Dos falsarios abertzales

Por Jaime Ignacio del Burgo - Jueves, 10 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Mi último libro Navarra en la historia. Realidad histórica frente a los mitos abertzales, número 36 de mis publicaciones sobre temas constitucionales, históricos y de Derecho Foral Público, ha suscitado una virulenta reacción por parte de Patxi Zabaleta (Relatos) y, sobre todo, de José María Esparza (El gran trilero) en las páginas de DIARIO DE NOTICIAS. Paso por alto los insultos y descalificaciones con que me han obsequiado, por lo demás habituales en ellos, pero me veo en la precisión de salir al paso de algunas afirmaciones -sería interminable referirme a todas ellas- que demuestran que ni siquiera han leído mi libro.

Señalaré en primer lugar por qué puedo firmar como historiador, a pesar del desprecio que, según dice, suscito en los historiadores “serios”. Resulta que soy doctor en Historia del Derecho, sin que nadie me regalara el título. Mi tesis doctoral Origen y fundamento del régimen foral de Navarra (Premio Biblioteca Olave 1968) mereció sobresaliente cum laude a juicio de un tribunal formado por cinco catedráticos, que me convirtieron en el primer doctor en Derecho de dicha prestigiosa Universidad. Más tarde ingresé como académico correspondiente en las Reales Academias de la Historia, de Ciencias Morales y Políticas, y de Jurisprudencia y Legislación. Estoy en posesión de la Cruz de Honor de la Orden de San Raimundo de Peñafort. De modo que no será tan grande mi descrédito en el mundo académico.

Afirma Zabaleta que el plantear la historia como una batalla, además de ser una “imbecilidad” es una “barbaridad fascista”. Y añade que “hasta Jesús Aizpún defendió en algunos momentos la decisión política de los navarros/as e hizo de esa idea la única base fundacional de UPN, aunque luego él mismo y el partido que fundó se hayan vuelto y revuelto en contra del derecho a decidir”. El dirigente de HB, seguramente enfrascado en la tarea de asesorar a empresarios chantajeados por ETA mediante el “impuesto revolucionario”, no se enteraba de lo que ocurría a su alrededor. Porque precisamente Aizpún fundó UPN por su disconformidad con la disposición transitoria cuarta de la Constitución, por abocarnos indefectiblemente a Euskadi, y con su disposición adicional primera por no amparar los Fueros de Navarra. Percepción equivocada, pues cuarenta años después Navarra no es Euskadi y los Fueros están en vigor. Gracias a ellos gobierna nuestra comunidad el cuatripartito del cambio anhelado por Zabaleta.

Por otra parte, la realidad demuestra que la historia está presente en el debate político. Un ejemplo. No hace mucho, la presidenta Barcos afirmó que el euskera “fraguó la identidad de Navarra y de sus habitantes los navarros”. Se trata de una afirmación categórica de carácter historicista. Otra cosa es que sea verdad. Y lo que sí constituye una barbaridad fascista y antidemocrática es tratar de que toda la sociedad navarra se vea obligada a comulgar con ruedas de molino. La identidad de un pueblo es consecuencia de un proceso secular en el que convergen muchos factores. En mi modesta opinión, y sin pretensión de imponérsela a nadie, la personalidad navarra se forjó a lo largo de la historia en torno al Fuero, como garante de la libertad colectiva de los navarros.

Califica Zabaleta de “monserga” que los fueros sean “un pacto o pacción”, porque no se puede decir que Navarra carece del “derecho a decidir”, lo que según él “no resiste ni el más mínimo análisis sensato y racional”. Nunca he sostenido tal cosa. Los Fueros aseguran al pueblo navarro un amplísimo nivel de autogobierno que implica un poder de decisión constante. Olvida, además, que cuando en la transición se planteó en toda su crudeza el “contencioso Navarra-Euskadi”, él y los suyos trataron de imponer por la brava que Navarra era Euskadi, sí o sí, y se opusieron a la disposición transitoria cuarta que, precisamente, es una manifestación democrática del derecho a decidir, cuyo único titular es el pueblo navarro. Hasta el momento, el mundo de ETA no ha rectificado un ápice su pretensión de que el derecho a decidir pertenece a un único “sujeto político” Euskal Herria, que como tal nunca ha existido. Por su parte, José María Esparza me acusa de gran trilero entre otras cosas por ocultar los crímenes perpetrados en la guerra civil y mantener que el número de fusilados en Navarra fue de 678. Miente vilmente. Esto escribí en 2007 en la Introducción histórica del libro de Félix Maíz, Mola frente Franco: “Los historiadores discrepan sobre el número de víctimas. Jaime del Burgo fue el primero en reconocer, todavía en tiempos de Franco, la cifra de 678 fusilados. (No se inventó la cifra. Lo hizo con informaciones facilitadas por funcionarios municipales de la época). El general Salas Larrazábal elevó la cifra a 1.190. Jimeno Jurío contabilizó 2.466. La última cifra de asesinados que ofrece Altaffaylla es la de 2.857. No voy a entrar en esta guerra de cifras, porque me parece una discusión estéril. Ningún ideal puede justificar el asesinato de un ser humano y menos invocando al Dios del amor y del perdón. En Navarra triunfó el alzamiento desde el primer momento. La mayor parte de las ejecuciones se produjeron en los cuatro primeros meses de la guerra. En muchos casos fueron obra de “incontrolados” que dieron rienda suelta a sus odios y rivalidades personales. En otros, fueron sicarios del requeté y sobre todo de la Falange, que nunca estuvieron en el frente y que se comportaron como alimañas”.

Yerra rotundamente Esparza cuando dice que sostengo que “en 1977 Navarra decidió crear su propia autonomía, cuando bien sabe que siempre se le negó toda posibilidad de refrendarlo en las urnas y a eso se ha dedicado toda su vida nuestro trilero: a imposibilitar que Navarra pueda tomar sus propias decisiones democráticas”. Nunca he dicho tal cosa. En 1977, Navarra no necesitaba crear su propia autonomía, pues su régimen foral tenía plena vigencia. En aquellos momentos, defendí que frente al inmovilismo de quienes no aceptaban modificar un ápice la Ley Paccionada y a la pretensión de que Navarra se diluyera en Euskadi, había una tercera vía consistente, de una parte, en la democratización de las instituciones forales para devolver al pueblo navarro el ejercicio del poder foral y, de otra, en el “amejoramiento” del Fuero para reintegrar las competencias perdidas en 1841 e integrar las que fueran compatibles con la unidad constitucional en el marco del futuro Estado autonómico. Todo ello mediante un nuevo pacto con el Estado. Esta propuesta, sostenida inicialmente por la UCD de Navarra, acabaría siendo asumida en 1979 por el PSOE navarro, por el recién creado UPN y por el Partido Carlista.

El primer “amejoramiento” se concertó a comienzos de 1979, al pactar con el Estado el restablecimiento de las antiguas Cortes, mediante la elección de un Parlamento elegido por sufragio universal. Dicha asamblea democrática sería el “órgano foral competente” para poner en marcha el procedimiento constitucional (disposición transitoria cuarta), si así lo acordaba por mayoría absoluta de sus miembros. Asimismo, la nueva Diputación democrática, surgida de las elecciones celebradas el 3 de abril de aquel año, quedaba facultada para pactar con el Estado la definitiva democratización de las instituciones, previa aprobación del Parlamento foral. En aquellas primeras elecciones forales, todos los partidos y agrupaciones electorales que concurrieron a los comicios, incluida HB, eran plenamente conscientes de que el futuro de Navarra quedaba en manos de los representantes del pueblo navarro. HB reconoció expresamente la legitimidad del Parlamento y participó en la elaboración y aprobación de las bases de democratización y amejoramiento del Fuero, hasta que secundado las órdenes de ETA se retiró del Parlamento. Y puesto que no se trataba de promover un Estatuto de autonomía, a diferencia de lo ocurrido en el País Vasco que decidió constituirse en comunidad autónoma, no era necesario someter el Amejoramiento a refrendo popular que, de haberse convocado, hubiera sido un éxito para la propuesta foralista, dada la correlación de fuerzas existente. No es ocioso recordar que el Amejoramiento fue ratificado por una aplastante mayoría parlamentaria, al contar con 50 de los 70 parlamentarios forales. Y en cuanto al derecho a decidir recordaré que el Parlamento rechazó en marcha el procedimiento establecido en la disposición transitoria cuarta, cuya vigencia siempre he defendido.

Por último, añadiré que mientras unos estábamos en el punto de mira de ETA, como “enemigos del pueblo vasco”, empeñados únicamente en defender la libertad del pueblo navarro y procurar su progreso y bienestar, otros -como Zabaleta y Esparza- se dedicaron a colaborar directa o indirectamente con el terrorismo criminal de ETA en su empeño de imponer a sangre y fuego sus propias convicciones políticas. No tienen autoridad moral para descalificar a nadie.

El autor es doctor en Derecho