Bullyng, drogas y salud mental

Por Alberto Ibarrola Oyón - Jueves, 3 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:02h

La Asociación Navarra para la Salud Psíquica (Anasaps) ha organizado una charla-coloquio en la Casa de la Juventud de Pamplona, para el viernes 11 de mayo, en el que abordaremos, con motivo de la publicación de mi novela realista y social Las calles interminables(Ediciones Eunate), el tema del bullying o malos tratos y el consumo problemático de drogas en los adolescentes. Y es que éstos deben saber que esos consumos les pueden generar problemas de salud mental de diversa gravedad, además de ocasionarles dificultades extremas, no solo en su proceso de maduración, ya de por sí tumultuoso y turbulento, sino en su propio presente. A muchos de estos jóvenes las emociones intensas y las transgresiones les atraen de gran manera, la droga responde con frecuencia a ese llamativo reclamo y, por esa causa, se les debe informar de los riesgos reales y de que padecer enfermedades mentales resulta extremadamente doloroso, máxime que estas personas sufren un estigma social más incapacitante en muchos casos que la propia enfermedad. La rebeldía juvenil, además de ser una característica innata, bien encauzada puede convertirse en una motivación positiva que les lleve a comportarse de forma más autónoma, a ocupar su propio espacio y, en definitiva, a labrarse un porvenir. Sin embargo, cuando sirve para adquirir hábitos tan nocivos y consumos tan perjudiciales, que además generan terribles dependencias, acarrea consecuencias francamente indeseables.

La combinación de haber sufrido bullying, acoso escolar, malos tratos, abusos, etcétera, con el consumo abusivo de drogas, se puede convertir en un problema de gran complejidad que requiera un tratamiento psiquiátrico continuado. En los centros educativos deberían existir mecanismos adecuados de control que detectasen a tiempo estas agresiones, que por desgracia pueden proseguir en horario extraescolar y que en la actualidad suelen trasladarse también a las redes sociales. Muchas de estas víctimas tienen que aguantar que su entorno niegue esos malos tratos o abusos, o que directamente las responsabilicen. Esto explica por qué, cuando ha ocurrido alguna tragedia, por ejemplo el suicidio de un adolescente, tras salir a la luz que los sufría, nadie parezca haberse dado cuenta antes o que se argumente que la causa se hallaba en su carácter problemático y no en la falta de educación y ausencia de empatía de los maltratadores, a quienes, por otro lado, también convendría aplicar el tratamiento apropiado, sin escatimar una asistencia psicológica que indudablemente necesitan.

La sociedad debería permitir una aceptación y una integración social mucho más plena y satisfactoria para las víctimas de malos tratos y para las personas con problemas de salud mental. Para ello, sería muy positivo que los gobernantes y legisladores tomasen las medidas correspondientes, dejándose asesorar por expertos en estas materias: psiquiatras, psicólogos clínicos y demás sanitarios, trabajadores sociales, educadores, etcétera. Asimismo, se debe escuchar la voz de quienes han sufrido y sufren estos traumas, enfermedades y dolencias, abogando por su integración social, autonomía personal e inserción académica y laboral. Para abordar este asunto de forma correcta hay que dejar a un lado los prejuicios y tener en cuenta que todos podemos padecer a lo largo de nuestra vida, ya sea por las dificultades vitales, por el estrés, por herencia genética o por otros motivos, algún trastorno psicológico. Por ejemplo, el porcentaje de quienes sufren alguna vez un episodio psicótico es mucho más elevado de lo que podría suponerse. En el tratamiento de esta problemática no deben faltar importantes dosis de comprensión, empatía y solidaridad. No podemos olvidar que estamos hablando de seres humanos.


El autor es escritor