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Mi casa. Basta de empujar

Por Luis A. Martínez. Socio-director de Passivhaus Consultores - Miércoles, 9 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 01:03h

Luis A. Martínez.

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Voy al concesionario a comprar un coche, lo compro, me subo y el vendedor me dice: “no, señor, esto no funciona así, se tiene que bajar y empujar”. Y continúa: “para ir de aquí a allá, su lugar es atrás, empujando el auto;lo de dentro, tan bonito, es para cuando deje usted de empujar, para cuando vaya a ninguna parte. Entra, descansa un rato y, luego, otra vez abajo, que para eso ha comprado un coche, para que le lleve donde usted quiera”.

Esto es lo que hacemos con nuestras casas. Empujarlas. Con asumida naturalidad, como usuarios, no paramos de empujar nuestra casa para que nos produzca un mínimo de confort. Echamos dinero todos los meses en la factura energética. Intervenimos operando ahora la calefacción, ahora el frío, ventilando, aireando, etc. Nos enfriamos, quien sabe si agarramos una buena gripe, una habitación está fría, la otra caliente, entre el suelo y el techo hay 5 o 6 grados de diferencia. Todo normal. Rehabilitamos mejorando el aislamiento, cambiando las ventanas, poniendo toldos y, así, un sinfín de intervenciones que nos son tan familiares. Porque no paramos de hacerlas. ¿Incluso nos sentimos algo culpables si no cuidamos nuestra casa como bien mayor que es?

Todo esto es lo que un Edificio de Consumo Casi Nulo-Pasivo nos tiene que ahorrar. La sinrazón de tener que sostener aquello que, bien al contrario, debería sostenerme a mí.

Un Edificio de Consumo Casi Nulo-Pasivo digno de este nombre, propone otro tipo de intercambio. Establece el centro de gravedad de su relación con el usuario en la correspondencia entre física de la construcción, fisiología del cuerpo humano y psicología ambiental. Dicho de otro modo, es un asunto de ecología humana.

Sí, hay otras dimensiones que también cuentan, sobre todo las provenientes de la historia, la política o la arquitectura misma como disciplina. Pero no es de éstas que nos ocupamos directamente ahora. Quiero llegar a mi casa y que la temperatura interior esté por encima de 17 grados. Sin necesidad de que la calefacción se active. Quiero que, en verano, tenga una temperatura razonable aunque afuera tengamos 35 grados, sin necesidad de usar el aire acondicionado. Quiero que el aire interior que respiro no esté tan contaminado como el aire exterior. Que las ventanas no sean un colador, que no haya puentes térmicos o infiltraciones que aseguran una patología a corto o medio plazo. Ya me he cansado de empujar a mi casa. No vivimos tiempos -ni cobramos salarios-, para que la casa meta mano a mi cartera o a mi salud.

Como personas, habitamos nuestra casa y habitamos el entorno. Reconocemos la calle, el parque, el centro comercial o la ciudad en la que vivimos o las que visitamos. Nos preocupa que sean seguras o limpias. No porque deseemos un paraíso o seamos unos ingenuos, sino porque son el escenario donde se producen los conflictos entre personas con creencias distintas, a menudo incompatibles entre sí. Da igual que sea una aldea, una pedanía o una gran ciudad. Este reconocimiento no es automático. Hoy, lo producimos nosotros mismos o nos viene dado simultáneamente por las redes sociales e Internet. Cuando físicamente caminamos por una calle y cuando esa calle deviene un dato. Entre la ciberfísica se mueven los edificios y las ciudades.

La cuestión es que necesito a mi casa y que me libere de tareas impropias de estos tiempos. Que me demande infinitamente menos y me devuelva los recursos que voy a necesitar para atender a cuestiones mayores, de las cuales también depende mi bienestar. Esta es la aportación que esperamos de los edificios de consumo casi nulo-pasivos.