Banalizar el conocimiento, banalizar el delito

Por Emilio Castillejo Cambra - Lunes, 30 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Las ilusiones perdidas de Honoré de Balzac retrata, entre otras muchas cosas, la caída a los infiernos del joven David Séchard, honesto, generoso, formado académicamente, inquieto por la innovación, los inventos y el desarrollo técnico, trabajador esforzado... Y el triunfo de su padre, papá Séchard, que representa los valores contrarios: avaricia, egoísmo, maldad, incultura... Pérez Galdós en Miau ofrece una contraposición semejante: Ramón Villaamil es el técnico experto y honesto que fracasa;su yerno, Luis Cadalso, es el jeta que triunfa sólo gracias a sus malas artes. Luis Cadalso y papá Séchard son los triunfadores;David Séchard y Ramón Villaamil, las víctimas de las nuevas relaciones sociales establecidas por el capitalismo decimonónico, puro darwinismo social.

Hoy el capitalismo va ganando nuevos atributos y significados: monopolio, oligopolio, nuevas tecnologías, mundialización, pensamiento único, sociedad del conocimiento... Balzac o Galdós harían sus delicias caricaturizando a un nuevo espécimen humano, bien es cierto que inveterado, pero cada vez más generalizado: el ignorante que, en lugar de mostrar sin pudor que su incultura y analfabetismo no han impedido su éxito social (es lo que hace papá Séchard;y todavía lo hacen muchos), quiere ocultar esa impericia con títulos académicos, licenciaturas, grados, másteres, doctorados... Son las exigencias de la nueva sociedad del conocimiento.

Palabra esta última tan vapuleada como antes lo fue el concepto de honor. El honor se desvirtúa cuando se asocia a venganza;el conocimiento, cuando se asocia a inmediatez. El conocimiento es la antítesis de la inmediatez. Es lentitud, análisis, duda, pregunta, respuesta provisional, fracaso, vuelta a empezar... No puede construirse de otra manera. Asociarlo a inmediatez es banalizarlo. Lo han banalizado ciertas modas pedagógicas: aprender jugando, lo importante son las actitudes, no los contenidos... Lo han banalizado los sistemas educativos que distinguen entre aprobar y promocionar. Lo han banalizado los padres y los alumnos, convencidos muchas veces de que el conocimiento es un derecho: en realidad el conocimiento hay que adquirirlo. Lo han banalizado los profesores, rendidos a la evidencia: decir que tal alumno no ha adquirido un conocimiento determinado puede ocasionarle problemas (al profesor). Lo ha banalizado el sistema económico, que ha convertido el conocimiento en mercancía sometida a las leyes del mercado.

El conocimiento se convierte en mercancía cuando deja de estar al servicio de la comunidad ciudadana, del progreso, de la promoción social, de la vida buena, y se privatiza, se pone al servicio de intereses particulares: el caso de las empresas farmacéuticas es paradigmático. La venta de datos particulares (Facebook a Cambridge Analytica) son casos cada vez más frecuentes que deberían preocuparnos. Cuando se simula un conocimiento, una destreza que realmente no se tiene, trampeando un currículum, un expediente, un acta, se banaliza el conocimiento (si puede hacerse eso con él, no puede tener mucho valor) y se pone al servicio de un particular, que puede obtener un trabajo, un ascenso, prestigio social: estamos en la sociedad de la transparencia, todo se publica, todo se sabe.

Para realizar tales prácticas mafiosas en la universidad, se requiere de unas estructuras, redes clientelares, mandarinatos, al margen del derecho y de la ley;al margen de las normas morales y éticas más elementales;al margen de la igualdad de oportunidades (sólo pueden simular ese conocimiento los “bien relacionados”);al margen del bien común (convierte el sistema educativo en reproducción de las clases sociales en lugar de promoción de la mismas);al margen del espíritu universitario, que es búsqueda de la verdad... La falsificación de un expediente no es menos grave, ni causa menos daño a la democracia que otras figuras delictivas como la corrupción, la prevaricación... Al parecer, después de banalizar el conocimiento, toca banalizar el delito. Como si no fuera también un robo.

El autor es doctor en Historia