la carta del día

¿Y vosotros?

Por Ana María Pérez Sola - Sábado, 5 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Han pasado ya unos días desde que se conoció la sentencia contraLa Manada (¿o contra la víctima de La Manada?). Queda poco por decir acerca de su injusticia, de la afrenta que supone para las mujeres, del descrédito que otorga al tribunal que la dictó, de la debilidad en que sitúa a la democracia y su principio de igualdad. Apenas hay nada que añadir a los análisis de feministas, juristas, etcétera. Siempre se quedará corto el reconocimiento al movimiento feminista cuya grandeza radica, sobre todo, en haber sabido ganar su autoridad con la razón, nunca con la violencia. Ha quedado suficientemente demostrado en las multitudinarias manifestaciones que se han celebrado en toda España, un ejemplo de cordura frente a la barbarie, aunque, en ocasiones, se haya tenido que reconducir la lucha y recordar a algunos políticos, asociaciones y medios de comunicación que la violencia contra las mujeres tiene entidad propia -demostrada hasta la saciedad por las feministas que han conseguido una ley que, aunque insuficiente, la reconoce- y que no es asimilable a ningún otro tipo de violencia. Que no es ético utilizar de manera parasitaria estas movilizaciones para otro tipo de reivindicaciones que diluyen la importancia y la especificidad de la violencia de género. Que la comparación del dolor humilla a todas las víctimas.

El poso de rabia e impotencia que nos ha quedado pone de manifiesto otra realidad: que es el momento de que los hombres reaccionen. Que igual que las mujeres ante la violencia nos sentimos acompañadas por otras mujeres de diferente edad, cultura, estrato social, los hombres que agreden a las mujeres deben sentir el rechazo explícito de los otros hombres. Y esto es importante porque es la única manera de que las mujeres dejemos de tener miedo a los hombres. Es el único modo de que ese miedo irracional a los hombres que se instala en el imaginario colectivo de las mujeres desde que nacemos se vaya difuminando. Es la única manera de que las madres dejen de mirar con desconfianza a los hombres que se acercan a sus criaturas, de que las chicas no se sientan incómodas cuando se sienten observadas por un hombre, de que las mujeres no cambien de acera cuando ven un grupo de hombres o sientan un profundo desasosiego cuando se encuentran solas con ellos en un ascensor, de sentirse libres y seguras aunque transiten por lugares oscuros, de no tener que estar siempre prevenidas ante los hombres de cualquier edad, cultura, estrato social.

Y es el tiempo de los hombres, porque la mayoría de las mujeres sabemos que nuestros padres, hermanos, compañeros, amigos, amantes, maridos, parejas e hijos nunca nos agredirán, ni a nosotras ni a ninguna otra mujer. Pero a pesar de ello, y aunque los respetamos y los amamos, no conseguimos mitigar el miedo a los hombres enquistado en nuestro imaginario ni podemos permitirnos bajar la guardia. Y no podemos porque ya no depende de nosotras, las mujeres. Nosotras ya nos hemos trabajado nuestra parte, nos hemos analizado, formado y, algunas, incluso empoderado. Es a ellos a quienes les corresponde ahora actuar con firmeza, ir más allá de la etiqueta de sus masculinidades, nuevas o antiguas, disidentes o pasivas y beneficiarias del patriarcado. Una gran parte de los hombres se califican de demócratas, igualitarios, respetuosos, compañeros… Es el momento de que lo demuestren reivindicando cambios no solo afectivos y emocionales, sino políticos, sociales, legales y económicos que los despojen de sus privilegios para construir una cultura equitativa, cuestionando los modelos masculinos imperantes que los presentan como seres primarios y embrutecidos, con una sexualidad incontrolada que les lleva a pagar por sexo o a violar para satisfacerla. Lo tienen fácil, el feminismo les ha dado herramientas para poder actuar, y la mayoría de las mujeres estamos dispuestas a acompañarlos. A cambio, pedimos su solidaridad activa cuando nos agreden en casos como el que estos días nos ocupa, en los foros y chats, en las conversaciones del día a día, todos los días, en todos los espacios, en todas las tareas, en todos los ámbitos. Y eso, solo pueden hacerlo ellos.

Junta directiva de la Asociación colectivo Alaiz