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“Que la violencia no vuelva"

La sociedad mutó de la indiferencia a la rebelión para atajar la espiral violenta en la que se había sumido a Euskal Herria gracias a movimientos pacifistas como Gesto por la Paz, Lokarri o Bakeaz. Son los genuinos artesanos de la paz.

1. Creación de los movimientos sociales pacifistas.

2. Visibilizando el rechazo: Ética versus violencia.

3. Aportación de las organizaciones en la movilización ciudadana para el final de la violencia.

4. Futuro sin ETA.

Un reportaje de Imanol Fradua - Sábado, 5 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Tras años luchando desde sus respectivas organizaciones por el final de la violencia, Josu Ugarte, Itziar Aspuru y Paul Ríos miran al futuro con esperanza. Fotos: J.M. Martínez

Tras años luchando desde sus respectivas organizaciones por el final de la violencia, Josu Ugarte, Itziar Aspuru y Paul Ríos miran al futuro con esperanza. Fotos: J.M. Martínez

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Tras años luchando desde sus respectivas organizaciones por el final de la violencia, Josu Ugarte, Itziar Aspuru y Paul Ríos miran al futuro con esperanza. Fotos: J.M. Martínez

“Espero que este final rimbombante de ETA no sea un tapón para que no se produzan avances” “Tememos que haya un intento de difuminar la versión de lo que fue el pasado terrorista” “Hay piedras talladas en la sociedad vasca, como la idea de no volver a ese terrible sufrimiento”

han compartido la batalla cívica contra la violencia, esa rebelión ciudadana que desde finales de los ochenta consiguió despertar a la sociedad vasca de su letargo en la lucha contra ETA, pero también contra las distintas formas de violencia que durante casi seis décadas han acogotado la convivencia en Euskadi. Es por ello que la exportavoz de Gesto por la Paz Itziar Aspuru, el exdirector de Bakeaz Josu Ugarte y el excoordinador de Lokarri Paul Ríos disponen de una visión periférica de lo acontecido en un país que tras la disolución de la organización armada abre una nueva etapa. No exenta de escollos a salvar para edificar una convivencia normalizada, Ríos, Ugarte y Aspuru relatan sus vivencias en la construcción de unos movimientos pacifistas que fueron propulsores de la paz.

Finales de los años 80

Deslegitimación de la violencia para movilizar a la ciudadanía

1. Años de crudeza inusitada, la coordinadora Gesto por la Paz nació oficialmente en 1987 aunque hubiera escenificado algunos “gestos” antes. “Responder a la violencia que se estaba ejerciendo en nombre de Euskadi” fue la idea primordial, según Itziar Aspuru. La defensa radical de los Derechos Humanos de quienes padecieron las diferentes violencias, la deslegitimación de ETA, el reconocimiento a las víctimas y la movilización ciudadana fueron otros rasgos de su ADN desde su nacimiento. “Lo consiguieron”, apunta Josu Ugarte, que también estuvo en esos inicios y después puso en marcha Bakeaz, en 1992, una entidad con un prisma “de acción reflexiva” en el que primaba la “aplicación de esas reflexiones teóricas” a las políticas públicas. “En esa deslegitimación y movilización fuimos creando argumentos” asevera Aspuru, sobre una organización “activa y plural” que cada vez que salía a la calle pedía “paz” en las plazas, pero que también acuñó mensajes -“legitimación, acercamiento de presos o violencia de persecución”, entre otros- que calaron hondo en la sociedad vasca, que veía cómo el arranque de los noventa seguía dejando un reguero de cadáveres por la acción de ETA.

“Lograron romper el monopolio de la calle, que era un espacio copado por el nacionalismo radical”, afirma categórico Ugarte sobre la vital importancia de Gesto por la Paz ya que consolidaron un “grito silencioso y pacífico que expresaba mucho: denunciar el acto por el que se asesina a una persona o por el que se amenaza a cientos de personas”. Por su parte, Paul Ríos tira de experiencia personal para recordar por qué entró en Elkarri, creado en 1992, y posteriormente pasó a formar parte de Lokarri -en 2006- como su cabeza visible. “Iba a las concentraciones de Gesto por la Paz, aunque me decidí a tener participación más activa a raíz del asesinato de ETA de una persona cercana”, cuenta. En aquel momento Elkarri “defendía una idea que a mí me resultó sugerente, una alternativa para buscar alguna solución a la cuestión de la violencia que sacudía nuestro país y buscar respeto a los Derechos Humanos. Es la idea del diálogo”, resume. “Mediadores sociales, o gizarte bitartekariak, como solía poner en una chapita que solíamos llevar”, su idea era tan sencilla como compleja de realizar, especialmente en las pequeñas localidades de la CAV. “Buscábamos crear espacios en los que personas de diferentes sensibilidades intercambiaran opiniones”. O, lo que es lo mismo, “intentar que la convivencia fuera un poco más normalizada de lo que era”.

Años 90

La ciudadanía vasca pierde el miedo a salir a la calle

2. No fueron años de plomo como la cruda década de los ochenta, pero ETA seguía matando. Y las movilizaciones de Gesto por la Paz contra esos crímenes o los secuestros de los 90 solían estar acompañadas de contramanifestaciones de la izquierda aber-tzale. Era la triste tónica habitual. Aspuru recuerda los “ataques y los insultos” a los que debían de hacer frente con estoicidad. Ni siquiera fueron bienvenidos cuando se acercaron a las víctimas de la violencia del Estado, como cuando trataron de participar en una concentración para pedir justicia por el asesinato del exdirigente de HB Josu Muguruza. Aunque Gesto por la Paz no conviviera con la guerra sucia del GAL, “nos manifestamos activamente. Recuerdo que organizamos un acto en Iparralde en solidaridad con las víctimas que fue reventado”. “Era la expresión de un pensamiento político totalitario;es decir, no podían soportar que nadie arrebatase a uno de sus mártires. Es la patrimonialización de la figura del mártir, que esto es algo muy propio del totalitario y, en particular, de ETA y del entorno vinculado a la red de apoyo a ETA, empezando por HB y todas las organizaciones que han estado a su alrededor”, apunta Ugarte sobre aquellos hechos.

Otra manifestación que concluyó con la “izquierda radical” enfrente fue la organizada tras el secuestro y posterior asesinato de Miguel Ángel Blanco, en 1997. “Ese día me quedé alucinada” revela Aspuru, ante la “contraconcentración” que se montó “cuando nosotros pedíamos algo tan elemental como que se dejara de ejercer violencia. Era una mera presión para que dejáramos de estar en la calle”. “¿Qué nos motivaba?”, se cuestiona a sí misma. “La sociedad lo necesitaba”. Tan solo hubo una delegación de un municipio que dejó de salir a la calle por no poder soportar la situación. Fue Etxarri-Aranatz, en Nafarroa. Aún así, Gesto por la Paz se mantuvo firme. No fue doblegado a pesar de que Aspuru reconoce haber pasado “miedo”. Como en una concentración en las inmediaciones de la escultura de la Paloma de la Paz de Donostia. “Nos lanzaron tornillos. Uno impactó en la persona que estaba a mi lado”, rememora pese al paso de los años.

Para entonces ya había aparecido el lazo azul, el distintivo de rechazo a ETA y, más especialmente, a los secuestros de mediados de los 90. Ugarte recuerda que “tenía tres de ellos, ya que los iba dejando puestos en las chaquetas”. Era la etapa del lazo azul, un simple distintivo de tela que adquirió un valor fundamental en la deslegitimación de la violencia etarra. Gesto por la Paz, deslocalizada pueblo a pueblo, quiso dar un paso más. Fue una propuesta de acción permanente ante algo tan difícil de reaccionar como el secuestro de una persona”. Aspuru incide en que además “visualizaba a las personas”, lo que también conllevaba “el señalamiento con el dedo” del que lo portaba. “Canal de respuesta” ante la crudeza de los cautiverios, “la sociedad respondió. Se extendió mucho, ya que no era ir un momento a una manifestación de 15 minutos”. Aspuru y Ugarte también ponen encima de la mesa la reacción al asesinato de Miguel Ángel Blanco. “Nos sobrepasó”. En aquellas duras jornadas se creó el mensaje de que la sociedad vasca decía basta. AquelVascos sí, ETA no, ese lema que visualizaba que no se podía sostener que la sociedad vasca diera cobertura a ETA”.

Ríos también pone encima de la mesa un término, gestado por ETA en la redefinición de su estrategia a mediados de los noventa, de tan infausto recuerdo: la socialización del sufrimiento. “Fue una época horrorosa. Habrá habido pocas teorías políticas en nuestro entorno que hayan sido más demoledoras para la convivencia. Encierra un nivel de crueldad...”, suspira. “Nunca pensé que podría llegarse a esos extremos” asevera, pero la respuesta de Lokarri fue “más Derechos Humanos y más diálogo. En algunos momentos nos parecía ir contracorriente por defender alguno de estos principios”, ahonda un Ríos que considera que la sociedad vasca estuvo entonces bastante cerca de un punto sin retorno. Un punto sin retorno en el que la violencia acabaría imperando. Por fortuna no fue así debido en parte a que las organizaciones pacifistas, y aunque fuera milímetro a milímetro, fueron ganando la batalla.

nuevo milenio

Las organizaciones pacifistas van por delante de los partidos

3. “Los verdaderos héroes han sido aquellos que decían lo que pensaban ante la violencia de ETA. Los partidos iban por detrás de lo que la sociedad les exigía”. Así lo asegura Ugarte, que pone el foco en “la ilegalización de Herri Batasuna” como un instrumento válido para ir cortando las alas a ETA con la entrada del nuevo milenio. “Fue un tema muy debatido, no había consenso en la sociedad vasca, la mayoría no estaba de acuerdo... Sin embargo, y visto lo visto, creo que fue clave. También la persecución de las estructuras de financiación”, afirma el que fuera coordinador de un estudio sobre la extorsión contra el mundo empresarial, titulado La bolsa y la vida. “Acabamos de terminar un estudio que contabiliza en más de diez mil personas” las que se vieron afectadas. “Otra clave fue la colaboración de Francia en la lucha antiterrorista”, abunda.

Aspuru converge con Ugarte en esa percepción de que la aportación de las organizaciones pacifistas fue indispensable para que los partidos políticos se enfrentaran de cara a la violencia. No fueron tiempos fáciles, aún así. “Pusimos nuestro granito de arena”, señala Ríos, que agrega que se creó “cierta red de convicciones”. De hecho, apunta que a día de hoy “un noventa y tantos por ciento o cien por cien de la sociedad vasca no querría volver a vivir todo aquello. Seguro”. Aún y pese a que algunos procesos de paz no lograran dar carpetazo a ETA, como es el caso de las negociaciones mantenidas entre la organización armada y el Gobierno español del PSOE, “y aunque haya situaciones irreparables”, caso de las víctimas, “gracias a la aportación de muchísimas personas, la vuelta atrás es impensable”.

Tiempo sin ETA

Convivencia, memoria y justicia en el cierre del ciclo de la violencia

4. “Queda mucho camino, pero las cosas van relativamente rápido”, augura Ríos, quien considera que hay ciertas “piedras talladas” en la sociedad vasca como “el respeto a los Derechos Humanos o la idea de no volver a ese terrible sufrimiento”. Sin embargo, “el relato, la memoria, es cuestión de muchas generaciones”. Aún así, y “si se reconoce, se repara, se homenajea y se acompaña a todas las víctimas y si al mismo tiempo nos queda una memoria compartida de decir que la violencia generó un terrible sufrimiento que no se puede repetir, me conformo”, concluye. Al futuro también mira Ugarte, aunque difiere en algunos aspectos con el que fuera coordinador general de Lokarri. Con una ETA que “ha actuado en democracia”, apunta a diferentes factores para su pervivencia en tantas décadas que espera que no se repitan en los años venideros. “Si no tenemos una memoria básica deslegitimadora o un relato deslegitimador común... Podríamos no ponerle nombre, pero debe de haber algún tipo de reconocimiento del daño causado. Desmontar la justificación que acompañó a ETA”, ahonda Aspuru. “No solo para las víctimas;para toda la sociedad. ETA, que es pasado, no ha sido capaz de hacerlo. Pero hay otros actores políticos que deben hacer ese reconocimiento”.

“A la vez, debemos seguir acompañando a las víctimas en este proceso, con respeto y para que sean parte de ese relato”, profundiza la exportavoz de Gesto por la Paz, que asegura que “a ETA no le debemos nada, pero sí a nosotros mismos el disponer de mimbres para tener una vacuna frente a la no repetición, sino incluso para que otros fenómenos violentos tengan un caldo de cultivo”. Y es que quedan nuevos capítulos por completar. “Espero que este final tan rimbombante de ETA no sea un tapón para que no se produzcan avances” en una materia tan básica como la convivencia tras largos años de “microviolencias” que deben de ir sanando y “víctimas, diferentes víctimas ya que no son un colectivo homogéneo, que se merece el máximo respeto”. Otro ámbito al que habría que poner especial énfasis es el alejamiento de los presos, una cuestión que “debería de haber estado zanjada ya y que, de hecho, desde Gesto reclamamos insistentemente. Siempre defendimos la reinserción, que debe de ser el fin máximo de la política penitenciaria. Yo lo sigo defendiendo y creo que deben hacerlo cuanto antes”.

En el relato está el quid de la cuestión, según Ugarte. Y, a su juicio, “no es posible una “memoria compartida”, al menos en los términos que plantea el actual secretario de Paz y Convivencia del Gobierno vasco, Jonan Fernández”, ya que “no puede haber memorias contradictorias” entre los mundos ideológicos tan diferentes que conviven en Euskadi. “Cuando hablamos de justicia y reparación, hablamos también de que hay muchos asesinatos que no han sido esclarecidos”, remarca asimismo, ya que es “una forma de reparación” que debería de ser explorada, junto a no caer en la tentación de “difuminar el pasado terrorista”. Ugarte también apela a zanjar los homenajes a los etarras o impulsar los arrepentimientos de presos. “Y reflexión, por último, para analizar la responsabilidad moral, social y política que hemos tenido individual y colectivamente en este horror que tanto ha durado”. Un horror que acaba para que Euskadi abra una nueva etapa.

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