A impulsos

Maquis

por Javier Lana * Dantzari - Sábado, 28 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Cuando llegue la noche, los postigos de las ventanas se liberarán de los hierros con los que están sujetos a la piedra, para ir clausurando el hueco que durante el día invadió la luz.

Es invierno y la nieve cubre los montes y también las aceras. Los camiones cargados de soldados mancharon el manto blanco rompiéndolo en huellas rayadas, lineas muertas que marcarán el rumbo de las viejas ruedas hacía el camino que conduce hasta la sierra. El pueblo tomado: las casas y los prados, las corralizas, las bodegas y los graneros. Malas maneras de jefes y soldados de milicia para los que nunca se termina de acabar esta maldita guerra. Año de 1942 y aunque ya sonaron los cantos de victoria, navegan por la sierra aquellos que aún se creen que hay un tiempo para la esperanza.

Llegué del frente de Madrid una vez que la capital fue nuestra. Me libré de seguir vistiendo el traje caqui y de cargar con la mochila, la escopeta y las cartucheras porque me dejé perdida y atascada una pierna al encuentro de un tanque amigo y extraviado al que no logré espantar con mis gritos al paso ruidoso del ciempiés maldito.

Llegué a mi casa entristecido y cargado de ese poso amargo que deja la contienda. Llegué a casa flagelado y aún pensaba que era mejor morir porque al menos hubiera tenido una misa de recuerdo y ese homenaje que se rinde a los héroes que han muerto.

Para la tarde los han ido descargando muertos, los dejaron esparcidos junto al kiosco

Vivo aquí con mis padres ya muy viejos. Tengo una pata de palo que escondo bajo un pantalón ancho que no acaba de engañar a aquel que llega y que me mira curioso o a reojo. Son los niños los que crecen sin la memoria de la afrenta vieja, los que imitan mi paso blandiendo en el aire sus espadas, su ojo tapado, creyéndose piratas.

Hoy el pueblo se ha convertido un hervidero de guardias y de soldados que lo miran todo. Al entrar en la casa me han visto tan lisiado que han preferido marcharse . Se han ido para los montes. Un día entero cargado de tiros buscando maquis.

Son maquis los que andan rotos, en estado miserable, evitando los caminos. El invierno los remata: sin comida y con ese frío que despierta el lamento entre los muertos.

Para la tarde los han ido descargando muertos los dejaron junto al kiosco, esparcidos por el suelo, condecorados de agujeros donde las balas mellaron la piel y la carne toda.

Nos llamaron a voces. “¡Que vayáis a la plaza”! Para ver el escarmiento. Que no quiere el Gobierno que nadie auxilie a los maquis, que si no se mueren solos que vendrán a cazarlos para quitarlos de en medio.

La tarde se fue marchando y con la tarde también se fueron ellos. Cuando a eso de las doce escuche ruido en las cuadras, bajaré para auxiliarlos, porque ya no son guerreros, porque sus piernas ya no pueden con la miseria del cuerpo que trasladan. Comerán lo que encuentre y antes de que amanezca les llevare escondidos en el carro cubiertos por el fiemo hasta alcanzar la frontera que les devuelva la libertad.