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Un algo dentro de la nada

Por Julio Urdin Elizaga - Lunes, 30 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:02h

continuando con la división cuatripartita, a la que tan aficionados son todos aquellos que han querido analizar el simbolismo de la obra y acción humanas, Jurij M. Lotman recoge cuatro hitos del análisis semiótico de la cultura europea desde su lugar de origen, Rusia, cuales son: los dominados por la tipología semántica, los de tipo sintagmático, los aparadigmáticos a la vez que asintagmáticos, finalizando con los de tipo semántico y sintagmático. Cada uno de ellos obedece al dominio de una visión muy diferente entre sí, e incluso contrapuesta, cubriendo el espectro que va desde la Edad Media hasta la Revolución Francesa y el surgimiento como ideal hegemónico del mundo burgués. Curiosamente, percibimos cómo el último de ellos parece participar de una especie de síntesis de los dos primeros a expensas del tercero. Como así también conviene considerar el que el primero es de naturaleza simbólica, dominado por una visión acrónica de la realidad, mientras el segundo da un mayor protagonismo a lo que el semiólogo ruso denomina “practicismo” condicionado por el desarrollo temporal. Por otra parte, el tipo aparadigmático y asintagmático, en la consideración de dicho autor, es propio de los períodos marcados por la incertidumbre y suspensión de la realidad previos al cambio de paradigma, siendo identificado claramente en el estudio realizado por él con la época donde apuntan las ideas del iluminismo. Y, finalmente, el cuarto tipo devendría en ser como ya hemos visto el que diera lugar a la visión propia del mundo burgués al que pertenece completamente nuestra cultura actual.

Lo cual viene a cuento, y es oportuno, a propósito de un debate muy presente sobre el qué, o no, hacer en torno al futuro de un edificio que perteneciendo al aparentemente periclitado orden de lo antiguo fuera construido en tiempos modernos. Se trata, como la mayoría habrá intuido, del tan traído como llevado Monumento a los Caídos de la capital navarra. No son pocos los que han considerado la condición necrófila del mismo, puesto que a quienes se rinde homenaje en él son, ni más ni menos, a todos aquellos que vinieran a dar la vida por una causa, que resultó ser la triunfante, aunque muy bien podía haber resultado ser la contraria, o tan siquiera no serlo, en el caso de que las tornas hubieran dado vuelta facilitando el triunfo a las fuerzas republicanas. Y, en todo caso, el sangrante agravio comparativo del mismo siempre habrá de darse respecto de esas otras tantas víctimas afines a la legalidad vigente ni homenajeadas ni reconocidas hasta tiempos recientes, en su igualmente legitima convicción de la justa causa que defendieran. Como así también de aquellas otras que murieron sin que tan siquiera se les diera opción a posicionarse ni defenderse.

En esta tesitura, una primera apreciación es aquella de que una solución al problema dado nunca debería darse desde el revanchismo. Siendo que al menos hasta ahora los pasos dados por quienes en este momento ostentan el poder local, así parece demostrarlo. Éstas son, en todo caso, políticas que tienen que ver con la memoria pero también con el olvido. Y convendría tener en cuenta el que la una no se da sin el otro, y viceversa.

He recurrido a un autor como Lotman porque él mismo fue testigo en su propio país de lo que significa contar con muestras de una “arquitectura al servicio del poder” desde una morfología que paradójicamente desde las antípodas ideológicas fuera muy parecida en su concreción: la del autoritarismo. Y esta del Monumento a los Caídos sin duda alguna lo es. Es ante todo, una muestra de tanatofílico agradecimiento de la dictadura al “sacrificio” de centenares de voluntarios e involuntarios seguidores. A veces, también, lo que en cantidad de ocasiones se obvia, de gentes que hubieron de ser forzadas a participar en cualesquiera de los frentes implicados en el conflicto. También ellos, negados en su condición heroica, se merecen el mismo respeto con el que son agasajados quienes fueran considerados como héroes y mártires de la patria o de la causa.

Un edificio como éste del monumento tiene muy difícil conversión. Por lo mismo, ni su destrucción ni su modificación transformarían la memoria de lo que en origen fuera, puesto que desde la tipología mencionada al principio debería quedar bien claro que su vocación simbólica es, fundamentalmente, semántica, con significación vocacional de permanencia, acrónica y “eternizante”. Lo es tanto, que tras no sé ya cuantos años de “democracia” no hemos dado todavía con una solución. Mas releyendo a Lotman, este autor parece dar con una de las claves de este “sistema sígnico” propio del medievalismo camuflado de apariencia neoclásica y espíritu contrarreformista -todo un pastiche- en que consiste la obra de los arquitectos José Yárnoz y Víctor Eusa, complementado por la pintura al fresco de muralista Ramón Stolz.

Una obra tan coherente con la finalidad del encargo, sometida a la circunstancia histórica, por un lado, y a los condicionantes de su espacialidad sacra y ritual, del otro, plantea una problemática de difícil solución debiendo partir de un correcto enfoque interpretativo. Y para ello, en este sentido, supongo, la asamblea local y su legítima representación habrá de contar con suficientes doctores. No estaría de más, sin embargo, comprobar que el desafío para su conversión en otra casa de lo que fuera y es , cuenta con el agravante de un “homeomorfismo” de partida;la absoluta correspondencia de la parte con el todo, y viceversa, donde, e independientemente de su conversión, cualquiera de las partes, incluso por separado, traen a colación la memoria y realidad del todo que fuera. Proceder, por tanto, a su desemantización es tarea prioritaria, aunque no exenta de riesgos y dificultades. Y en su ayuda tal vez tenga cabida la reflexión que pueda surgir tras la lectura de qué es y en qué consiste, en Lotman, esa condición semántica donde contenido y expresión se confunden en algo así como ser “signo del signo”. En este caso, nos dirá, resumiéndolo en su apartado primero: “La expresión siempre es material, el contenido es siempre ideal (...). En el lugar más alto se encontrará el signo con expresión cero, esto es, la palabra no dicha”.

Lo más parecido al silencio en arquitectura es el vacío. Ahora bien, no necesariamente el vacío arquitectónico en nuestro caso tiene por qué significar e implicar el derribo o la destrucción, sino también podría consistir en la desocupación para una adecuada resemantización del espacio. Y en esto la pintura al fresco de Stolz viene a añadir, nuevamente, un cuasi irresoluble problema. La solución tal vez pudiera pasar por una intervención interior que respetando el vacío existente asimismo contemple de igual forma la épica republicana y resistente de todas aquellas sensibilidades presentes en el momento del fratricida alzamiento contra el orden legalmente establecido de la República (con toda la lógica, cuestión apriorísticamente rechazada por los familiares de los propios afectados). Un espacio resemantizado. Sístole y diástole;el péndulo de Foucault. Un algo dentro de la nada.

El autor es escritor

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