El Giro de Italia 2018 nace en Jerusalén

Bartali, la bici de la vida

Ciclista legendario, ganador de dos Tours y tres Giros, el italiano perteneció a una red clandestina que evitó que cientos de judíos cayeran en las garras de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial

Un reportaje de César Ortuzar - Jueves, 3 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:03h

Gino Bartali, uno de los ciclistas más grandes de la historia, en el Tour de Francia.

Gino Bartali, uno de los ciclistas más grandes de la historia, en el Tour de Francia.

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Gino Bartali, uno de los ciclistas más grandes de la historia, en el Tour de Francia.Coppi y Bartali, los grande rivales en la carretera.

El Giro de Italia nace mañana en Jerusalén Oeste. Lo hace en memoria de Gino Bartali (1914, Ponte de Ema, Florencia), en honor a un ciclista que arriesgó su vida por evitar que centenares de judíos fueran destinados a la cámara de gas durante la Segunda Guerra Mundial. De la epopeya de Bartali no se supo durante décadas. Él nunca quiso contar aquel acto heroico porque dicen los que le conocieron que el gran campeón “prefería hacer que decir”. Bartali guardó silencio. Aquel era su secreto. Se lo llevó a la tumba. Murió en el año 2000. Nadie supo de su gesta hasta que en 2003 los hijos de Giorgio Nissim, que organizó la red de rescate de judíos en Italia, encontraron un viejo diario de su padre en el que detallaba la forma en la que funcionó la red clandestina dedicada a conseguir documentos que salvasen la vida de los judíos. Entonces se descubrió la historia de la mejor victoria de Bartali. Por única. Por inesperada. Por incomparable. La que nadie supo entonces, la que todos admiran ahora. Ese descubrimiento casual permitió conocer la dimensión humana que alcanzó uno de los más grandes ciclistas del siglo XX. Bartali Fue nombrado Justo entre las Naciones por el Gobierno de Israel en 2013 y ayer recibió la ciudadanía israelí en un acto que reivindicó su memoria.

De Bartali se recordaban sus épicas batallas con Fausto Coppi, su némesis. Gino pertenecía a la Italia religiosa, pacata, pía, de orden y de ley. El toscano era un diésel sin dobleces: tradicional, elegante, un italiano de viejas esencias. Mussolini hizo de Bartali su bandera fascista. Como si el maillot del campeón italiano fuera una camisa negra. Nunca lo fue. A Coppi, comunista, que vivía con otra mujer que no era la suya en una Italia ultrarreligiosa, le adoptó la otra parte dela bota, la que se tiñe de color rojo. Ambos eran dos símbolos imbatibles, dos ciclistas excelsos, diametralmente opuestos, venerados ambos. Dioses de carne y hueso. De hecho, en 1948, cuando el líder del Partido Comunista Italiano, Palmiro Togliatti, recibió un disparo en el cuello mientras salía del parlamento, las victorias de Bartali en el Tour de Francia mitigaron las enormes tensiones que anudaban Italia. Cuenta la leyenda que el triunfo de Bartali evitó una guerra civil. “Decir que la guerra civil se evitó por una victoria en el Tour es sin duda excesivo, pero es innegable que en ese 14 de julio de 1948, día del ataque a Togliatti, Bartali contribuyó a aliviar las tensiones”, reflexionó el exprimer ministro italiano Giulio Andreotti sobre aquellos días de julio.

Bartali, hijo de agricultores toscanos, gastaba aspecto de púgil, con su nariz ancha, su resistencia de fijador, su pedalear tosco, de pura fuerza. Un Hércules en bicicleta. Era un cohete cuya trayectoria torció la Segunda Guerra Mundial, el horror. Bartali, al que apodaban el Monje Volador, era para entonces poseedor de un Tour de Francia. Había vencido en 1938 y Mussolini quiso utilizarlo a modo de estandarte de Italia a pesar de que el ciclista le afeó el gesto. Ganador en Francia, Bartali también tenía en la vitrina dos Giros de Italia cuando se alistó a la Resistencia, a una red secreta dispuesta a salvar la vida de judíos, marcados por Mussolini a modo de trofeo de caza para Hitler. Entre el otoño de 1943 y la primavera de 1944, el invierno en que los nazis y los fascistas clavaron su bandera de terror en Italia, 6.000 judíos fueron arrastrados hacia la muerte. Pudieron ser más. Bartali, junto a otros, lo evitó.

hombre religiosoLa fe enraizó con fuerza en el ciclista cuando perdió a su hermano Giulio en un accidente mientras este competía en una carrera. Un coche lo atropelló. Aquel hito le marcó durante toda su vida. Bartali era un hombre de Dios y fue un ángel que puso salvo a 800 judíos. Sus alas fueron una bicicleta Legnano dorada y sus pedales, el humanismo. Héroe ciclista, icono de Italia, el arzobispo de Florencia, Elia Dalla Costa, pensó en Bartali para su red clandestina donde se arremolinaban monjas de clausura, laicos, frailes franciscanos y monjes. Todos ellos contribuyeron a que centenares de judíos amenazados por las leyes raciales escaparan y pudieran seguir viviendo. Las deportaciones de judíos con destino a la muerte en los campos de exterminio habían comenzado en 1943.

Bartali era un divinidad en la tierra, un ciclista con una profunda huella sobre el imaginario colectivo de la nación. Su prestigio fue su salvoconducto cuando ingresó en la red clandestina. Bartali tenía la clave de bóveda que sostuvo el engaño ante los fascistas y los nazis. El plan de fuga de los judíos contó con el apoyo del Vaticano. El Papa Pío XII estaba al corriente de lo que pretendía Giorgio Nissim, que convenció a Dalla Costa y dio el visto bueno a la misión. A la red solo le faltaba reclutar un correo, alguien dispuesto a recorrer cientos de kilómetros con documentos, pasaportes y fotografías que sirvieran para la huida de judíos bajo identidades falsas. Ese hombre era el hombre: Bartali.

el humanismo, su motorEl corredor dijo que sí. Estaba dispuesto a arriesgar su vida por la de los demás. “Cuando arriesgas tu propia vida para salvar otras, significa que todavía tienes fe en la humanidad”, apuntó el embajador italiano en Israel Gianluigi Benedetti, durante la ceremonia de ayer en Israel. A Bartali le movía el humanismo. Era su motor. “He venido aquí para dar testimonio de su humanidad y bondad”, dijo Giorgia, nieta de Bartali en la ceremonia que enfatizó la figura de su abuelo. Fumador empedernido, capaz de acabar una carrera y encenderse un pitillo después, Bartali el que corría siempre con una imagen religiosa penduleándole el gaznate, el que se peleaba palmo a palmo con Coppi, el que le gustaba la chanza, se recostó sobre su secreto en su carrera más difícil y menos reconocida. Sin voces que le animaran, pedaleó en silencio día y noche para salvar un trozo de humanidad.

Lo hizo como mejor sabía, dando pedales entre Florencia y Asís, los dos puntos calientes de la red clandestina por las carreteras secundarias de la Toscana, vigiladas por cipreses y alfombradas por la tierra blanca. 185 kilómetros de distancia entre ambas ciudades. Bartali recorría el trazado en ida y vuelta. 370 kilómetros. En aquellos entrenamientos como él definía a quien preguntara, respiraban las vidas de muchos. En su bicicleta, escondidos bajo el sillín o dentro del cuadro, viajaban los documentos y fotografías necesarias para tejer la vida. Los apuntes de la familia certifican, al menos, 45 viajes. En aquel gesto que todos creían cotidiano, Bartali puso en riesgo su vida en numerosas ocasiones. El libro en Road to Valor se narra una anécdota que refleja el valor del personaje: unos judíos y antifascistas que huían en tren tenían que cambiar de vagón en una estación que se encontraba plagada de soldados;Bartali, para despistarlos y facilitar su fuga, comenzó a saludar y a firmar autógrafos a los militares. El señuelo funcionó.

La misión de Bartali consistía en recoger los documentos que salían de la imprenta de Luigi Brizi para después entregarlos. Para amortiguar el graznido de la imprenta, las monjas del convento de San Quirico, que ocultaban a decenas de judíos en los bajos del templo, abrían las ventanas y cantaban a viva voz. Ese eco servía para que el plan continuara adelante y dejara sordo a los oídos delatores, más afinados que nunca en 1943, si bien las leyes raciales se instauraron con la llegada de Mussolini al poder. A Bartali le tocaba viajar con esos documentos en pleno invierno. Llegaba a los conventos donde los monjes realizaban la documentación, recogía el material, lo escondía en los tubos de su bici y se marchaba a entregarlo a los interesados. Le acompañaban el frío, el viento, la lluvia, la soledad y el barro durante los 400 kilómetros que recorría en un solo día por carreteras secundarias en una carrera a vida o muerte. Su Legnano dorada era el color esperanza para centenares de judíos cuyas vidas dependían del arrojo de Bartali, el símbolo de Italia que esquivó los controles por ser quién era. Nadie osaba en registrar al gran campeón, vitoreado por los soldados italianos al paso de sus entrenamientos, aunque no hubiera competición, paralizada esta por el guerra. Si alguien le paraba, Bartali espantaba la curiosidad de los mirones defendiendo la bici de la vida.

La aportación de Bartali para salvar a 800 judíos de la cámara de gas solo se supo tras su muerte;él siempre mantuvo en secreto su ayuda

El corredor actuó de correo y escondía en su bicicleta las fotos y documentos con los que ayudar a huir a los judíos perseguidos por los nazis