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Ya no hay excusas para la excepcionalidad penal

Por Joseba Santamaria - Sábado, 5 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:02h

ahora que ETA se ha ido ya definitivamente repaso la entrevista con Rafael Vera del pasado domingo en La Sexta. Vera fue secretario de Estado de Interior en los gobiernos de Felipe González cuando desde las estructuras del propio Estado se puso en marcha una estrategia de violencia terrorista y guerra sucia contra ETA. Los tiempos de los GAL, el secuestro, tortura y asesinato de Lasa y Zabala o de Mikel Zabalza, entre otros muchos casos. Y Vera hace en esa entrevista una reivindicación ufana de aquello, lo que si no es un delito de apología del terrorismo se le parece mucho. El terrorismo de Estado devaluó a cotas mínimas la ética política de un PSOE que lastraba ya los efectos de la corrupción felipista y acabó con el exgeneral Galindo, el exministro Barrionuevo y el propio Vera en la cárcel. Por poco tiempo eso sí. Al poco fueron indultados pese al alcance de sus crímenes. No hubo terrorismo bueno y terrorismo malo como intenta colar ahora Vera y en todo caso el terrorismo, el asesinato, la guerra sucia y las torturas, impulsado todo ello desde un Estado que se dice democrático, y pagado con dinero público para contratar a tipos patibularios de la peor estofa que ejecutaban las fechorías planeadas previamente en los despachos oficiales, son inaceptables. También Vera y sus jefes y compañeros de andanzas negras deben reconocer que el terrorismo de Estado estuvo mal, asumir el daño injusto causado y aclarar todos los crímenes. Antes o después el Estado y los diferentes gobiernos responsables tendrán que asumir sus responsabilidades y admitir que fueron unos hechos inadmisibles en una democracia. Esas otras violencias injustificables y esas otras víctimas injustas también forman parte del relato, aunque UPN, PP o PSOE pretendan mirar para otro lado. Escribí en octubre de 2011, cuando ETA anunció su renuncia definitiva al uso de la violencia, una columna con la idea de que el fin es el principio -amaia da hasiera-, retomando la idea central del libro Amaya o los vascos en el siglo VIII, del escritor navarro Francisco Navarro Villoslada. Casi siete años después, ese nuevo principio ha recorrido buena parte de su camino inicial y hoy ETA ya es historia, una historia de dolor y sufrimiento y una historia de fracaso inmenso. ETA tiene su propio relato oficial de su historia, pero la historia de ETA tiene el relato real en el interior de cada uno de nosotros. Y eso ETA ni Vera lo pueden cambiar. Este país sabe desde hace muchos años que el fin de ETA es también un principio de oportunidades para el diálogo, los acuerdos, la memoria, la construcción y para todos los olvidados. Llega un nuevo tiempo. Quedan aún pasos, decisiones, hechos que dar, tomar y resolver. El inmovilismo del que ha hecho gala el Gobierno del PP en todo el proceso final de ETA no tiene justificación. Mantener las políticas de excepcionalidad legal puestas en marcha bajo la excusa de la lucha antiterrorista ya no tiene argumentos. Si esas excepcionalidades legales eran ya de dudoso encaje en un sistema de derecho democrático y garantista ahora ni siquiera tienen excusa en las que cobijarse. Y para empezar debiera ponerse fin a las políticas penitenciarias de excepción -la dispersión y la excarcelación de reclusos gravemente enfermos-, ahora que ETA se ha disuelto sin vuelta atrás. No se trata de privilegios ni de impunidad, sino de cumplir la legalidad penitenciaria constitucional.

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