Danza

Sobre todo, ternura

Por Teobaldos - Domingo, 13 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Gala Jérôme Bel

Asistente local: Maitane Azpíroz. Puesta en escena: Fréderic Seguette y Enrique Neves. Producción y dirección: R.B. J. Bel. Programación: Festival de Danza Contemporánea del Gobierno de Navarra. Lugar: Auditorio Barañain. Fecha: 10 de mayo de 2018. Público: buena entrada, casi lleno el patio de butacas (10 y 15 euros).

A mi, el espectáculo de Jérôme Bel lo que más me inspira es una agradecida ternura por la desinhibición y valentía de algunos de los bailarines voluntarios implicados en el asunto. Pero, además, hay, en esta gala, ironía respetuosa hacia el ballet clásico;y un trasfondo de mensaje de superación;todo con un indudable sentido del humor.

Como suele suceder en estas funciones, un tanto alternativas, el director somete, a menudo, al espectador a unas pruebas de paciencia considerables;pero si se superan esas cansinas exposiciones repetitivas, suele merecer la pena la espera. Comienza el espectáculo con la proyección de una serie de patios de butaca de diversos teatros: unos más lujosos, que otros;con cinco o seis hubiera bastado para captar la idea de que hay un teatro allí donde se colocan unas sillas alrededor;pues bien, la cosa se alargó hasta exasperar. Luego, la presentación de la veintena corta de bailarines -profesionales o no- también es algo pesada. Tiene gracia, sin embargo, el “galop” de cada bailarín imitando la diagonal que los bailarines clásicos suelen trazar en los grandes ballets de repertorio. Y, de nuevo, paciencia para soportar la serie de saludos. Pero, donde, a mi juicio, despega de verdad la función es en la intervención de toda la compañía, cuando se pone al frente uno de los participantes. En primer lugar, hay que señalar el extraordinario magisterio que ha ejercido J. Bel, con sus alumnos-participantes. No sé el tiempo que habrán dedicado a los ensayos, pero, independientemente de las facultades de cada uno -tremendamente dispares-, todos captaron la relajada, alegre y entretenida idea de baile propuesta, transmitiendo al público un optimismo contagioso. En el proscenio, el que dirige el baile de los demás, sea profesional o no, muestra su coreografía, que los demás imitan. Curiosamente, el éxito depende, no tanto del que mejor baila, sino del que más enrevesadamente pone las cosas a los demás. Y, aquí, hay momentos francamente delirantes. Por ejemplo, la magnífica propuesta -y difícil- del chico con síndrome de Down;o la de una cría de muy corta edad, que no levantaba dos palmos del suelo, que hizo patente, en el escenario, ese experimento de que un atleta no puede seguir -sin resuello- todo los movimientos infantiles. Ciertamente resultaba cómico el intento del resto de tratar de trenzar los pies como la criatura. Hermosa, también la rítmica de la mulata;las aportaciones roqueras;la atrevida gimnasta con aros;las simpáticas talluditas;las onduladas maneras del primer bailarín, etc. Hasta consumar la función -ahora con un bailarín profesional al frente- en un apoteósico número de cabaret, con “morcilla” localista y todo -Barañáin, en vez de Nueva York- que, sin embargo, no quedó mal, y entusiasmó al público.

Lo dicho. No es un espectáculo de danza deslumbrante. Pero, si se obvia esos minutos de más que, a menudo, tienen estas propuestas, uno sale con la sonrisa puesta.