El rincón del paseante

De chocolates, cuerdas y fusiles

Por Patricio Martínez de Udobro - Domingo, 29 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:02h

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hola personas, hoy jueves día 27 de abril de 2018 es el triste día en el que hemos aprendido que “cepillarse”, y empleo esta palabra a conciencia porque es lo que esos desalmados hicieron con esa chica que había venido a nuestro pueblo a divertirse, ”cepillarse”, digo, a una pobre mujer entre cinco mazaos por la fuerza, penetrarle a discreción, grabar la fechoría, la machada para ellos, descojonarse de ella en su jeta, robarle el teléfono y dejarla tirada, no es violar es solo abusar y se paga con tres días a la sombra. Tócate los cojones. Este mundo está loco. En fin, espero que la vida les pague con la moneda más amarga que pueda existir, y, al paso que van, la encontraran. Eso espero.

Sé que esta no es tribuna para estos temas, pero no lo he podido evitar, hay cosas que lo sobrepasan todo.

Bien, dicho lo cual, paso a comentar mis pamplonadas. Hoy voy a continuar por el camino que me llevó hasta a la ventana asaltada y en la cual hice un alto para contaros el triste robo de la Catedral.

Pasada la susodicha ventana de la sacristía, continúa una pared de sillares en los bajos y ladrillo caravista bastante deteriorado en el piso, con más rejas de diferentes tamaños y más ventanas, grandes y pequeñas. Tengamos en cuenta que todas esas construcciones son dependencias catedralicias, la sacristía de los Canónigos, la Sala Capitular y la sacristía de los Beneficiados, así como otras dependencias menores, que se adosaron al ábside en el S. XVIII y posteriores. La última edificación que corresponde a el conjunto sacro es la trasera de la casa del músico de la Catedral, una casita de bajo más un piso y que en su fachada a la Plazuela de San José luce un precioso arco ojival de sillería. Dejando a nuestra izquierda la trasera de las casas de la Plazuela y de la Calle del Redín llegamos al Caballo Blanco, lugar del que ya hemos hablado. Frente a él tenemos un maravilloso espacio de esparcimiento rodeado de murallas y de vistas a los montes en espléndidos miradores, a la entrada del balcón de la derecha hay un árbol que desafiando la gravedad es hipotenusa de un cateto imaginario y otro que forma el suelo.

Recuerdo de niño ir a esa campa con mi abuelo a ver trabajar a los cordeleros, yo los miraba embobado como iban y venían continuamente con unas bobinas de cuerda fina que llevaban de una rueda a un poste y que cuando tenían cantidad suficiente para hacer una buena maroma hacían girar la rueda con una manivela tantas veces como hiciese falta hasta dejar la cuerda bien trenzada, sin duda tenía mucha más ciencia que esto tan simple pero eso era lo que yo veía y admiraba, siempre estaban, con frío, con calor, incluso con nieve. En el Baluarte del Redín guardaban sus aperos y sus trabajos ya acabados que cargaban al hombro en enormes madejas. No sé cuando desaparecieron, pero hace ya muchos años que su figura y su actividad pasaron a la microhistoria de la ciudad.

Bajando hacía el portal de Francia, el primer edificio a mano izquierda es una nave, fabril, antigua, donde se encontraba la histórica fábrica de chocolates Pedro Mayo, en la cual servidor trabajó unos meses en su adolescencia por mal estudiante, mi padre se hartó y me llevó a trabajar a una fábrica para que viese la verdad de la vida, pero me pagaban 2.000 pesetas a la semana y con pasta en el bolsillo fue peor el remedio que la enfermedad. Mis amigos me esperaban en la plaza de la Cruz como agua de mayo a que yo llegase con pedruscos tremendos de chocolate que sisaba de la fábrica a espaldas de los jefes.

Acabada la cuesta llegamos a la esquina con la calle del Carmen donde durante cinco siglos se hallaba el convento del Carmen Calzado, éste se empezó a construir en 1366 y en 1600 fue reformado, desamortizado por Mendizabal en 1836 fue utilizado como hospital militar primero, después fue cuartel, luego almacén y al final sucumbió a la piqueta a principios del S. XX. Su retablo lo podemos admirar en la capilla del Museo de Navarra.

¡Ay este Juan de Dios Álvarez Méndez “Mendizabal” (se cambió el apellido para parecer vasco) cuánto daño hizo al patrimonio!, nadie como la Iglesia para cuidar del Patrimonio, tiene presupuesto, mano de obra gratis y personal cualificado. ¿Quién da más?

Recorro la antigua rúa de los Peregrinos y me fijo en el número 25, en esa casa vivió Zumalacarregui el general carlista, el patillas, era curioso el barandal de su escalera ya que estaba hecho con cañones de fusil . Ahora está restaurada y ya no hay ni cañones de fusil ni na.

Atravieso con la memoria locales históricos de los años 70-80, como el Corners o el Zuriza, sitios de mucho travieso y mucho rock and roll.

Llego a la plaza de Navarrería y me topo con el precioso palacio barroco del Marqués de Rozalejo, actualmente palacio del marqués de Okupalejo, ya que los okupas han instalado en él sus reales y ahí siguen. Hace un mes paseaba yo por la zona una mañana y al ver las puertas del palacio abiertas entré y fisgué, en la parte baja vi una barra con su grifo de cañas, sus neveras y botellas, o sea, un bar en toda regla, empecé a subir las escaleras , me miraban pero nada me decían, hasta que uno de los chavales se dirigió a mí y me dijo: “¿Quieres que te lo enseñe todo?”. “Por supuesto, contesté y subimos por las escaleras hasta el último piso, me enseñó la sala de cine donde proyectan películas, una sala como de reuniones y diferentes estancias para diferentes actividades. Vaya por delante que no estoy para nada con el movimiento okupa ni soy partidario de las patadas en las puertas como sistema para hacerte señor de un espacio que no es tuyo, pero en este caso he de decir que ante el abandono del edificio, propiedad del Gobierno de Navarra, cada vez más deteriorado, excepto el tejado que hace unos años fue arreglado, creo que más vale que estén los okupas que las palomas criando, viviendo, excretando, y dejando una huella de difícil arreglo. Estos chicos han protegido los peldaños de las escaleras con maderas para no dañar los antiguos, han protegido el suelo del zaguán para no dañar una enorme flor de lis hecha con tabas de vaca, han tapado los puntales que sujetan “provisionalmente” los pisos con unos paneles para evitar accidentes, han pintado las paredes y lo han decorado, a su manera pero decorado.

El Marqués de Rozalejo fue alcalde de Pamplona en el XIX y se ocupó especialmente de la educación de la infancia y de los jóvenes de la ciudad, al ver el caso que los gobernantes hacen a su palacio quizá no desaprobaría del todo la opción que hoy se da.

Y de ahí, del corazón de la Navarrería, barrio fundacional de la ciudad, he salido a la Plaza del Castillo y a casita con los deberes hechos.

El próximo domingo más.

Besospa’tos.