Y tiro porque me toca

¿Y ahora qué?

Por Miguel Sánchez-Ostiz - Domingo, 6 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:02h

pues ahora a verlas venir, con un cierto alivio. No cabe hacer predicción alguna de cuál va a ser el clima social y político que vamos a tener una vez que ETA ha declarado su extinción activa de una manera que no satisface a todos. Un paso es, sin duda, para sentar las bases de una sociedad de verdad pacificada y no enconada, pero no hay que extrañarse de que sean muchos, y no solo del lado de las víctimas, quienes echan en falta una expresa referencia a estas. No va a resultar tan fácil pasar página cuando media la pugna por la escritura del relato de lo que ha sucedido desde que Etxebarrieta mató al guardia Pardines, en 1968, hace cincuenta años. Son muchos los muertos, muchos los agraviados, muchos también los extorsionados. Varios miles. A nadie le puedes obligar a perdonar y menos a olvidar, ni a hacer como si aquí no hubiese pasado nada. El fin de ETA no contribuye por sí solo a pintar el paisaje con colores risueños. Es posible que tengan que pasar varias generaciones para que lo que ha sucedido sea pasado e historia, y solo eso. Esto es ya un lugar común. Etxebarrieta... Jorge Oteiza tenía una foto suya en su estudio, como mártir y como icono. Lo dice todo o al menos mucho de lo que ha sucedido. Para los de mi generación ETA ha sido una permanente borrasca en el horizonte de nuestras vidas.

Me temo que es imposible que haya acuerdo en el relato de lo sucedido porque cada bando se va a enrocar en su historia, en su escritura propia, indiscutible y compartida. Como se ha escrito estos días de manera escalofriante: “La historia la escriben los vencedores”. Y aquí me parece que ha habido vencedores y vencidos, se cuente la historia como se cuente. Victoria, dicen, de la democracia y victoria policial también sobre el terrorismo o la lucha armada, expresión esta por completo proscrita. El actual sistema político español tiene medios más que suficientes no ya para imponer un relato, sino para impedir que ETA y quienes la han sostenido pueda escribir una historia que vele por su honor, así dicen, a no ser que sea algo clandestino, urdidor de una identidad resistente. Ahora mismo oponer víctimas de un lado a víctimas del otro es un recurso dialéctico pobretón por muy real que pueda ser. Me parece innegable que las víctimas, como tales y alineadas con posiciones políticas autoritarias, tienen un peso político evidente. ¿Cabía esperar otra cosa? No. Y echarse las manos a la cabeza porque hay quien se niega a admitir un “aquí no ha pasado nada”, o poco menos, es de tartufos.

Queda un fondo de dolor por completo inútil porque dudo mucho que las conquistas sociales y políticas de nuestra democracia imperfecta se deban a la existencia vigilante y redentora de ETA, como he llegado a escuchar con sobresalto... que les cuenten esto a los familiares de las víctimas, a ver qué dicen, o que se lo digan a quien mal que bien ha militado en una izquierda ya muy vapuleada.

El propio discurso político de ETA estaba ya periclitado, era inservible, un galimatías que no se acomodaba a las necesidades concretas de la sociedad a la que iba dirigido, en un mundo que era ya otro. Quien quiera vivir dentro de una burbuja, allá él, pero ni los fines ni mucho menos los medios de ETA eran ya aceptables, desde hace mucho además. Mal que bien, el país se construía a sus espaldas.

Ni siquiera creo que haya peligro real de que en el territorio vasco-navarro se forme procés alguno, ni a la corta ni a la larga, por mucha leña que se eche al fuego independentista y por mucho que la derecha utilice ese reclamo en apoyo de sus pretensiones antiautonómicas. Las ambiciones sociales y políticas de la ciudadanía son otras. Puedo equivocarme, sin duda, pero lo digo sin preferencia alguna. Nada me hace feliz en el futuro que me espera. Como lo siento, lo digo. Creo que para que haya cambios sociales y políticos hace falta un trabajo ingente que tiene poco que ver con la altisonancia y los berridos.

Y por lo que respecta a ETA, como mucho, y con tiempo, los presos, que son muchos, podrán conseguir el acercamiento a cárceles del País Vasco, pero dudo que ni a la corta ni a la larga se plantee amnistía alguna. A lo que unos llaman justicia, otros le dicen venganza, y eso tiene difícil arreglo.