China

Por Mikel Casares - Martes, 8 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:01h

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El pasado mes de marzo viajé a Guangzhou (China) para trabajar como profesor en la South China Agricultural University. La estancia se prolongó durante tres semanas en las que impartí un curso de Macroeconomía Dinámica que se integraba en el programa de doctorado de la Escuela de Economía y Empresa. La experiencia fue muy positiva tanto a nivel personal como profesional y me ayudó a entender un poco mejor la compleja realidad socioeconómica de China.

Los datos son apabullantes. China ha conseguido multiplicar su renta per capita por 7 en los últimos 25 años. La tasa de crecimiento anual acumulada ha sido ligeramente superior al 8%. En el mismo periodo, España ha aumentado su renta per capita solo un 40%, con un crecimiento anual del 1,25%.

En Guangzhou las consecuencias del fuerte crecimiento económico son evidentes. El centro financiero es un conglomerado de grandes rascacielos y edificios espectaculares, mientras que el sistema de transporte público dispone de una docena de líneas de metro por las que circulan multitud de trenes con gran velocidad, precisión y seguridad. En las calles se ve una gran cantidad de vehículos de alta gama (muchos de ellos importados con procedencia europea o norteamericana). Hay tiendas de todo tipo, tradicionales y modernas, con horarios amplios y gran afluencia de compradores. También llama la atención el gusto de las nuevas generaciones de chinos por la estética y hábitos de consumo occidentales. La forma de vestir y de alimentarse ofrece una muestra de la globalización, con multitud de establecimientos de comida rápida en los que la hamburguesa va desplazando a los dumplings y el café hace lo mismo con el té. Mis contactos con los profesores de la universidad china también me mostraron aspectos diferentes de lo que hubiera esperado. Los horarios son parecidos a los nuestros, no se trabajan más horas que en cualquier universidad europea, y el sueldo ronda los 1.000 euros al mes con lo que se puede mantener una buena capacidad adquisitiva.

Coincidiendo con mi estancia en Guangzhou, el presidente estadounidense Donald Trump anunció sus medidas comerciales proteccionistas para contrarrestar el déficit comercial que arrastra EEUU frente a China. Según Trump, los derechos arancelarios a las importaciones de EEUU procedentes de China deben aumentar para favorecer la producción de manufacturas en EEUU y generar un flujo neto de ingresos monetarios en sus relaciones comerciales con China. El Gobierno chino reaccionó rápidamente amenazando con incrementar los aranceles a sus importaciones de bienes americanos tan diferentes como la fruta, el vino, el aluminio o la carne de cerdo.

Los mercados bursátiles respondieron con fuertes caídas (en particular, Wall Street), y desde entonces se mantiene la sombra de la duda sobre hasta dónde llegarán esta guerra comercial. Trump se equivoca. En primer lugar el superávit comercial de China está ya disminuyendo como consecuencia natural de su fuerte crecimiento económico. La mejora de la capacidad adquisitiva de los chinos empuja al alza sus precios perdiendo competitividad para exportar y, al mismo tiempo, les anima a importar productos extranjeros. Las exportaciones de China se multiplicaron por 10 desde 1993 a 2008 y desde entonces solo han aumentado un 50%. En la última década, las importaciones han aumentado un 80% y de hecho el superávit comercial chino ha dejado de crecer en términos absolutos y empieza a caer en relación al GDP. El segundo error de Trump es estratégico. Una guerra comercial bilateral con China sería aprovechada por el resto de países para ocupar la cuota de mercado que queda libre porque las medidas proteccionistas no se aplicarían a terceros países. Pero quizás el error más grave de Trump es su desconocimiento de la realidad. Vivimos en la era de la globalización, las compras masivas por internet, el low cost, y los hábitos de consumo van perdiendo la preferencia por la producción de bienes locales. Ir en contra de los gustos de los consumidores e intervenir en su libertad de elección solo puede generar pérdidas de bienestar.

Dejadme acabar comentando la paradoja que parece surgir en la relación entre sistemas económicos y políticos. En China, el Gobierno lo ostenta de manera autoritaria el partido comunista que elige a dedo a los mandatarios responsables de la política económica del país. Y estos diseñan una economía competitiva, basada en la orientación exportadora y en la libertad de elección del consumo de sus ciudadanos. Además, el Gobierno chino proporciona servicios básicos al conjunto de la población (educación, sanidad) y el modelo funciona: fuerte crecimiento y desaparición de la pobreza. En EEUU, los ciudadanos han elegido democráticamente a un presidente que toma medidas para limitar la competencia y para dificultar el acceso de familias de rentas bajas a servicios sociales básicos. En España, y en otros países europeos democráticos, la corrupción es generalizada y crea cadenas de favores que acaban por desplazar la inversión empresarial, expulsar el talento e incentivar la economía sumergida. La democracia no garantiza el éxito de las políticas económicas y la autocracia tampoco asegura su fracaso.El autor es profesor de Economía en la Universidad Pública de Navarra

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