar con el mundo, cuando se produce la chispa suenan campanas de gloria. Si la televisión no mató a la estrella de la radio la tecnología no lo tendrá fácil para acabar con las lenguas. De hecho, la wifi es nuestra amiga y el internet nuestro mejor aliado.

Gracias a la tele, pena de subtítulos, nuestros alumnos hablan mejor, vienen mejor preparados, son más listos y hasta más guapos.

En el hueco de la escalera, con la ayuda de nuestra querida artista Alicia Otaegui, que hace magia con libros de deshecho y las manos bellas de los chicos del centro para

discapacitados Monjardín - Las Hayas, hemos plantado un hermoso huerto de flores de libro. Los alumnos suben los escalones de la Escuela ligeros, mientras ríen mirando al contraluz los pájaros de papel que vuelan como ellos, cada día más libres. Cual burbujitas de champán, se van saludando dichosos: kaixo, konnichiwa, bienvenido, benvingut… Hemos cumplido 40 años, nos quedan muchos muchos más, como

Cándido, el de Voltaire cultivando nuestro bello jardín de palabras interior. ¿No os parece que gracias a las lenguas el mundo luce más hermoso, más amable y más humano? Hemos cumplido 40 años y tenemos muchas razones para la alegría. Gaudeamus igitur, ya lo creo. Celebremos jubilosos la bendición de Babel. Descorchemos el champán y, luego ya si eso, que nos quiten lo bailao.

La autora es jefa de estudios de la EOIP

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