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Iritzia

Fiebre revolucionaria y miseria moral

Por Joxean Rekondo - Sábado, 5 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:02h

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Siempre he creído que lo que más ha aportado al avance de la paz es una actitud exigente, de demanda de responsabilidades, ante los que han promovido, justificado y practicado las violencias ilegítimas que tanto mal han ocasionado a nuestro pueblo. Conviene recordar que, al inicio de este proceso, ETA rechazaba desarmarse y pretendía “continuar como organización política en el seno de la izquierda abertzale”. La firmeza ética del liderazgo político, articulado alrededor del lehendakari Urkullu, y la posición exigente de la opinión pública vasca han sido decisivos para que no se hayan cumplido aquellas previsiones de ETA, que buscaba realizar este proceso de paz bajo las condiciones que más le convenían.

Finalmente, ETA ha anunciado el desmantelamiento de las estructuras que utilizó para sus actos criminales. Muy bien. Aunque estamos muy cerca de la conclusión, el ciclo no ha acabado. Y no hay tiempo para prodigarse en parabienes. Porque aquí todavía hay tarea.

ETA ha acompañado su final orgánico con una estentórea traca de comunicados. Dice que se ha disuelto. Sin embargo, lo ha hecho apelando a una legitimidad popular autoasignada que avalaría la totalidad de su trayectoria, queriendo rebatir así el clamor que demanda su deslegitimación. Pero, aquí hay que negar la mayor. ETA ha rechazado siempre someterse al mandato popular. Con sus crímenes ha golpeado principalmente al pueblo vasco, al que además ha querido utilizar para una causa que este mismo pueblo nunca ha respaldado. En realidad, aquí se ha sublimado una revolución vasca que, como acusaría el desaparecido poeta Xabier Lete, solo podría dejar el balance que ha dejado, de dolor, sufrimiento y miseria moral.

Los de Nanclares asumen explícitamente que la concepción político-militar ha sido, en su misma sustancia, atentatoria contra la dignidad humana. Nada de esto puede deducirse de los últimos comunicados que ETA ha publicado, en los que se vanagloria de su recorrido terrorista. Ahí está precisamente la lucha que queda pendiente. No obstante, con ETA definitivamente ausente de la escena política vasca, la última batalla habrá que dilucidarla ante la izquierda abertzale, depositaria de la herencia envenenada por tan largo periodo de terror.

Por último, la organización socialista revolucionaria dice que se disuelve en el pueblo. Hay que impedirlo. Que se disuelva, sí. Pero, que sea lo más lejos posible del pueblo. Para que su mal ejemplo no infecte a nuevas generaciones.