Víctimas sin sepultura

Por Fabricio de Potestad Menéndez - Domingo, 6 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:02h

La derecha azulona, programada en la sede de Génova, no es sino la silicona del franquismo que viene a remediar el crepúsculo de un tiempo que ya está agotado. Son connaturalmente chovinistas, hipócritamente católicos y sin gran interés por la hondura democrática que se le extravía en resonancias abismáticas. Su trasnochada retórica se enreda frecuentemente en su firme ademán y en su insuperable cara al sol, del que no se desprenden ni con el paso de los años, por lo que pierde con facilidad la sintaxis y se le descarrila el discurso. Le da igual que haya españoles enterrados en cunetas o que los rótulos de las calles aludan a los ignominiosos nombres de los golpistas que los asesinaron. Ni tan siquiera repudian a la Fundación Nacional Francisco Franco que trata de vestir al dictador con la armadura del Cid Campeador entre motos alemanas con sidecar, requetés, barones rojos y muertos despedazados por las calles de Guernica. Aún nos pretenden presentar a Franco con una épica renovada, olvidando que el dictador ya tiene su propia épica: su gloriosa reserva espiritual impregnada de sangre y de la agonía blanca de la inocencia. Parecen haber olvidado que hubo presos inocentes en las plazas de toros de Madrid, Guadalajara, Burgos o Salamanca, mirando hacia ninguna parte mientras esperaban la muerte. Hubo en las plazas de toros otra fiesta nacional, la de la cruel represión franquista, la de la otra España machadiana, también sangrienta y antigua.

Su discurso aparece como un desierto, una larga noche iluminada por débiles candiles que apenas dejan entrever la brutal operación quirúrgica que redujo el país a un perturbador muñón, pero se olvidan que en este país protestan hasta los muertos, o sea, la marea negra, pues no tienen nada que perder, como no sea que los desahucien de sus fosas y cunetas hipotecadas. No solo hay poetas malditos, también hay muertos malditos. Me refiero a ese incómodo e ingente guarismo de asesinados, más de tres mil en Navarra, que fueron fusilados porque no se sometieron a la retórica totalitaria y la soflama ultraconservadora y nacionalcatólica. Y es que parte de la derecha populista, con sus corruptos honorarios y sus paradójicas misas de domingo, sigue siendo berroqueñamente fiel a sus ideas, lo cual es sencillo, pues tiene pocas y remiten al pasado. Se dejan ver en primera fila en los homenajes a las víctimas de ETA, lo cual me parece muy bien, pero no acuden a los homenajes de las víctimas del franquismo, lo que representa una grave falta de ética democrática. Incluso retocan el relato, lo acomodan, reescriben su novela negra en un vano intento de justificar su cínica e inmoral ausencia, aferrándose a un aberrante eslogan: no hay que abrir viejas heridas, como si ya estuvieran definitivamente cerradas. No se puede mirar hacia el futuro condenando solo y con razón los crímenes de ETA mientras convierten los asesinatos del franquismo en mera arqueología desprovista de interés. Su problema es que un partido que no vive el presente, lo que vive, en realidad, es su anacronismo.

Desactivada la izquierda evangélica de otrora, metáfora pasoliniana de una tierra sin esperanza, se extiende el desánimo, una desesperanza remota y enmohecida, que aflige y erosiona a los que han sido señalados como perdedores de una guerra incivil, como la llamó Unamuno. Es el desaliento cotidiano y perspicuo de los que han sido excluidos de la memoria histórica, pese a que los historiadores tratan de construir un relato socialmente justo mientras la derecha pretende convertir esa narrativa en una absurda libertad que, como mucho, consiente a los muertos descansar en paz sus fosas comunes. Y es que este país, cortijo de la derecha, está perdiendo la vergüenza, la dignidad, la justicia, la solidaridad y hasta la memoria. Colocar un crucifijo delante del inmenso haz de flechas que pesa sobre las cunetas y las fosas comunes no deja de ser un esperpento colectivo, una escandalosa continuidad histórica, que Valle-Inclán hubiera escenificado como una noche de antorchas, canticos macabros y ritos satánicos.

Lo cierto es que la derecha se mantiene tan erecta y tan firme en todas sus afirmaciones, incluidas las históricamente finiquitadas, que parecen que va dopado con Viagra. Aunque, en realidad, no hace sino moverse cómodamente en este ambiente tan propicio que le otorga el poder, que no es sino la férula que viene a disimular la vejez de su trasnochado autoritarismo y su raquitismo democrático. Y es que la derecha viene acompañada de una conciencia de impunidad e inmunidad, que son la que le lleva a los excesos que padecemos, máxime cuando está impregnada de la añoranza de aquel último parte de la incivil guerra española que daba por cautivos y desarmados a los rojos y por exorcizados a los incrédulos. En fin, en pleno furor involucionista, el viaje histórico hacia atrás, hacia el franquismo, hacia las conjuras judeomasónicas, está siendo tan vertiginoso que no sé qué connotaciones psicoanalíticas se le podrán encontrar, aunque semejante regresión libidinal hubiera hecho las delicias de Freud, pues no en vano semejante calentamiento testicular puede procurar tales orgasmos sádicos que no tienen parangón posible. En fin, se puede embrollar al personal, pero no hasta tal punto, pues la mentira no pasará la prueba del polígrafo histórico ni la regresiva mediocridad superará la prueba de la posteridad.

El autor es presidente del PSN-PSOE