El mito de Cifuentes

Jaime Aznar Auzmendi - Viernes, 27 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:02h

La avalancha de engaños y artimañas que estamos conociendo a través de los medios de comunicación son, o debieran ser, motivo de extraordinaria alarma. Nada es lo que parece y pocos tienen lo que en realidad afirman poseer. Así las cosas, el electorado español se asemeja a los desdichados protagonistas del mito de la caverna descrito por Platón. Parece que nos encontramos encadenados a una realidad construida a base de sombras, fabricadas por aquellos que carecen de todo brillo. La hoguera del ruido mediático y los currículos inflados proyectan imágenes engañosas que apenas alcanzan el rango de caricatura. La política, que debería nutrirse de los mejores elementos de la sociedad, se conforma con producir imitaciones huecas. ¿A caso no hay mejores elementos dentro de los partidos?

Otra de las conclusiones que se desprenden del relato platónico es el peligro de interpretar el mundo que nos rodea a través de falsos modelos. Ni todas las personas están dispuestas a hacer trampas ni éstas son la clave del éxito. Abotargados por un mar de escándalos, juzgamos que la vida pública es así, que todos actúan del mismo modo. La corrupción es el muro que separa a los ciudadanos de quienes urden estas ilusiones de respetabilidad, y cuyo único propósito es el lucro personal. Si queremos alcanzar los estándares europeos de ejemplaridad, es necesario volver la cabeza y abandonar la penumbra de la mediocridad. Para ello se hace imprescindible romper las cadenas del conformismo mediante la visión crítica de nuestro entorno. Se trata de un elemento que por definición trasciende el sesgo ideológico y reverdece las cualidades democráticas. De nuestras elecciones como sociedad civil depende cambiar las cosas, alcanzando esa región superiorde la que hablaba el filósofo ateniense y en la que los cargos públicos dimitirían con inmediatez.

Platón nunca compuso su fábula con fines políticos, pero las similitudes resultan evidentes. Más allá de este juego de conceptos, hay una cuestión que solo el tiempo podrá responder: con casos como el de Cifuentes, ¿estaremos devaluando el concepto mismo del mérito? Si permanecer en una región de sombra nos proporciona reconocimiento, si la mentira nos lleva más lejos y más deprisa, quienes se esfuerzan cada día podrían dejar de hacerlo. Entonces optaríamos por permanecer a sabiendas en un escenario irreal, por cuyas recompensas bien merece seguir la corriente. Esa, y no otra, es la verdadera corrupción.