50 años no son nada

Por Manuel Torres - Miércoles, 2 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Quizá sea el pudor lo que nos vacune contra la nostalgia, pero los que en mayo de 1968 aún íbamos con pantalón corto y los domingos a misa, sino queríamos ser chamuscados en las llamas del infierno, tendemos a recordar esas fechas como un suvenir idealista o como un repertorio de viñetas naif. Ciertamente, pocos acontecimientos históricos son más fáciles de desacreditar que aquellos turbulentos días de primavera.

Más que por espontaneidad, el Mayo del 68 surgió por casualidad. El detonante pudo ser un hecho irrelevante ocurrido en la universidad de Nanterre, donde sus alumnos, relegados a una suerte de segunda división -el campus quedaba lejos de París-, mostraron su malestar con una sucesión de protestas que fueron duramente reprimidas el 22 de marzo de ese año, lo que provocó la ocupación de la universidad, y con ello la aparición de un mesías que abanderó la insurrección, Daniel Cohn-Bendit, Dani el Rojo, un joven de oratoria tumultuosa y origen franco-alemán que, posteriormente, sería expulsado del país por orden de De Gaulle.

Lejos de erradicar los disturbios, el cierre preventivo de Nanterre no hizo sino expandirlos al área metropolitana con la ocupación de La Sorbona, el Odeón y el laberíntico barrio Latino, colapsando la geografía urbana en un intricado mapa de barricadas, protestas violentas y una huelga general a la que días después se sumó la clase trabajadora con sus sindicatos al frente, lo que estuvo a punto de doblegar al gobierno conservador de De Gaulle. Por primera vez, detrás del humo de las trincheras se vislumbraba la utopía.

Pero, ¿qué demandaban exactamente los estudiantes? Por paradójico que resulte, no es fácil responder a eso en la cima de un estado rico como el francés, en una década rebosante de prosperidad como la de los 60, con un numeroso despliegue de movimientos reivindicativos gestados en el orbe universitario, un período fulgurante donde la música se hizo contestataria y el pacifismo contra la guerra del Vietnam imprescindible, donde la píldora anticonceptiva marcó un antes y un después en las relaciones sexuales y donde la generación de los baby boomers nos prometía un estado del bienestar que había venido para quedarse. Pues, ya ven, en este escenario surgió el Mayo del 68.

Tal vez la respuesta esté en el viento, como diría un ilustre de Minesota. Lo cierto es que los jóvenes de París se lanzaron a las calles para hacerse oír. Por primera vez en la historia, había una generación consciente de tener una identidad propia con la que enfrentarse al mundo adulto. Es verdad que su discurso no era uniforme, ni siquiera coherente, pero con su impericia a cuestas, aquellos chavales salidos de las aulas universitarias lograron lo que la política tradicional había sido incapaz de conseguir: irritar a la derecha gaullista adocenada en la poltrona del Elíseo, y a la izquierda revolucionaria que se creía la garante histórica de toda protesta reivindicativa. De aquel fin de fiesta aún perviven algunos confetis y serpentinas más o menos ingeniosos, como prohibido prohibiro seamos realistas, pidamos lo imposible, eslóganes que difícilmente aceptaríamos en estos tiempos que corren, enfangados en el descrédito y la desidia.

Siendo objetivos, el mayo francés no fue un movimiento bolchevique que pretendiera implantar la dictadura del proletariado. Tampoco fue una revuelta cultural o social contra la segregación racial, a favor del feminismo, la ecología o la equiparación salarial. Ni siquiera echó en falta a los apergaminados gurús de la primera mitad del siglo XX, Marcuse, Adorno, Marx, Gramsci o Luxemburgo. Puestos a decir qué fue, tal vez sea mejor señalar que aquella efervescencia insurrecta de jóvenes, mayoritariamente burguesa, fue una rebelión desordenada contra esa pedagogía tradicional que puso los cimientos de lo que poco después -tras la caída del muro de Berlín- sería la alienada civilización del consumo, ésa que Gilles Lipovetsky definió como la sociedad del entretenimiento y la precariedad, esto es, la farsa de la globalización.

En justicia, la revuelta del 68 no ocurrió sólo en París, también estuvo en la Primavera de Praga, donde los tanques soviéticos impusieron el toque de queda, en los altercados de Méjico con la matanza de Tlatelolco, y más tarde la del Corpus, ni siquiera pudieron contar los muertos porque los cadáveres eran inmediatamente quemados, o en las protestas contra la guerra de Vietnam. Tampoco España faltó a la cita. Al concierto de Raimond del 18 de mayo en la Complutense le siguió el estado de excepción del 69, con Fraga al frente y su célebre soflama: “No voy a tolerar otra jornada de mayo con una orgía de nihilismo, de anarquismo y de desobediencia”, el mismo tipo que, años después, se metía a demócrata por imperativo legal para fundar Alianza Popular en un juego de retorsiones acrobáticas que llamaron Transición.

Pasada la explosión de euforia, todo volvió a la tranquilidad del sistema. Al concluir el mes de mayo, las calles de París fueron tomadas por una ingente masa biempensante que salió a manifestarse en apoyo del gobierno conservador y el orden establecido. De hecho, De Gaulle ganó las elecciones con una aplastante mayoría. Los estudiantes, tras unas largas vacaciones de verano (después de mayo se suspendieron las clases hasta el nuevo curso), volvieron a sus facultades y los trabajadores a sus fábricas.

¿Valió de algo el espejismo del 68? Es difícil saberlo. En días de fake news y de apabullante tecnología digital, del regreso de religiones enfermizas e ideologías paranoicas, de machismo cavernario y desafección sistémica, en definitiva, en una época de descomposición social sin precedentes, sería arriesgado delimitar la definición de progreso. Vale más hablar de ciclos, y el que nos ha tocado en suerte no es precisamente de los más amables, aunque eso no nos impida soñar. Al final, como le confiaba Rick (Bogart) a Ilsa (Bergman) en las postrimerías de Casablanca, “Siempre tendremos París”.