la carta del día

España y la cultura

Por Francisco Javier Aramendía Gurrea - Miércoles, 9 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:02h

El último escándalo protagonizado por miembros del Partido Popular, uno más y van…, ha sido el del falso máster de la señora Cifuentes, peso pesado del partido y hasta aspirante a la sucesión del presidente del Gobierno. No sabe uno qué criticar más en este desgraciado asunto, si la cara dura de la expresidenta al aceptar el regalo académico, la contumacia en la mentira, que roza lo patológico, o el apoyo obsceno de sus compañeros de partido, con expresiones como “es una polémica estéril”, del señor Rajoy, o la ovación torera del congreso de Sevilla.

Al final vino su dimisión por un asunto más bien banal, de hurto de unos pocos productos de perfumería, que por lo que se ve, tiene más trascendencia en la escala de valores del personal que el favoritismo, la burla de la seriedad, el esfuerzo o la igualdad académica, el descrédito de la universidad y la obstinación en la mentira, que en todos los países civilizados arruinan la carrera de cualquier político.

El desarrollo y desenlace de este desgraciado asunto se presta a algunas reflexiones sobre el lugar que ocupa en España la cultura en su más amplia expresión, esto es como formación con esfuerzo en las ciencias, las artes, las letras, en suma, en lo que entendemos como educación integral de la personalidad humana. Nos lo recordó de manera magistral el pasado día el eximio profesor Emilio Lledó, citando la frase de Kant: “El ser humano es lo que la educación hace de él”.

Recuerdo a veces con asombro frases oídas en mi años juveniles de personas más bien ignorantes, que ciertamente abundaban, y lo que es peor formaban a hijos o nietos, tales como: “Fulanito saca unas notas fantásticas en el colegio o la universidad X, pero no le vemos nunca estudiar”, oh, milagro!

En general se observaba en el ambiente un desprecio profundo por el esfuerzo y la dedicación a los estudios. El llamar a alguien empollón era casi un insulto. Lo admirable era el saberlo todo por ciencia infusa, o sea pura inteligencia, sin tener que apretar los codos. La alternativa era por simple enchufe, que también se daba.

Más adelante, y ya en la universidad, habría de escuchar expresiones insólitas, pero ya no en boca de ignorantes sino, a veces, de sesudos profesores, lo cual es todavía más alarmante. Me asombra evocar frases como aquellas de algún destacado profesor que, a fin de razonar su decisión sorprendente de dar aprobado general en su asignatura, lanzaba sin desdoro aquello de: “no hay que preocuparse, ya se encargará la vida de discriminar, poniendo a cada uno en su sitio”.

O sea que la vida, al tratarse de un médico, abogado u otro titulado universitario, ya dictaría su veredicto, de buen o mal profesional, claro que tal éxito o fracaso en su oficio vendría, seguramente, después de que el mal médico o abogado hubiera acelerado la ida al cementerio de algunos pacientes o el letrado causado la ruina a unos cuantos clientes o los hubiera empujado a la cárcel. Lamentable ejemplo de falta de responsabilidad profesional por parte de algunos educadores.

Todos conocemos, por otra parte, las estadísticas sobre el escaso público lector en España (la mitad al menos del censo no lee un libro), así como la queja bastante generalizada sobre la carestía de los libros y la aspiración generalizada a obtenerlos, a ser posible gratis. No hablemos de la piratería generalizada, en la que España figura en posición destacada, ante la pasividad de las autoridades.

Recientemente asistí a una asamblea de una sociedad cultural de la que soy miembro, en la que se debatió la subida de las cuotas anuales, actualmente de 50 euros, hasta alcanzar alguna cantidad que se acercará a los 100. Hubo un cambio de impresiones en cuyo transcurso alguien, con criterio realista, hizo notar que, en general, estamos acostumbrados a que la cultura se nos dé gratis, o que quizás ocurriría alguna baja al subir la cuota unas pocas decenas de euros.

En fin, estos son algunos de los botones de muestra del escaso aprecio de nuestro pueblo por la cultura, formación académica, educación y esfuerzo por ilustrarnos. Es penoso, pero, desgraciadamente, bastante cierto y ¡así nos va!